Fuentes web
Entradas
Comentarios

¡Están todos invitados!

 

Traductora de sentimientos, Helene Rioux

Traductor: Roberto Rueda Monreal

 Una traductora de novelas rosas recibe el encargo de traducir la biografía de Leonard Ming, un asesino serial recientemente ejecutado. Buscando paz y espacio para trabajar decide volar de Canadá a un pequeño pueblito español, ubicado en la costa mediterránea. En el viaje encontrará a una mujer como ella, que se enfila hacia la etapa de su madurez y también a un elegante hombre que se vuelve su amante, a una mujer mayor que espera la muerte y la vida también en aquel pueblo costero.

Sin embargo, siempre hay sin embargos en la vida, la traducción del libro de Leonard Ming, la soledad del pueblito costero, la llevará a buscar respuestas ante los misterios que devela poco a poco ante el lector y entre el que destaca, acaso, el principal: la pérdida de su hija, extraviada años atrás. ¿Habrá encontrado esa hija suya a su asesino?  ¿Se habrá perdido  su hija como las chicas de las que se entera por un periódico español, están desaparecidas desde hace semanas? ¿Será Leonard Ming el asesino de su hija? ¿Al traducirlo, no vuelve a la vida la estela de terror y de violencia de Ming?

Esta novela, traducida por Roberto Rueda Monreal, como parte del programa de apoyo a la traducción del FONCA, es una obra profunda y bella. Habla sobre la capacidad de volvernos otros y de abrazar a los otros mediante su pensamiento, por más espinoso que éste sea, como dice Eleonore, la protagonista del libro: “Me encuentro forzada a abrazar su pensamiento. Ya no puedo permanecer en la superficie. Entro en él, nuestras identidades se mezclan. Se crea entre él muerto y yo viva una terrorífica intimidad”.

Esta obra, que le ha agenciado diversos premios a Hélene Rioux, como el Ringuet y el de la Academia de Letras de Quebec, es un bello retrato de la maldad vista con empatía. No hay violencia peor que aquella a la que nos sentimos atraídos, puede ser acaso la mayor revelación que contiene las páginas de este libro. 

2012

Hoy descubrí tres cosas a propósito del fin del mundo:

  • Si eres un escritor de mediano pelo y tu libro no ha vendido más de 500 ejemplares, sí puedes salvarte del fin del mundo. Sí y sólo sí, trabajas para un millonario, el nuevo esposo de tu mujer sabe pilotar y la tierra se mueve 23 grados.
  • Descubrí que a Mía, una de las mascotas de la casa, felina para ser más exacto, le encanta que le acaricien el lomo con el lomo de un libro. Si es un libro suave y de pocas páginas, mejor. No utilizar el Ulises para esto.
  • Tener cosas en común con otra persona no necesariamente es la felicidad. Esto es acaso, el mayor descubrimiento del fin del mundo.

Estoy en la esquina de Juárez y Reforma viendo a los contingentes del SME. La marcha tiene sus huecos, los espacios en los que también desfilan los vendedores de cacahuates, jicaletas y gommy bears.  Un trabajador del STUNAM grita a unos metros de mi: “no están solos, compañeros, no están solos, no están solos, no están solos”. Viste pantalones de mezclilla, camisa blanca y saco de pana. Tiene una barba canosa, lentes de intelectual. Los de la marcha le contestan: “Ese apoyo sí se ve, ese apoyo sí se ve, ese apoyo sí se ve.” También pasan algunas camionetas que sueltan al aire, por los altavoces, las típicas canciones de lucha como “nos tienen miedo porque no tenemos miedo, nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. Pura nostalgia del 68.

Momentos antes había pasado el contingente fuerte del SME, Esparza, Encinas y Bartlet, tomados de la mano y protegidos por cerca de cincuenta electricistas, perdón,  ex electricistas, quienes evitaban que la gente se les acercara, los tocara, en fin. Esparza tenía esa cara que tienen las adolescentes cuando el primer amor les da un cortón. Bartlelt tenía cara, como preguntándose, de, ¿en qué diablos me he metido ahora? Encinas no tenía cara, sólo reía. Luego vi las pancartas donde se leía que la televisión nos ha idiotizado.  Tremenda verdad.

Me quedé pensando en esto último, en qué tanto nos ha idiotizado la televisión. La idiotez puede ser muchas cosas, pero una de ellas, asumo, en la capacidad para retener información inútil. Y qué más inútil que saber la vida de las personas que salen en la tele. Así que, sin utilizar Wikipedia, me hice el ejercicio de decirme qué tanto sabía de Luis García (pudo ser Erika Buenfil, tampoco se crea, mi Luis, que es tan acá), y esto fue lo que salió.

