En días reciente leí que el buen Víctor Barrera Enderle es el nuevo coordinador del Centro de Escritores de Nuevo León. Un poco en recuerdo de eso, posteo un artículo que escribí sobre el CENL por sus 20 años de existencia.
Álbum de familia
20 años del Centro de Escritores de Nuevo León
Hace veinte años Nuevo León era gobernado por Jorge Treviño. La macroplaza era apenas una infanta sin rasguños ni historia. La Fundidora Monterrey aún guardaba tras sus enrejados una derrota que se apilaba, silenciosa, hacia la ciudad. Fue en esas circunstancias anímicas en las que surgió el Centro de Escritores de Nuevo León.
Un presente casi perfecto
Año con año el Consejo para la Cultura de Nuevo León extiende a sus creadores, en el área de literatura, un abanico de oportunidades para trabajar. Las becas del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León, en su categoría de Creadores con Trayectoria y Jóvenes creadores se disputan de forma acérrima, lo mismo que los Premios Nuevo León de Literatura en sus cuatro fases: poesía, cuento, dramaturgia y novela. Otro tipo de apoyos, como los de Financiarte en Letras, para programas de Difusión de la literatura, también resultan excelentes vehículos para construir proyectos donde el creador atisba otras maneras de ver la literatura: ya no sólo como creadores de la misma, sino también como creadores de público, de lectores. A eso le debemos sumar dos programas más: el Encuentro Internacional de Escritores de Monterrey que año con año nutre, de formas insospechadas, las relaciones entre los escritores del estado con los de otros usos horarios del continente y la bonanza en ediciones del mismo Consejo para todas las áreas literarias.
El estado de los creadores de literatura en la entidad es, sin lugar a dudas, estimulante, fresco y sobre todo, con un futuro favorecedor. Monterrey cuenta ya con una geografía no sólo “real” sino también con una geografía ficticia. El río Santa Catarina aparece con toda su violencia, por siempre, en Estación Tula de David Toscana, lo mismo que la colonia María Luisa del mismo Toscana en su última novela: El Ejército iluminado. Monterrey cuenta también con noches violentas en las obras de Joaquín Hurtado y Eduardo Parra, con un Monterrey ochentero en The Monterrey News y con un pasado decimonónico en Un paso más lejos, opera prima de Cristina Elenes.
A esto agreguemos el hecho de que sus creadores, una franca mayoría en comparación a otros años, publican en editoriales nacionales y obtienen premios y becas internacionales. ¿Alguna vez, en un ejercicio de franco optimismo, pensaron los creadores regiomontanos que habría tres premios latinoamericanos de cuento Edmundo Valadez surgidos de sus filas, lo mismo que un Premio Aguascalientes?, ¿que tendrían entre sus contemporáneos a dos premios Internacionales de Cuento Juan Rulfo de París y un finalista del Premio Latinoamericano de Novela Rómulo Gallegos? Si la respuesta es sí, son de los más optimistas entre los optimistas. Hace veinte años ese futuro era, en cuanto a la infraestructura, deficiente, escaso.
1987, el año que hacemos contacto
En el origen de todo proceso creativo siempre existe un visionario. En la base de todo ejercicio de la cultura siempre existe una institución o persona que genera más a su alrededor. El Centro de Escritores de Nuevo León es la institución que vino a encauzar ese magma diverso en el que se puede agrupar a los creadores de literatura en nuestro estado. Un magma expulsado con violencia al desierto, magma brillante, luminoso, que sólo necesitaba un camino para llegar a buen puerto y no desperdiciarse, violento, en el mar.
Desde su inicio, el Centro tuvo un eje rector: la visión de Jorge Cantú de la Garza. Jorge había sido becario en la ciudad de México de una de las instituciones fundamentales del quehacer literario nacional, el Centro Mexicano de Escritores. ¿Qué vio Jorge Cantú de la Garza en el CME? ¿Cómo germinó la idea de crear un Centro para los Escritores en Nuevo León?, es una pregunta que se antoja interesante. Pero la idea surgió. Se mantuvo acunada, esperando el momento de volverse realidad. Y se hizo. Fue en febrero de 1987 cuando finalmente nació el Centro a instancias del gobierno de Jorge Treviño. Su primer director y lo sería a veces interrumpidamente, por más de 17 años, fue el escritor Héctor Alvarado.
Las reglas del Centro de Escritores de Nuevo León eran sencillas y mantienen su sencillez. Se basan en el trabajo. Nada más simple y al tiempo complicado. Durante diez meses el escritor seleccionado se avocaría a la escritura de un libro en el género propuesto por él mismo. El escritor no debería de haber sido publicado con anterioridad ni obtenido reconocimientos nacionales. Se quería forjar una nueva familia de creadores, dar paso a las voces que, desde el fondo de las casas, bajo el sofoco del calor regiomontano, intentaban crear una obra, mostrar una visión del mundo.
