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Apenas saliendo para la FIL. Habrá seis muy buenas presentaciones de Jus. Tenemos precios estupendos. Veré a algunos amigos. Todo marcha bien para el cierre del año. Además, estoy escribiendo de nuevo, una novelita juvenil. No había escrito nada desde mayo de este año y yo sé que puede parecer poco, pero mis amigos saben que es demasiado. ¿Qué he hecho en todos estos meses? Jugar al Age of Empire.

Hace tiempo leí en Diario de las especies, de Claudia Apablaza, una divertida ironía sobre el mundo editorial. Apablaza hacía una burla entre estas editoriales, casi todas las editoriales, que están desesperadas por encontrar autores -buenos autores- y son capaces de quitarles cualquier tipo de virginidad artística que posean con tal de publicarlos. Como respuesta, estos noveles escritores guardaban sus manuscritos, los escondían bajo las rocas, etcétera, etcétera. Ironía porque si de algo está lleno el mundo de las editoriales, cualquiera que estas sean, es de manuscritos de toda índole y calidad, aunque la mayoría de las veces, hay que decirlo, con manuscritos inacabados, a los que aún le falta una vuelta de tuerca, etcétera. Por cada libro que sale al mercado es seguro que detrás de él hay más de 25 libros rechazados (mi cifra por supuesto que es muy conservadora) con motivos que van desde la calidad, la cuestión comercial o los imponderables del presente, casi siempre subjetivos e inexplicables. Como sea, al final siempre se cumple una regla de oro que es, todo buen libro encontrará su edición, aunque ésta no necesariamente ocurra en donde uno quiere ni cuando uno lo desea. Que se publican muchas cosas malas, eso también es cierto. Es aquí donde la ironía de Apablaza se vuelve más ácida: sí, porque en realidad, las editoriales siempre están buscando qué publicar.

Los escritores entonces se preguntan qué ocurre con un manuscrito, cómo se cuida o se descuida en las editoriales. La mayoría de las veces, sí, piensan que se descuida y esta intuición se vuelve certeza cuando finalmente el texto es rechazado. ¿Y quién puede lidiar con el rechazo? Nadie, o muy pocos.  Sin embargo, en estas montañas de manuscritos, a veces llegan historias que sortean todos los peligros. Los manuscritos transitan caminos inesperados para volverse libros, ediciones. Puede ser un cambio de editor. El cierre de una editorial. Un lector inesperado. Un grupo de personas que apuestan por cierto tipo de historias, porque no hay que olvidar que en el fondo, las colecciones son apuestas, son formas de ver la vida. Si uno toma el catálogo de cualquier editorial verá que hay una manera consensuada de intereses, visiones y esperanzas, porque ningún libro se publica con la esperanza de no ser vendido o de no decir algo.

Pero volviendo al manuscrito hay ciertas cuestiones que siempre juegan en contra de ellos: una es que lleguen con su registro de derechos de autor. Habla de un autor, de entrada, que desconfía de la editorial, que teme que su manuscrito o la idea de su manuscrito sea robada por el editor, pero también, habla de un autor que tiene tanta confianza en su obra que piensa que el registro es una especie de legitimización de la obra, cuando en realidad, sólo es un registro de autor que sirve como protección ante terceros, pero no dice nada ante la editorial.

Hay otros autores que, teniendo gran confianza en sus textos, envían sólo adelantos de la obra, capítulos selecctos, como carnadas. Esto a veces puede funcionar, pero generalmente se aplica la ilusión del muffin, sólo la corteza es suave y sabrosa, el resto es masa con aire, con grumos, válgame la metáfora. Nunca funciona que venga un apéndice, sobre todo cuando éste es una profusa colección de recortes de periódico, a veces de sociales, sobre el autor en ciernes. La obra si es buena, se sostendrá sin recortes o con ellos. Tampoco sirve que, al entregarle el libro al editor, le menciones que es una obra inspirada en Onetti, que tus amigos te dicen que eres el próximo Onetti, que incluso un par de glorias nacionales dicen de ti que serás el siguiente Onetti, vaya, que Onetti ha revivido en tí, pero mejor. No se cansen, chicos. Eso no ayuda. Al contrario.