Luis García en Toñopedia.

Jugador mexicano que participó en un mundial, el de Estados Unidos 94. Anotó un par de golpes. También jugó para Pumas, América, Guadalajara y el Atlético de Madrid donde no se fue en blanco. Se casó con Kate del Castillo y fueron felices. Al menos un tiempo. Después se divorciaron. Ahora Luis está casado con una chica bonita y de buena familia y a veces, en el diario Record, donde tiene una columna inteligente los martes y no tan inteligente entre semana, escribe sobre ella, sobre a qué lugares salen a pasear, sobre fiestas bonitas en lugares nice a los que va. La gente le critica aquello y Luis dice que está en su derecho, pero es curioso que no se dé cuenta que mucho del público al que va dirigido Record (que tiene muchos tipos de público ¡soy fan de Record!), es gente que nunca, ni por asomo, irá a esos lugares. Luis también tiene un programa compartido que es Los protagonistas y da las noticas deportivas en los matutinos de TV Azteca. Es un analista interesante, por lo demás. También prestó su voz para narrar un videojuego de futbol.

¿Y tú, qué tanto sabes de Luis?

Lo escribo porque él no lo haría. Él no contaría lo que me ha dicho. De cómo encontraron los cuerpos. De la forma de los niños. De la forma de los padres. De las balas. ¿Qué somos?, me pregunto, ante el narco. Nada. ¿Quién va a limpiar esa sangre?, me pregunto. Nadie. Ni les importa.

Vamos camino a Tula. Tengo una charla en el colegio Teresa Martín. Platicamos Enrique y yo. La velocidad es buena. De pronto, los coches se detienen, “aguas”, le digo a Enrique. ¿Qué ha ocurrido? Adelante un trailer está detenido. El chofer baja. Alcanzo a ver unos zapatos, unos zapatos negros, gastados, en el suelo. Enrique maneja despacio, muy, muy despacio y entonces los veo, a los dos, tirados sobre el asfalto. Están de costado. Una mujer. Su hijo. La mujer apenas si levanta la cabeza. El hijo está inmóvil, acunado en sí mismo, no sé si muerto. La mujer sólo mira al cielo y luego vuelve la mirada al chofer del trailer. Y más adelante, lo veo, en el suelo, el conductor de una motocicleta en el suelo, mira a la pareja atropellada. Sus ojos son dos muescas de fuego, de incredulidad. De miedo. Adelante de él la flamante motocicleta derrapada. ¿Cómo venía?, pregunta Enrique, que se llevó a los dos con una moto. Me quedo sin aliento. Me adormece el dolor. Pero seguimos adelante. Al Colegio Teresa Martín para hablar de libros, de literatura. ¿Cómo decirle a los niños que me esperan, de lo fragil que somos, tan frágiles que ni una palabra nos puede a veces, sostener?

Bajo esta dualidad es como nos construimos como personas. Desde los primeros trazos de nuestra infancia, esta lucha entre lo que queremos contra la torpeza para solicitarlo rige nuestro sino. El niño desea comer y ante la ausencia de un lenguaje hace un puchero, gime, llora. Más tarde, ante el deseo por un juguete, monta otra escena, lloriquea, grita, se enoja. Esta relación de llorar para obtener lo que quiere, hacer berrinche, exigir con soltura lo deseado, para que esto le sea entregado sin dilación, sin embargo, nada lo prepara ante la inesperada aparición del amor o bien, del deseo que sólo puede ser satisfecho no con una relación unilateral con los objetos y las personas (lo que yo quiero obtener de ellas), sino con el placer que ofrece el recibir de la otra persona, de manera natural, lo que yo quiero. Si el amor no puede obtenerse por vías de la cesión, de nada servirá si se obtiene por los caminos de la diplomacia, el arrebato o el ardor.

Sin embargo, en ese ensayo y error de cómo obtener aquello que quiero de manera natural es donde se dan los grandes fracasos de nuestra vida. Y también, los grandes aprendizajes. ¿No tenemos, acaso, nuestra lista personal de desaciertos a causa de la timidez? ¡No! Sin duda, sí. En cada uno de nosotros residen esos momentos bochornosos, ese instante en el que nos quedamos a medias en esa búsqueda de lo anhelado, acaso el amor, el mayor bien que todos desean, tan ligado a la felicidad, esa otra quimera.