Durante estos años, la vida del Centro, auspiciada por el gobierno estatal resultó una experiencia rica. El Centro se convirtió en la institución regente de la escritura en Nuevo León. No había convocatoria a la que no se aplicaran un numeroso grupo de escritores aunque el ingreso era poco. En 1987 la beca consistía en tan sólo ochenta mil viejos pesos mensuales. Al cuarto año de instaurado el Centro, la beca ya había ascendido a quinientos mil viejos pesos mensuales, incrementándose el monto otorgado a los creadores hasta los tres mil quinientos pesos actuales.
Entre cierres
Mantener instituciones no ha sido fácil. Héctor Alvarado renunció como director del Centro en 1992 por motivos de cambios de residencia. En su lugar entraron Margarito Cuellar, Fidel Chávez y José Javier Villarreal y posteriormente regresó Héctor Alvarado.
En 1994 el Centro vivió un cierre momentáneo pero ante la unión de los escritores locales éste se evitó. Fue un momento de tensión ya que el Centro se había convertido en la única salida para la creación en los creadores del estado. Cartas, charlas y reuniones después se logró salvar la institución. Se mantenía con el apoyo de la Subsecretaría de Cultura del Estado pero, al iniciar las gestiones del Consejo para la Cultura de Nuevo León, éste absorbió el mantenimiento del centro.
Las reglas al interior, también se han ido modificando con el tiempo. Los autores no pueden repetir la beca. Los autores, ya pueden tener libros y reconocimientos. Antes, esta cláusula respecto a las publicaciones, llevó a dos jóvenes escritores a cuestionar que se les hubiera quitado la beca, cuando se vio que ambos tenían libros publicados por ellos mismos. Estos jóvenes fueron Armando Alanís y Gabriela Riveros. El asunto se subsanó con la confirmación de la beca a ambos.
Más tarde, se agregó también una beca especial en crítica literaria, con el afán de apoyar trabajos ya no sólo de creación, sino de estudio sobre la literatura, similares a las becas Alfonso Reyes que el mismo Centro tenía en años pasados, sólo que éstas dirigidas, concretamente, al estudio de la obra del regiomontano universal.
Encontrar un sitio de trabajo tampoco fue algo sencillo. Es tal vez la generación 91-92 la que más sufrió en ese aspecto. Las revisiones de sus trabajos se hicieron hasta en ocho sitios distintos, entre aulas, secciones de la Casa de la Cultura y cafés. Fue esta misma generación una bastante complicada, no tanto por el material, sino por los problemas a los que se vio sujeta ya que, además del conflicto para encontrar un lugar, tuvieron que sufrir retrasos en los pagos de su beca. Esta generación estuvo conformada por José María Mendiola, Genaro Huacal, Irene Livas, Ubaldo González, Julio César Méndez y Romualdo Gallegos.
Generaciones más y generaciones menos
La primera generación estuvo conformada por José Jaime Ruiz, Horacio Salazar, Mario Anteo, Arnulfo Vigil, Gabriel Contreras, Carlos González Covarrubias y Sergio Cordero. A partir de estos siete creadores, el número de becarios hasta la generación 2005-2006, la número 20, ha sido alrededor de cien. La generación actual está compuesta por Zacarías Jiménez, Nohemí Zavala, Jennifer Adcok, Ana Kullick, Gabriela Cantú y Herman Hill.
Hablar, acaso mencionar los nombres y proyectos de los becarios del Centro de Escritores de Nuevo León no es tarea fácil. Tan sólo este año, por motivo de los veinte años del Centro, María Belmonte se dio a la tarea de entrevistar a cada uno de los creadores que ha pasado por las mesas de la Casa de la Cultura donde sesiona el Centro.. Exhaustivo, el documento que prepara María Belmonte es un verdadero ejercicio de la memoria, intento por mantener las impresiones, el fresco de veinte años en la historia de esta institución.
Casi cien nombres hace forzoso una lista de autores que se encuentran dentro del hacer y quehacer literario de la ciudad. Sólo, en un intento vago por hacer un recuento, habría que poner los nombres de muchos autores que recibieron el apoyo del Centro y encontraron en él, cobijo e ímpetu para seguir sus carreras que, también hay que decirlo, en muchos casos serían con o sin el apoyo del Centro. Joaquín Hurtado, Eduardo Antonio Parra, Dulce María González, Patricia Laurent Kullick, Hugo Valdés Manríquez, Mario Anteo, David Toscana, José Eugenio Sánchez, Óscar Efraín Herrera, Leticia Herrera, Felipe Montes, Ofelia Pérez Sepúlveda, Ramón López Castro, Pedro de Isla, Gabriela Riveros, Armando Alanís, Gabriel Contreras, Arnulfo Vigil, Gerson Gómez, David López, Armando Joel Dávila, Hernán Galindo, Mario Cantú Toscano, Jorge Silva, Luis Aguilar, Rubén Soto, Luis Felipe Gómez Lomelí, Luis Valdés, Gerardo López Moya, Cristina Elenes, Roberto Maldonado Espejo, Bernardo Chapa, Lidia Rodríguez Alfano, José María Mendiola, Cuitlahuac Quiroga, Jacqueline Zúñiga, Romualdo Gallegos, Cristóbal López, Óscar David López y Minerva Reynosa forman un largo etcétera, parte de ese amplio número de visiones sobre la literatura apoyadas por el centro en nuestro estado.