Otra cuestión que tiene mucho peso es como se presenta un manuscrito. En estas épocas de internet al menos en cada esquina, ya no funciona que se entreguen originales escritos a mano. Antes se valoraba el hecho, porque daba cierto aire de originalidad o marginalidad, no lo sé, pero la historia de que Vargas Llosa entregó al Premio Biblioteca Breve sus libretas con la versión de La ciudad y los perros no sólo peca de romántica sino de poco previsora. Además, con tantos manuscritos que llegan a las editoriales, es como jugarsela con un sable en la garganta: quién puede entender la caligrafía de un desconocido.

Después, el manuscrito se almacena junto a los demás y pasa a un proceso de dictaminación. A veces los escritores noveles piensan que la editorial se debe a los manuscritos. No es así. Se hacen muchas cosas, se revisan los libros que están por publicarse, se escriben contra portadas, se tienen juntas con autores, se revisan portadas, se asiste a presentaciones, se preparan notas de prensa, fichas de venta, etcétera. A veces un editor puede estar más tiempo en una mesa discutiendo qué se va a publicar el año que viene que atendiendo los libros que saldrán, el año en curso, mismos que se hacen siempre contra presión. Tengo amigos editores que viven bajo montañas de libros por revisar y además, con filas de colaboradores tras sus escritorios, intentando captar algún manuscrito para revisión.

Qué se revisa en un dictamen: básicamente dos cosas: su calidad literaria, es decir, su estructura, lenguaje, avance progresivo del texto, que diga algo, que el lenguaje funciona, etcétera y segundo que además de ser un buen libro sea un buen producto, que innove algo, que altere algo en el lector ya sea de gran masa o de poco mercado, pero que altere al lector. Ya no se publican libros bonitos ni tiernos, sino sólo libros que alteren ya sea por sus historias o por la forma como están escritos. Es acaso eso, tener un producto, lo más difícil de hacer.

Así puede pasar el tiempo, en cotejar dictámenes, en preguntar, en ver el mercado, en buscar autores como dice Apablaza. Al final de todo este proceso el libro finalmente encuentra su camino que es simple: o sí o no. Recuerdo una bella película (Entre copas) donde una pareja de amigos se van de viaje por los viñedos de California. Uno es escritor (Paul Giamati) y ha escrito una novela fenomenal pero al mismo tiempo incosteable, costosísima de hacer. El amigo, (Thomas Hadden Church, mejor conocido como El Hombre de Arena en Spider Man3) se dedica a tirar sus últimas canas al aire antes de la boda. Giamati está esperando el resultado de su novela en varias editoriales y habla constantemente con su agente. Al final, en una escena cargada de hastío, en un hotel de paso, con trailers pasando cerca de él, su agente le dice que es lamentable pero que esa novela tan bella y tan profunda no haya podido encontrar su sitio en ninguna parte (al final esa novela le abrirá las puertas del amor a Giamati, con la bellísima Maya, Virginia Madsen).