Yo era apenas un chico de once años cuando ya estaba enamorado. Era una chica dulce. Ojos rasgados. Tez blanca. Se llamaba E. Vivía no lejos de casa, pero sí demasiado lejos para lo que las distancias significan a esa edad. Hoy puedo ver lo sencillo que habría sido simplemente salir y caminar cinco calles y aparecerme frente a su casa y saludar —después de todo éramos compañeros de clase, se sentaba en una fila contigua, nos copiábamos las tareas— con el pretexto que da la proximidad. Pero en esa época aquellas cinco calles eran un desafío. Había, mínimo, qué sortear las calles de varios niños que eran famosos por peleoneros; yo vivía en una colonia donde la fuerza y la amedrentación eran cosa de todos los días. Así que ni pensarlo, ¿cómo? Pero, también tenía sólo once años y yo amaba, con todo lo que esa palabra puede significar a esa edad, a esta niña.

Un buen día me armé de valor y decidí visitarla. Salí de casa con el pretexto de ir a la de un amigo que vivía a la vuelta de la calle. Mi madre ni se dio por enterada. Pero, para mí era muy importante que ella supiera donde estaba, que ella se tragara esa mentira. Diré una cosa, en el mundo del tímido, nada está hecho al azar. El mundo se construye a partir de débiles equilibrios que, en cualquier aparente caos, conforman siempre no un camino de victoria, sino uno de escape. Ya previamente le había dicho a mi amigo, cuyo nombre ya no recuerdo, no sé si Erasmo o Camarena, definitivamente no era Camarena, que esa tarde intentaría; el tímido no da las acciones por hechas, sino que sólo las intenta, visitar a E en su casa. Llevaba además mi libreta con el pretexto, por supuesto, de pedirle una tarea que me sabía de memoria.

Mis pasos eran tensos. La banqueta misma se alejaba. El mundo se volvía otro. Los perros. La gente. Los chicos que antaño daban miedo se convertían tan sólo una cuestión colateral ante mi principal motivo que era llegar a casa de E. Cuando finalmente llegué a su casa pasé de largo, porque, al igual que un animal temeroso, la timidez me hacía dar vueltas, rondar, no como un águila que precisa el mejor momento para capturar una presa, sino como aquel cuervo que al salir del arca de Noé, tiene que dar varias vueltas sobre aquellas aguas diluvianas sin animarse a recoger la rama de olivo y termina volviendo con las garras vacías.

El corazón me hablaba con un desorden de diástoles y sístoles cuando finalmente toqué a la puerta de la casa de E. A la tercera ocasión la puerta se abrió y horror, no apareció ella, sino su hermano, esos hermanos mayores que son al mismo tiempo la primer imagen que todo hombre o mujer de se hace de lo que es estar ante el jefe y la aldaba, ante ese guardia de nuestra vida que Kafka describe en su narración de “Ante la ley”. Porque para el tímido no hay puertas abiertas, sino guardias ante ellas, así adopten nombres tan disímbolos como padre, jefe, dinero, policía o un cantante de música rock que se acerca ante ti con el insulso deseo de hacerte pasar al frente para cantar una canción que ni te sabes.

Miré al hermano y la mano me sudó. Busco a E, dije débilmente y el hermano apenas si me miró de arriba abajo y gritó: “E, te buscan”. No pasó de un grito y nada más. Había sorteado una fase y eso me hacía sentir mejor. La timidez se había roto, o al menos una parte de ella. Cuando E apareció aún me sentía intranquilo. Mostró sorpresa. Curiosidad. Dudó. De pronto, estaba yo ahí y ella ni siquiera sabía qué hacer conmigo ni con ella misma en esa situación. Eso es algo que escapa generalmente ante la timidez, el mundo es un complejo rasgo de dudas que sólo se dispersan ante la paciencia y la claridad.

Al final terminé por decirle que venía a ver si me pasaba la tarea porque no entendía las raíces cuadradas (las matemáticas me siguen poniendo en evidencia). E, al oír aquello se tranquilizó. Me invitó a pasar. Me senté en un gran sillón. La casa olía a frijoles recién calentados. Miraba a E como si fuera todo lo bueno que me había pasado ese día.

Estuvimos toda la tarde haciendo la tarea y sólo hasta que dieron las seis hice el camino a casa. Mi madre ni se dio por enterada. Yo había hecho ese día una pequeña conquista que, como muchas de las conquistas de los tímidos, son inútiles si no se les da seguimiento: no sólo había traspasado las cinco calles de mi casa a la casa de E, no sólo había sorteado a un hermano muchos años mayor que yo, sino que también había visto a E fuera de la escuela. Había logrado, sin darme cuenta, tener aquello que quería sin forzarlo. Había roto esa timidez mezcla de agorafobia, ansiedad y soledad.

