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Hace algunos meses se estrenó Iluminaciones, de Hugo Alfredo Hinojosa, en la muestra nacional de teatro. Curiosamente, la obra recibió una dura crítica por parte de Alicia Quiñones, en el diario Milenio. Y digo curiosamente ya que, al ver la obra, poco veo de malo en ella, tanto en su montaje como en el texto. Pienso que tal vez, de nuevo, como en todo el espectro del arte, nos encontramos ante subjetividades distintas y todos sabemos lo difícil que es ejercer una crítica que no pretenda convertirse en una imposición, como bien lo parecía el texto de Quiñones, que recibió, a su vez, sendas críticas reprobatorias.
Fuera de esta imposición, la obra Iluminaciones que se monta temporalmente en el teatro de El Milagro, estupendo el trabajo de David Olguín al frente de este escenario, editorial y bar, así como sus socios, es una muestra clara de cómo el teatro más allá de ir hacia una fusión de nuevas tendencias, encuentra en sus orígenes clásicos de la danza y la música, una forma de renovación gracias a las nuevas tecnologías.
Iluminaciones es un retrato fragmentado de la violencia, no como un ejercicio de alteración a la rutina, sino como una despersonalización del ser. A lo largo de la obra (una hora con quince minutos), Hugo Alfredo Hinojosa nos conduce por un espinoso camino de soledad y fuego que, con el montaje escénico ideado por Alonso Barrera termina por seducir y alterar al espectador.
Los textos hablan de sangre y muerte, pero el montaje fusiona la danza con la música. No estamos ante actores que declaman, sino actores que danzan, que se contorsionan al ritmo sangriento de las palabras. Llama la atención la polifonía en el texto que Alonso Barrera soluciona con grabaciones del texto hechas por españoles, argentinos, ingleses, mexicanos.
La obra es además un reto para el espectador, al no presentarse una historia lineal, sino fragmentos de diversas anécdotas, entre las que destacaría la frivolidad de un vendedor de seguros, la fábula del niño bomba, relacionada con habilidad con el bombazo en la estación de Atocha y la caída de las torres gemelas. Entre todas construyen imágenes que pueden ser dantescas y ternuras volátiles como la escena en la que una niña camina con un globo mientras alguien la persigue o la escena de todos los actores con máscaras de animales mientras danzan y una grabación nos repite diálogos de violencia. Un punto culminante en la obra; lo que llamaría como la danza los centauros, que representan la guerra y la destrucción, muestran a cuatro hombres-caballos que acaban con cuatro débiles musas que perecen ante las armas, sólo para dar paso a un monólogo sobre el exterminio. Excelente, además, el soundtrack de la obra.
Iluminaciones nos da luz sobre el aspecto terrible del terrorismo, pero más allá de eso, nos muestra una joven obra de un dramaturgo que se sale de los cánones para construir un caleidoscopio. La obra de Hugo Alfredo Hinojosa sin duda dará de qué hablar, lo mismo que el trabajo de Alonso Barrera. Enhorabuena para ambos.
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“En mi propia experiencia…”, así inició el texto que escribió un alumno en un curso sobre redacción que impartí esta semana. El texto, además, era una concatenación de ideas (qué texto no lo es), pero éste brillaba por la ausencia de puntuación: comas por aquí, comas por allá, pero ningún punto y seguido. Tuve que detener la lectura para observar el pleonasmo. Por supuesto, le dije, si tú escribes, es obvio que me hablas desde tu propia experiencia, a menos que, no en tu consideración, sino en la de otros, quieras omitir, aportar o disentir sobre algún tema.