Y recuerdo eso porque no siempre, pero algunas veces, eso puede ocurrir en la vida real. Uno nunca sabe dónde pararán sus manuscritos. Lo mejor que se puede hacer con ellos es perderles las esperanzas, entregarlos, como a las hijas el día de su boda, con la certeza de que se ha hecho lo indispensable por ellas, que se van sin adornos superfluos, sin intereses secundarios (a menos que la hija se case con algun Garza Sada). Y olvidarlos (no a las hijas, sino a los manuscritos). Olvidarse de que están ahí. De que existen. Incluso, entregarlos con la certeza de que no serán publicados. Es mejor cuando aparece la llamada o el correo inesperado del editor o la editora o quien avise este tipo de cosas en las editoriales. Como un bumerang, un buen manuscrito siempre volverá a su autor convertido en libro. No de otra manera. Y si vuelve convertido en manuscrito lo mejor es no repartir culpas, ¿para qué?. A veces el editor pierde y es probable. Por algo ellos son los más ingratos de la industria. Y nada le duele más a un editor que ver ese libro en el que no creyó vuelto best seller en otra editorial, como sucedió con cierto editor de García Márquez que rechazó Cien años de soledad. O como le pasará a algún editor en el futuro, tal vez con el libro que tú en este momento, escribes, pero tampoco te hagas ilusiones, la mayoría de los textos rechazados merecen serlo, aunque a veces sólo pospongan su publicación, como dije al principio, un buen libro y producto siempre encuentra su edición.

¡Están todos invitados!

 

Traductora de sentimientos, Helene Rioux

Traductor: Roberto Rueda Monreal

 Una traductora de novelas rosas recibe el encargo de traducir la biografía de Leonard Ming, un asesino serial recientemente ejecutado. Buscando paz y espacio para trabajar decide volar de Canadá a un pequeño pueblito español, ubicado en la costa mediterránea. En el viaje encontrará a una mujer como ella, que se enfila hacia la etapa de su madurez y también a un elegante hombre que se vuelve su amante, a una mujer mayor que espera la muerte y la vida también en aquel pueblo costero.

Sin embargo, siempre hay sin embargos en la vida, la traducción del libro de Leonard Ming, la soledad del pueblito costero, la llevará a buscar respuestas ante los misterios que devela poco a poco ante el lector y entre el que destaca, acaso, el principal: la pérdida de su hija, extraviada años atrás. ¿Habrá encontrado esa hija suya a su asesino?  ¿Se habrá perdido  su hija como las chicas de las que se entera por un periódico español, están desaparecidas desde hace semanas? ¿Será Leonard Ming el asesino de su hija? ¿Al traducirlo, no vuelve a la vida la estela de terror y de violencia de Ming?

Esta novela, traducida por Roberto Rueda Monreal, como parte del programa de apoyo a la traducción del FONCA, es una obra profunda y bella. Habla sobre la capacidad de volvernos otros y de abrazar a los otros mediante su pensamiento, por más espinoso que éste sea, como dice Eleonore, la protagonista del libro: “Me encuentro forzada a abrazar su pensamiento. Ya no puedo permanecer en la superficie. Entro en él, nuestras identidades se mezclan. Se crea entre él muerto y yo viva una terrorífica intimidad”.

Esta obra, que le ha agenciado diversos premios a Hélene Rioux, como el Ringuet y el de la Academia de Letras de Quebec, es un bello retrato de la maldad vista con empatía. No hay violencia peor que aquella a la que nos sentimos atraídos, puede ser acaso la mayor revelación que contiene las páginas de este libro. 

2012

Hoy descubrí tres cosas a propósito del fin del mundo:

  • Si eres un escritor de mediano pelo y tu libro no ha vendido más de 500 ejemplares, sí puedes salvarte del fin del mundo. Sí y sólo sí, trabajas para un millonario, el nuevo esposo de tu mujer sabe pilotar y la tierra se mueve 23 grados.
  • Descubrí que a Mía, una de las mascotas de la casa, felina para ser más exacto, le encanta que le acaricien el lomo con el lomo de un libro. Si es un libro suave y de pocas páginas, mejor. No utilizar el Ulises para esto.
  • Tener cosas en común con otra persona no necesariamente es la felicidad. Esto es acaso, el mayor descubrimiento del fin del mundo.