Nunca, por supuesto, anduve con E. Cuando terminó la primaria no entró a la secundaria a la que todos íbamos a parar. Supe de ella algunos años después, que vivía en Estados Unidos, que se había vuelto muy guapa, que se acordaba de mí, esas promesas de belleza que todos nos hacemos en relación a nosotros mismos y que nos sirven para darnos motivos.

A menudo se dice que el mundo es de los valientes y decir que el mundo es de los tímidos sonaría a un falso silogismo. Lo que creo ahora es que tanto el amor como la timidez, la valentía como la cobardía no son sino las representaciones de hacemos del mundo y de nuestra relación con ese mundo. Venimos como capullos que sólo desean y desean y desean.

Somos seres incompletos en ese sentido. Nunca estamos saciados. Pero es en la medida como nos apropiamos del mundo y de las relaciones que tenemos en relación a esa apropiación lo que nos define como hombres y mujeres. Insatisfechos si las cosas no se dan como queremos. Violentos, consumidos por la amargura si no se nos dan todas las cosas que queremos. Irascibles si la prisa nos gana. Mediocres si posponemos esa apropiación del mundo. No tímidos. No aventados. Es sólo una manera de comprendernos.

Por eso me encanta en, El Señor de los anillos, la escena en la que Frodo y Sam se detienen a la vera de un campo de maíz y Sam le dice, de golpe, que él nunca ha estado más allá de esa marca en la tierra. Frodo se regresa, lo jala levemente del brazo y continúan por el sendero que los llevará a donde ya todos saben. Pero creo, en ese momento, el principal viajero del libro no es Frodo, sino Sam. Es a él a quien se le abre el mundo. Es ese pequeño hobbit tímido el que aprende. El que decide apropiarse del mundo con miedo o sin él.

Se llama Arturo Esparza y acababa de ser designado como jefe de seguridad del municipio de García, en Nuevo León.

Para quien no conozca García, se encuentra ubicado al norte de Monterrey, ya casi conurbado al municipio de Santa Catarina, conurbado éste,  a su vez, con la ciudad de Monterrey. No hace mucho tiempo García era una villa idílica: norteña, polvorienta, silenciosa, con viejas casonas con paredes de barro y techos con vigas de sillar. Sus grutas, a las que se llegaba después de pasar por al menos una decena de pedreras, era y es uno de sus pocos sitios turísticos. Luego la modernidad y el aumento de población la convirtieron en un municipio dormitorio más, de esos de casitas blancas, de aceras calientes y escasos árboles.

El municipio y su alcalde, acababan de ser noticia regional cuando este último puso como jefe de la policía a un militar retirado. Quién iba a saber que esta decisión iba a molestar al narco. Ellos tan susceptibles. En veinte camionetas blancas, dice El Universal, entraron los sicarios. El polvo se pegaba a las defensas de las trocas. Ellos adentro, con las armas largas. Primero llegaron con el alcalde y le avisaron. No hagas ruido. Chitón. No tardaron, al irse, con dar con el general.  Le rociaron más de cien balas. Así entraron. El cuerpo del general quedó en la cajuela de su camioneta blanca, tampoco una gran camioneta, tan sólo como tantas que hay en el norte, que demuestran personalidad. A veces, poder. Lo imagino huyendo de las balas. Sin duda el ejército estará enojado, ¿qué podrá hacer?

Por otro lado, el alcalde de San Pedro, Mauricio Fernández, tal parece que ha caído en la locura. Ha dicho que le declarará una guerra frontal al narco. Que nada lo detendrá. Que incluso irá por encima de sus atribuciones como alcalde. ¿Creará un grupo paramilitar? ¿Qué no ven que nos estamos volviendo la pesadilla colombiana, esa que costó tantas vidas y de la que apenas se recupera la sociedad colombiana? ¿Qué tanto tiene que perder Mauricio Fernández, considerado uno de los hombres más ricos del estado, sino es que del país? Nada. Sólo perderá lengua. Sólo buscará una vez más, ser candidato a gobernador y gobernador, esa silla que se le ha escurrido de las manos como una raya de coca que se la lleva el aire. Días más raros le esperan a Nuevo León, sin duda. Un general asesinado en un cruce de caminos  y un alcalde de lengua flaca ante los micrófonos son tan sólo las señales de lo que viene. Que Monterrey, en lugar de dar un salto al futuro lo hará al pasado. Nos colombianizamos. Sí señor. Ya tenemos la cumbia, la colombia. Ya tenemos al cártel de Santa. Espero que también tengamos los cronistas de estos nuevos tiempos. Espero. Para que tengamos memoria. Para que no olvidemos. Para que alguien nos recuerde con las palabras los hechos que no queremos ver: que nos vamos a pique, sí señor. Y Ajúa.