Él no fue el único en tener estas frases hechas que abundan en los textos, ensayos y composiciones, sólo por mencionar alguno de los nombres con los que denomina a cualquier escrito en escuelas y normales. Un estudiante, incluso, habló sobre la palabra “pensamientos”. Recordé al instante cierta anécdota de un amigo novelista. Galardonado, publicado en editoriales difíciles de acceder, mi amigo fue a una cena. En la cena charló con varias personas, pero casi al final se le acercó un hombre. Intercambiaron algunas palabras hasta que el hombre le dijo: “así que tú escribes pensamientos”. Mi amigo apretó los dientes, pensando que sus novelas y cuentos no eran pensamientos, pero sólo alcanzó a responder un lacónico: “sí, yo escribo pensamientos”. El hombre agregó: ” yo tambièn”. Mi amigo ya no supo qué decir.
Sucede que, cuando queremos hablar de lenguaje, lengua, habla y literatura, hacemos uso, en la mayoría de los casos, de una retórica superada. Estas frases ampulosas, estos “en mi consideración”, “por lo cual y por lo tanto” y el clásico “más sin embargo”, pertenecen a una herencia que se mantiene viva, acaso, porque quienes nos enseñan el español se mantienen casados con las viejas gramáticas, sin preocuparse por entrar a la gramática del siglo XXI que no busca la ampulosidad ni una riqueza de vocabulario que caiga en la revaloración de los arcaísmos, sino en consistencia, claridad, limpieza.
Esto, aúnado a los claros errores de redacción, al uso indiscriminado de preposiciones (esas canallas, tan difíciles), más una corriente de pensamiento poco educada por los libros, pero sí azucarada y endulcorada por la televisión, crean atrofias en el discurso que ningún corrector de estilo puede subsanar.
Así que si usted es maestro de redacción, yo le recomiendo algunas cosas:
1.- Tire esas gramáticas antiguas, esas redacciones con las que creció en la normal y búsquese unas nuevas.
2.- Olvídese del respeto al lector, de “en mi consideración”, “En mi propia experiencia” “Yo opino que”. En lugar de aclarar, estorban.
3.-Enseñe a sus alumnos a respirar, a darse cuenta que las comas, más que estar ahí para poner énfasis o separar enumeraciones, tienen que ver con la capacidad para crear ritmo en la prosa y este ritmo sólo se da cuando se puede leer bien y respirar bien mientras se lee.
4.- ¿Sabe la cantidad de escritores que no sabe escribir una oración subordinada? ¡Qué le hace pensar que sus alumnos sí podrán! Salvo las excepciones, enseñe a sus alumnos a escribir ideas cortas. Y por supuesto, enséñelos a separar por párrafos.
5.- Y acaso la idea más importante, enséñelos a pensar. Devuelva los trabajos y pídales que todo eso que escribieron, lo piensen ahora con otras palabras, lo escriban de manera distinta. Es sólo en ese momento cuando sabrán que escribir es una cuestión de perspectivas, a menos, claro, que su alumno sea algún pequeño Pierre Menard. “En cuyo caso”, es mejor que emprenda la retirada.
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No poca sorpresa ha causado en los medios las seis identidades de J.J. Balderas quien, no conforme con llamarse Jorge Díaz Treviño, Maximiliano Peralta Saénz, Jorge Antonio Madrid González, Jorge Alberto Bustani Clarion, Juan Carlos González Chávez y Raymundo Rangel Madrid, aún se da el lujo de añadir a este rosario de ficciones el mote de El Modelo. Este abuso de falsas identidades no ha causado poca sorpresa dado que, en los bajos fondos criminales e incluso en los no tan bajos, existe la posibilidad de ser Chano para uno y Juan para el otro, llevando a la realidad lo que ha aparecido en no pocas novelas de ficción. Ser mendigo o príncipe no es cuestión de dinero, sino de habilidad. O, lo que es lo mismo, falsear una credencial de elector en México, es tan fácil como quitarle un impuesto más al ciudadano.