Estoy en la esquina de Juárez y Reforma viendo a los contingentes del SME. La marcha tiene sus huecos, los espacios en los que también desfilan los vendedores de cacahuates, jicaletas y gommy bears.  Un trabajador del STUNAM grita a unos metros de mi: “no están solos, compañeros, no están solos, no están solos, no están solos”. Viste pantalones de mezclilla, camisa blanca y saco de pana. Tiene una barba canosa, lentes de intelectual. Los de la marcha le contestan: “Ese apoyo sí se ve, ese apoyo sí se ve, ese apoyo sí se ve.” También pasan algunas camionetas que sueltan al aire, por los altavoces, las típicas canciones de lucha como “nos tienen miedo porque no tenemos miedo, nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. Pura nostalgia del 68.

Momentos antes había pasado el contingente fuerte del SME, Esparza, Encinas y Bartlet, tomados de la mano y protegidos por cerca de cincuenta electricistas, perdón,  ex electricistas, quienes evitaban que la gente se les acercara, los tocara, en fin. Esparza tenía esa cara que tienen las adolescentes cuando el primer amor les da un cortón. Bartlelt tenía cara, como preguntándose, de, ¿en qué diablos me he metido ahora? Encinas no tenía cara, sólo reía. Luego vi las pancartas donde se leía que la televisión nos ha idiotizado.  Tremenda verdad.

Me quedé pensando en esto último, en qué tanto nos ha idiotizado la televisión. La idiotez puede ser muchas cosas, pero una de ellas, asumo, en la capacidad para retener información inútil. Y qué más inútil que saber la vida de las personas que salen en la tele. Así que, sin utilizar Wikipedia, me hice el ejercicio de decirme qué tanto sabía de Luis García (pudo ser Erika Buenfil, tampoco se crea, mi Luis, que es tan acá), y esto fue lo que salió.

Luis García en Toñopedia.

Jugador mexicano que participó en un mundial, el de Estados Unidos 94. Anotó un par de golpes. También jugó para Pumas, América, Guadalajara y el Atlético de Madrid donde no se fue en blanco. Se casó con Kate del Castillo y fueron felices. Al menos un tiempo. Después se divorciaron. Ahora Luis está casado con una chica bonita y de buena familia y a veces, en el diario Record, donde tiene una columna inteligente los martes y no tan inteligente entre semana, escribe sobre ella, sobre a qué lugares salen a pasear, sobre fiestas bonitas en lugares nice a los que va. La gente le critica aquello y Luis dice que está en su derecho, pero es curioso que no se dé cuenta que mucho del público al que va dirigido Record (que tiene muchos tipos de público ¡soy fan de Record!), es gente que nunca, ni por asomo, irá a esos lugares. Luis también tiene un programa compartido que es Los protagonistas y da las noticas deportivas en los matutinos de TV Azteca. Es un analista interesante, por lo demás. También prestó su voz para narrar un videojuego de futbol.

¿Y tú, qué tanto sabes de Luis?

Lo escribo porque él no lo haría. Él no contaría lo que me ha dicho. De cómo encontraron los cuerpos. De la forma de los niños. De la forma de los padres. De las balas. ¿Qué somos?, me pregunto, ante el narco. Nada. ¿Quién va a limpiar esa sangre?, me pregunto. Nadie. Ni les importa.

Vamos camino a Tula. Tengo una charla en el colegio Teresa Martín. Platicamos Enrique y yo. La velocidad es buena. De pronto, los coches se detienen, “aguas”, le digo a Enrique. ¿Qué ha ocurrido? Adelante un trailer está detenido. El chofer baja. Alcanzo a ver unos zapatos, unos zapatos negros, gastados, en el suelo. Enrique maneja despacio, muy, muy despacio y entonces los veo, a los dos, tirados sobre el asfalto. Están de costado. Una mujer. Su hijo. La mujer apenas si levanta la cabeza. El hijo está inmóvil, acunado en sí mismo, no sé si muerto. La mujer sólo mira al cielo y luego vuelve la mirada al chofer del trailer. Y más adelante, lo veo, en el suelo, el conductor de una motocicleta en el suelo, mira a la pareja atropellada. Sus ojos son dos muescas de fuego, de incredulidad. De miedo. Adelante de él la flamante motocicleta derrapada. ¿Cómo venía?, pregunta Enrique, que se llevó a los dos con una moto. Me quedo sin aliento. Me adormece el dolor. Pero seguimos adelante. Al Colegio Teresa Martín para hablar de libros, de literatura. ¿Cómo decirle a los niños que me esperan, de lo fragil que somos, tan frágiles que ni una palabra nos puede a veces, sostener?