555_USS_New_York

El USS New York fue recibido este día en los muelles de la ciudad por cientos de personas, entre las que había muchos familiares de los perdidos durante el ataque del 11 de Septiembre. ¿Por qué agitan las banderas? ¿Por que hay lágrimas en lo ojos? Muy simple. Este bello y supongo, demoledor barco de guerra, está construido con cerca de 7.5 toneladas del acero removido de la zona cero, acero que soportaba las torres gemelas y hoy flota como amenaza de guerra. Sin duda, otra gran idea de la administración Bush. Sin temor a sonar beligerante, estas lágrimas de bienvenida también se pueden convertir en lágrimas futuras, en Oriente, en América Latina, en el Lejano Oriente, donde sea que esta singular nave dispare sus cañones para silenciar, como aviones yéndose en picada sobre pueblos, sembradíos y tal vez, soldados, el dolor de hace ocho años.

Wilbert Torre

Editorial Jus, 2009

Uno de los fenómenos culturales del principio del siglo XXI es sin duda el ascenso de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos, proceso en el que se involucraron, acaso por primera vez, el grueso de la población latinoamericana residente en el país donde todos los sueños son posibles, como bien se encarga Hollywood de recordárnoslo en cada de sus producciones cinematográficas. Sin embargo, una vez pasada la etapa del sueño, de la victoria alcanzada, una vez que se deja atrás la estela de la euforia y de la mercadotecnia en libros, playeras y documentales, una vez que el calor del triunfo se desvace, es necesario analizar con claridad no sólo cómo se obtuvo el tan ansiado triunfo, sino también, qué en deparará el movimiento latino a favor del hijo predilecto de Chicago.

Justo de esto trata Obama Latino, ópera prima de Wilbert Torre, un ensayo periodístico sobre los famosos ejércitos de Obama, pero más aún, sobre el hombre que los guió, Temo Figueroa, en colaboración con académicos y miles de latinos que, de casa en casa, salieron a todos los estados para librar las contiendas electorales de su generación. Por que si algo destila Torre en su libro, es la certeza de que para los latinos, esta elección fue su momento de cambio, la primera de las elecciones históricas en las que se verán envueltos y salieron con el puño en todo lo alto, victoriosos.

Además, estamos no sólo ante un trabajo de gran envergadura, sino ante la prosa y la inteligencia periodística de un hombre considerado como uno de los nuevos cronistas de Indias, según la Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez, un periodista, un sabueso de la información que también comparte opiniones y crónicas en la célebre revista peruana Etiqueta Negra, dirigida por Julio Villanueva Chag. Estos elementos, confabulados, hacen del libro una visión clara y honesta sobre el movimiento latino. Porque ojo, no estamos sólo ante un libro que se enfoca en Obama, si bien éste es la parte medular de la obra, es este Godot de Beckett, Obama como la esperanza perdida, alejada, ubicua, pero  intermitente, estamos ante la radiografía de las luchas sindicales y por los derechos de los migrantes. Estamos ante la revisión histórica de una de las familias que más han luchado por los migrantes en Estados Unidos, los Figueroa Arreola.

A lo largo del libro nos queda claro que Obama es sólo la meta, pero la revolución, lo verdaderamente interesante, es ver cómo, bajo la tutela de Temo Figueroa, se canalizó todo este movimiento latino, dirigido, sí, por la causa de una elección, pero —¿qué nos garantiza que no se volverán a unir para pelear por sus otros derechos?—. Obama Latino es la suma de un ramillete de visiones: la radiografía de una campaña presidencial en los Estados Unidos, la visión humanística de un Obama latino, la recuperación de los nombres y hechos de los pricipales luchadores sociales latinoamericanos tras la frontera y acaso, la formulación de una serie de preguntas que ahora, ya pasada la euforia del triunfo, son como llagas: ¿Podrá Obama gobernar sin nuestro apoyo? ¿Podrán los latinos inmiscuirse con voluntad en los temas que les son inherentes?, ¿estamos ante el levantamiento de una nueva sociedad latina, que aprenda de sus triunfos? Todas estas preguntas quedan en el aire y sólo una certeza, la siguiente: este libro es indispensable si queremos saber hacia dónde se dirigen nuestros connacionales. Este libro es la revelación gozosa de que hay cosas que son posibles. Incluido que un negro llegue a la presidencia de la nación más poderosa del mundo, como si un gladiador romano, porqué no, llegara a ser emperador.

Para más información sobre Wilbert Torre consulte:

 www.wilberttorre.wordpress.com

 

 

Entradas antiguas »