Mal juego para J.J. Balderas que pasó de ser un perfecto desconocido a el hombre más buscado en México: ácida ironía, de tener seis nombres para ocultar el verdadero, terminó volviendo famoso justo el mote que no quería sacar a la luz. Más curioso es el caso del diputado perredista por Chiapas, Ariel Gómez, alias El Chunko, quien seguro querrá evitar no sólo con una, sino con más personalidades, ocultar la sarta de barbaridades que dijo por radio en estos días. Eso de hablar tonterías en la radio no es nuevo para él, ya que El Chunko es famoso en Tuxtla por la cantidad de exabruptos que dice al aire. Lo que sí es curioso es que el PRD tan pronto se quiera deshacer de él, cuando no lo hicieron ni con Bejarano, ni con tantos otros, lo que confirma solamente que hay niveles en las tonterías de la política mexicana y El Chunko, por supuesto, no está en ese nivel.
Lo cierto es que estos dos casos, más otros que pueden poblar el mundo de la farándula y los deportes; no olvidemos la ceremonia nazi de Mosley, ex presidente de la Federación Mundial de Automovilismo, en medio de una fiesta (orgía decían los medios); y menos la inesperada escalada del nombre de Tiger Woods en los semanarios de chismes y frivolidades, son un claro ejemplo de que las verdaderas identidades de la gente que seguimos parece ser siempre un punto en contra de su fama. Saludan, sonríen, muestran su sonrisa blanca como diamantes, pero en el fondo, o tal vez no tan en el fondo, ocultan todos esos aspectos de su personalidad que los harían caer como gigantes de hielo que son.
El error, diría el decálogo de personas públicas, es no olvidar que los trapitos al sol ya no se deben de secar al sol y que la ropa sucia no sólo se lava en casa, sino en un cuartito oscuro del que sólo tú tengas llave. No es consejo, por supuesto, qué sería de nosotros, los mortales, si no supiéramos todos esos secretos, en las vidas vacías que nos da la televisión, cómo nos emociona saber que un tipo tiene seis identidades, que un diputado federal es racista o que Tiger Woods es una máquina sexual. Ustedes son nuestro entretenimiento. Ustedes, los famosos. Cómo nos gusta verlos caer.
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“Hola, queremos conocerte, nos gustó mucho tu manuscrito, nos gustaría que visitaras nuestras oficinas en Madrid para hacerte una propuesta”. Este, o mensajes parecidos a este, aparecen de vez en cuando en los correos electrónicos de uno y de tantos aspirantes noveles a escritor. Como es normal, quien recibe este correo y es neófito en el mundo editorial no sólo da un salto, sino que se cae de gusto. Rápidamente se pone en contacto con la editorial y avisa que claro, que por supuesto que él o ella hará el largo o corto viaje a Madrid para la tan esperada cita. Mientras esto ocurre. Todo es felicidad. La idea de ver cristalizado un sueño es tan palpable que duele. Sé lo que es esta sensación de poder comunicarle a amigos y familiares la idea, preclara tan solo en su formulación, de “ey, me van a publicar un libro”.
¿Cuándo termina este sueño? Una vez realizado el viaje, el aspirante a escritor se encuentra con el editor, ese hombre de letras, ese amigo de los escritores te dice que tu obra le gustó mucho pero… para poder ser editada, necesitas desembolsar una fuerte cantidad, que paga no sólo la impresión y el trabajo editorial sino algo más. A cambio, el editor se compromete a que tu libro salga en tanto tiraje, que se presente al menos una vez a costo de su dinero, si es que su disponibilidad económica se lo permita y a que se venda en alguna de las librerías de prestigio de la ciudad.
¡Qué hace uno, que no sabe del mundo editorial! Cree. Avanza aunque dude, por que la ilusión de un libro es tan fuerte que como he dicho antes, duele. Piensa, con justa razón, que ya ha hecho un gran desembolso para viajar hasta Madrid y que, qué tanto más puede costar volver a casa con las manos vacías. Se embarca entonces en una de las estafas singulares del nuevo mundo editorial. Al final volverá con cien, doscientos ejemplares de su libro. Sin el apoyo de la editorial y además, con algo que sin duda pudo haber encontrado en casa, como la famosa parábola árabe del hombre que sueña con un tesoro en otra ciudad sin darse cuenta que su jardín con un reloj de sol es la riqueza que sueña otro hombre.