Bajo esta dualidad es como nos construimos como personas. Desde los primeros trazos de nuestra infancia, esta lucha entre lo que queremos contra la torpeza para solicitarlo rige nuestro sino. El niño desea comer y ante la ausencia de un lenguaje hace un puchero, gime, llora. Más tarde, ante el deseo por un juguete, monta otra escena, lloriquea, grita, se enoja. Esta relación de llorar para obtener lo que quiere, hacer berrinche, exigir con soltura lo deseado, para que esto le sea entregado sin dilación, sin embargo, nada lo prepara ante la inesperada aparición del amor o bien, del deseo que sólo puede ser satisfecho no con una relación unilateral con los objetos y las personas (lo que yo quiero obtener de ellas), sino con el placer que ofrece el recibir de la otra persona, de manera natural, lo que yo quiero. Si el amor no puede obtenerse por vías de la cesión, de nada servirá si se obtiene por los caminos de la diplomacia, el arrebato o el ardor.

Sin embargo, en ese ensayo y error de cómo obtener aquello que quiero de manera natural es donde se dan los grandes fracasos de nuestra vida. Y también, los grandes aprendizajes. ¿No tenemos, acaso, nuestra lista personal de desaciertos a causa de la timidez? ¡No! Sin duda, sí. En cada uno de nosotros residen esos momentos bochornosos, ese instante en el que nos quedamos a medias en esa búsqueda de lo anhelado, acaso el amor, el mayor bien que todos desean, tan ligado a la felicidad, esa otra quimera.

Yo era apenas un chico de once años cuando ya estaba enamorado. Era una chica dulce. Ojos rasgados. Tez blanca. Se llamaba E. Vivía no lejos de casa, pero sí demasiado lejos para lo que las distancias significan a esa edad. Hoy puedo ver lo sencillo que habría sido simplemente salir y caminar cinco calles y aparecerme frente a su casa y saludar —después de todo éramos compañeros de clase, se sentaba en una fila contigua, nos copiábamos las tareas— con el pretexto que da la proximidad. Pero en esa época aquellas cinco calles eran un desafío. Había, mínimo, qué sortear las calles de varios niños que eran famosos por peleoneros; yo vivía en una colonia donde la fuerza y la amedrentación eran cosa de todos los días. Así que ni pensarlo, ¿cómo? Pero, también tenía sólo once años y yo amaba, con todo lo que esa palabra puede significar a esa edad, a esta niña.

Un buen día me armé de valor y decidí visitarla. Salí de casa con el pretexto de ir a la de un amigo que vivía a la vuelta de la calle. Mi madre ni se dio por enterada. Pero, para mí era muy importante que ella supiera donde estaba, que ella se tragara esa mentira. Diré una cosa, en el mundo del tímido, nada está hecho al azar. El mundo se construye a partir de débiles equilibrios que, en cualquier aparente caos, conforman siempre no un camino de victoria, sino uno de escape. Ya previamente le había dicho a mi amigo, cuyo nombre ya no recuerdo, no sé si Erasmo o Camarena, definitivamente no era Camarena, que esa tarde intentaría; el tímido no da las acciones por hechas, sino que sólo las intenta, visitar a E en su casa. Llevaba además mi libreta con el pretexto, por supuesto, de pedirle una tarea que me sabía de memoria.