Durante algún tiempo, el Centro de Escritores de Nuevo León fue la única instancia en el país, junto con el Centro Mexicano de Escritores, en otorgar becas a jóvenes creadores. He ahí parte de su importancia. Para el noreste, para Monterrey en especial, el Centro ha sido también una losa para muchos creadores que obtuvieron la beca pero después, ya no se supo nada de ellos. Permanecen en el silencio o bien, alejados ya del ejercicio de la escritura. No todo el becario tiene abiertas las puertas de la escritura. También, dentro de estos cien nombres hay muchos cuyo trabajo han desaparecido. ¿Dónde quedó gente como Ubaldo González e Irene Livas o Juan García Alejandro, sólo por mencionar algunos nombres? Tal vez pronto se reintegren o tal vez decidieron simplemente alejarse del mundillo literario para ejercer su obra en el silencio o bien, simplemente desapareció su aliento literario en los embates de la vida diaria.
Hacia un recuento final
Casi cien becarios ha tenido el Centro de Escritores de Nuevo León. Siete tutores: Héctor Alvarado, Margarito Cuellar, Fidel Chávez, José Javier Villarreal, Dulce María González y actualmente, Miguel Covarrubias. El sitio por tradición para revisar los trabajos es y ha sido la Casa de la Cultura de Nuevo León. Muchos libros importantes han salido del Centro, sólo por mencionar uno, sería la novela El reyno en celo, de Mario Anteo. Al final es la literatura, de lo que no he hablado aquí, el centro del centro, el corazón delator del Centro de Escritores de Nuevo León. Casi cien proyectos se han pensando gracias al apoyo de esta institución.
Cien proyectos de libros en veinte años es en realidad un ejercicio amplio, voluntarioso. Muchos, también es cierto, no vieron el punto final pero dieron pauta a otros libros que permanecen en el cajón o aún en la mente de cada creador. El saldo es importante aunque pueda ser breve. Ninguna beca ha formado a un escritor, comenta Carballo en una entrevista al diario la Jornada el día de hoy, lunes 18 de septiembre. Es cierto. Las becas no han dado a los grandes escritores pero han formalizado a un grupo que intenta dar lo mejor de sí. No se parte desde la genialidad al momento de escribir, sino en realidad, desde la modestia, acaso desde el sonrojo de querer encontrar en lo humano, las historias que conmueven o revelan, que nos ordenan el mundo. Y vendrán más becarios, más formas de entender la realidad mediante la palabra, de entender la ciudad o el entorno mediante el ejercicio de la oralidad y la musicalidad de la palabra. El centro se mantendrá ahí para darles lo mismo que tantos otros: una oportunidad de encontrar un sitio dónde trabajar y que su esfuerzo como creadores, sea remunerado.
Una reunión decembrina
En diciembre del 2002, Ofelia Pérez Sepúlveda, becaria en el rubro de poesía en la generación 1992-1993, organizó, siendo la directora de la Casa de la Cultura de Nuevo León, unas mesas de lectura con motivo de los quince años del Centro de Escritores de Nuevo León. Asistieron tutores pasados y presentes y la mayoría de los becarios. Fueron dos días de escuchar el trabajo de tantos otros creadores. Era interesante ver cómo muchos, la mayoría, seguían trabajando y llevaban novelas bajo el brazo. Los autores se sentaron en una mesa larga con mantel verde y leían con fluidez, mostraban textos o informaban del más reciente premio obtenido. Al finalizar el día los tutores pasados y presentes hablaron sobre ese largo periodo de trabajo. El Centro se hacía día con día. Hacía frío en la ciudad pero dentro de la Casa de la Cultura de Nuevo León se sentía un aire de familia. Al final de cuentas, toda institución está hecha más que de normas y escándalos, de familias y gente que encuentra puntos en común. La familia del Centro de Escritores de Nuevo León ha pasado muy pronto a la madurez. Se hará vieja con sus creadores y muchos libros después cerrará su ciclo pero no importa. Ha estado llena de vida. Ha estado llena de la palabra.