El mundo editorial, una parte de él, está lleno de estas editoriales terribles que depredan, esa es la palabra, con los sueños de miles de personas que lo único que quieren es ver su libro publicado. ¿Cuántas veces no ha llegado a mi correo electrónico, una invitación, de una editorial española, donde se dice que he sido seleccionado entre los mejores poetas de mi generación (yo que ni soy poeta), para publicar en X antología a la que, si no me quiero quedar afuera, debo de abonar cuanto antes cierta cantidad en euros?
Estas editoriales, de las que existen cientos de quejas en web, son una forma más de estafa. Se dedican, como también dice en esas mismas quejas, a arar en campos donde la desilución aún tiene cierta esperanza, donde los tantos y tantos rechazados por las editoriales, aún pueden ser tocados por una musa. Uno debería de saber, claro, con quien trata, pero, ¿se enamora alguien de la fea porque quiere? ¿No es así de curioso el amor?
Por eso, cuando envíen a una editorial deben de tener en claro algunas cosas:
- Las editoriales, rara vez, están con las puertas abiertas para recibir manuscritos. Claro que los reciben, pero el negocio está más de las veces en los libros que ellos ya han pensado en juntas extenuantes. Nunca des por rechazada una obra hasta que efectivamente te escriban para decirte que no. Claro, si han pasado cinco años, ok.
- Rara vez te dirán por qué te rechazan: no lo dudes nunca, siempre es porque la obra no termina por cuajar para la estética de los editores, claro está, que, bueno, por algo son editores. No te enojes. Tus amigos que dicen que la obra es fantástica, no siempre son buenos lectores.
- Nunca, por nada del mundo, aceptes participar en una editorial que te cobrará por publicar (a menos que tú estés conciente del juego y del trampa).
- Nunca digas que sí a realizar viajes a los Madrides del mundo editorial. Si están interesados, ellos te buscarán.
- Una editorial digna te ofrece una propuesta, por poca o simple o poco pretenciosa que sea, pero quiere que tú tambien ganes (no con firmas de libros, ni con que tu libro estará en alguna librería importante). Esos son como los espejitos que quieren cambiar por oro, es decir, tu dinero. Y claro, siempre hay en juego regalías para ti.
- Hay editoriales para todos los gustos y con todas las intenciones, pero siempre es bueno pedir referencias antes y si encuentras quejas, en serio, tómatelo con calma. Una queja o dos contra la editorial puede ser también cuestión de que las sensibilidades de los autores siempre están muy por encima de sus editoriales, pero más de diez quejas, es que ojo, en esa agua no te debes de meter.
- Cuidado con las editoriales que se se hacen pasar como dignas y te ponen un decálogo como éste pero al final, siempre terminan cobrándote.
- Si se ha dado el caso de que una editorial acepte tu obra y no te vaya a cobrar, revisa bien tu contrato. Los términos pueden ser tan obsesivos como pedirte derechos mundiales (lo cual tampoco está mal), pero tú tienes que estar conciente de qué puedes pedir en qué etapa de tu carrera. Hay autores que detestan a las editoriales donde están, por el trato, por lo que tú quieras, pero si otra editorial no les da lo que ellos quieren, continúan en la vieja.
- No temas exigir tus derechos. Nunca temas exigirlos. Si te dicen que no, pues ni modo, no. A un amigo y a mí nos invitaron a una antología. Querían los derechos mundiales, cine, televisión, etcétera, por un cuento en una antología que además, se iba a vender quien sabía donde, porque ni siquiera era una editorial literaria, sino de academia. Mi amigo y yo les dijimos que no. Por supuesto que nos sacaron de la antología. Pero ellos no estuvieron de acuerdo en mediar, era un signo de que tú ibas a perder.