Mis pasos eran tensos. La banqueta misma se alejaba. El mundo se volvía otro. Los perros. La gente. Los chicos que antaño daban miedo se convertían tan sólo una cuestión colateral ante mi principal motivo que era llegar a casa de E. Cuando finalmente llegué a su casa pasé de largo, porque, al igual que un animal temeroso, la timidez me hacía dar vueltas, rondar, no como un águila que precisa el mejor momento para capturar una presa, sino como aquel cuervo que al salir del arca de Noé, tiene que dar varias vueltas sobre aquellas aguas diluvianas sin animarse a recoger la rama de olivo y termina volviendo con las garras vacías.

El corazón me hablaba con un desorden de diástoles y sístoles cuando finalmente toqué a la puerta de la casa de E. A la tercera ocasión la puerta se abrió y horror, no apareció ella, sino su hermano, esos hermanos mayores que son al mismo tiempo la primer imagen que todo hombre o mujer de se hace de lo que es estar ante el jefe y la aldaba, ante ese guardia de nuestra vida que Kafka describe en su narración de “Ante la ley”. Porque para el tímido no hay puertas abiertas, sino guardias ante ellas, así adopten nombres tan disímbolos como padre, jefe, dinero, policía o un cantante de música rock que se acerca ante ti con el insulso deseo de hacerte pasar al frente para cantar una canción que ni te sabes.

Miré al hermano y la mano me sudó. Busco a E, dije débilmente y el hermano apenas si me miró de arriba abajo y gritó: “E, te buscan”. No pasó de un grito y nada más. Había sorteado una fase y eso me hacía sentir mejor. La timidez se había roto, o al menos una parte de ella. Cuando E apareció aún me sentía intranquilo. Mostró sorpresa. Curiosidad. Dudó. De pronto, estaba yo ahí y ella ni siquiera sabía qué hacer conmigo ni con ella misma en esa situación. Eso es algo que escapa generalmente ante la timidez, el mundo es un complejo rasgo de dudas que sólo se dispersan ante la paciencia y la claridad.

Al final terminé por decirle que venía a ver si me pasaba la tarea porque no entendía las raíces cuadradas (las matemáticas me siguen poniendo en evidencia). E, al oír aquello se tranquilizó. Me invitó a pasar. Me senté en un gran sillón. La casa olía a frijoles recién calentados. Miraba a E como si fuera todo lo bueno que me había pasado ese día.

Estuvimos toda la tarde haciendo la tarea y sólo hasta que dieron las seis hice el camino a casa. Mi madre ni se dio por enterada. Yo había hecho ese día una pequeña conquista que, como muchas de las conquistas de los tímidos, son inútiles si no se les da seguimiento: no sólo había traspasado las cinco calles de mi casa a la casa de E, no sólo había sorteado a un hermano muchos años mayor que yo, sino que también había visto a E fuera de la escuela. Había logrado, sin darme cuenta, tener aquello que quería sin forzarlo. Había roto esa timidez mezcla de agorafobia, ansiedad y soledad.

Nunca, por supuesto, anduve con E. Cuando terminó la primaria no entró a la secundaria a la que todos íbamos a parar. Supe de ella algunos años después, que vivía en Estados Unidos, que se había vuelto muy guapa, que se acordaba de mí, esas promesas de belleza que todos nos hacemos en relación a nosotros mismos y que nos sirven para darnos motivos.

A menudo se dice que el mundo es de los valientes y decir que el mundo es de los tímidos sonaría a un falso silogismo. Lo que creo ahora es que tanto el amor como la timidez, la valentía como la cobardía no son sino las representaciones de hacemos del mundo y de nuestra relación con ese mundo. Venimos como capullos que sólo desean y desean y desean.

Somos seres incompletos en ese sentido. Nunca estamos saciados. Pero es en la medida como nos apropiamos del mundo y de las relaciones que tenemos en relación a esa apropiación lo que nos define como hombres y mujeres. Insatisfechos si las cosas no se dan como queremos. Violentos, consumidos por la amargura si no se nos dan todas las cosas que queremos. Irascibles si la prisa nos gana. Mediocres si posponemos esa apropiación del mundo. No tímidos. No aventados. Es sólo una manera de comprendernos.

Por eso me encanta en, El Señor de los anillos, la escena en la que Frodo y Sam se detienen a la vera de un campo de maíz y Sam le dice, de golpe, que él nunca ha estado más allá de esa marca en la tierra. Frodo se regresa, lo jala levemente del brazo y continúan por el sendero que los llevará a donde ya todos saben. Pero creo, en ese momento, el principal viajero del libro no es Frodo, sino Sam. Es a él a quien se le abre el mundo. Es ese pequeño hobbit tímido el que aprende. El que decide apropiarse del mundo con miedo o sin él.

Se llama Arturo Esparza y acababa de ser designado como jefe de seguridad del municipio de García, en Nuevo León.

Para quien no conozca García, se encuentra ubicado al norte de Monterrey, ya casi conurbado al municipio de Santa Catarina, conurbado éste,  a su vez, con la ciudad de Monterrey. No hace mucho tiempo García era una villa idílica: norteña, polvorienta, silenciosa, con viejas casonas con paredes de barro y techos con vigas de sillar. Sus grutas, a las que se llegaba después de pasar por al menos una decena de pedreras, era y es uno de sus pocos sitios turísticos. Luego la modernidad y el aumento de población la convirtieron en un municipio dormitorio más, de esos de casitas blancas, de aceras calientes y escasos árboles.

El municipio y su alcalde, acababan de ser noticia regional cuando este último puso como jefe de la policía a un militar retirado. Quién iba a saber que esta decisión iba a molestar al narco. Ellos tan susceptibles. En veinte camionetas blancas, dice El Universal, entraron los sicarios. El polvo se pegaba a las defensas de las trocas. Ellos adentro, con las armas largas. Primero llegaron con el alcalde y le avisaron. No hagas ruido. Chitón. No tardaron, al irse, con dar con el general.  Le rociaron más de cien balas. Así entraron. El cuerpo del general quedó en la cajuela de su camioneta blanca, tampoco una gran camioneta, tan sólo como tantas que hay en el norte, que demuestran personalidad. A veces, poder. Lo imagino huyendo de las balas. Sin duda el ejército estará enojado, ¿qué podrá hacer?

Por otro lado, el alcalde de San Pedro, Mauricio Fernández, tal parece que ha caído en la locura. Ha dicho que le declarará una guerra frontal al narco. Que nada lo detendrá. Que incluso irá por encima de sus atribuciones como alcalde. ¿Creará un grupo paramilitar? ¿Qué no ven que nos estamos volviendo la pesadilla colombiana, esa que costó tantas vidas y de la que apenas se recupera la sociedad colombiana? ¿Qué tanto tiene que perder Mauricio Fernández, considerado uno de los hombres más ricos del estado, sino es que del país? Nada. Sólo perderá lengua. Sólo buscará una vez más, ser candidato a gobernador y gobernador, esa silla que se le ha escurrido de las manos como una raya de coca que se la lleva el aire. Días más raros le esperan a Nuevo León, sin duda. Un general asesinado en un cruce de caminos  y un alcalde de lengua flaca ante los micrófonos son tan sólo las señales de lo que viene. Que Monterrey, en lugar de dar un salto al futuro lo hará al pasado. Nos colombianizamos. Sí señor. Ya tenemos la cumbia, la colombia. Ya tenemos al cártel de Santa. Espero que también tengamos los cronistas de estos nuevos tiempos. Espero. Para que tengamos memoria. Para que no olvidemos. Para que alguien nos recuerde con las palabras los hechos que no queremos ver: que nos vamos a pique, sí señor. Y Ajúa.

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