- Encontrar una editorial es un camino arduo. Imagino que eso ya lo sabes. No te dejes deslumbrar a la primera a menos que veas que ellos sí están apostando por tu obra, por construir contigo, al menos con esa obra, algo.
- Y la regla más importante: Nunca pagues por que te publiquen. Ni un centavo. Nada. Eso es una trampa. Insisto. E insisto también, a menos que tú estés conciente de ello.
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Alguna vez, mis padres se mostraron intrigados cuando les dije que quería estudiar Letras Españolas. No era para menos. Una larga cadena generacional nos había dicho que al terminar la secundaria uno tenía que buscar trabajo. Y ese trabajo era mucho mejor si era en Cemex, Cervecería o alguna otra de esas grandes empresas regiomontanas. En mi familia, nada había de más honor que ser empleado de alguna de ellas. Pero, yo no quería ponerme a trabajar aunque pronto veía la diferencia con mis primos camino al trabajo, con sus almuerzos bajo el brazo y pronto notaba aún más la diferencia los domingos, cuando íbamos al mercado sobre ruedas a comprar cassetes y ropa. Yo, apenas si compraba algo, ellos, volvían con los nuevos cassetes de Los barón de Apocada, de Ramón Ayala, de Los Cougar, la Mafía, etcétera. Sí había diferencias evidentes, porque, cuando incluso ya en la facultad tenía que esperar a cambiar los zapatos comidos por el tacón, ellos se compraban cachuchas, jeans, convers, etcétera, a la menor provocación. A veces me preguntaban por qué estudiaba y sobre todo, porqué estudiaba “eso”, existiendo otras tantas carreras como ingeniería civil, mecánica, leyes y sobre todo, la carrera de carreras, la aspiración más importante: contador público. Yo no podía responderles más que un simple, “es que me gusta”. Para mis padres, sin duda, pienso ahora, debió de ser muy difícil, de entrada, entender que yo quería estudiar algo de humanidades, vivir de leer, de escribir, etcétera.
Pienso esto o recuerdo esto, porque una de las charlas más interesantes esta ida a Monterrey la tuve respecto a los hijos. Al miedo a los hijos. Mucha gente lo ve como algo natural, algo incluso, necesario, el siguiente paso. Si antes las presiones eran para tener novia, después casarte, ahora es, tener hijos. Un amigo y yo empezamos a platicar de eso y llegamos a una conclusión: si tenemos, no queremos tener hijos típicos de intelectuales. ¿Cómo son? Yo creo que un poco menos inocentes, más despiertos, claro, pero también, mas excepticos y sobre todo, más ambiciosos.
Recordaba entonces con mi amigo la anécdota de aquellos hermanos, aspirantes a escritores, hijos de un escritor reconocido, que se peleaban el amor de su padre con las becas o premios o publicaciones que hubieran tenido, porque esa era la única manera de ser más como el padre y de estar más cerca del padre, de que el padre, también editor famoso, pudiera referirse a ellos como: mi hijo acaba de publicar o de ganar o de ser becario de… ante sus amigos, claro, los intelectuales. Uno se ganó la beca famosa y el otro no. Pleito a nivel familiar.
Ahora que vivo en este medio, porque es la verdad, cada que he querido alejarme más me adentro y es una decisión de la que no me quejo, me he dado cuenta de cómo la cultura, el arte, sobre todo, leer, es tomado como un blof, la gente blofea con el arte y con leer. Y más cuando lo ha tenido cercano desde la infancia. Hablan de leer como si fuera la cicatriz en la frente de Harry Potter. Hablan de la cultura y su acercamiento con la cultura como una herencia. Por lo mismo, creo, son más amargados, el mundo simple poco los estusiasma. Se quejan amargamente de la vida y de la felicidad. Hijos de intelectuales, caray.
No estoy en contra de leer. Creo que todo niño debería de tener sus libros como compañeros, pero también su bicicleta, su balón de futbol, incluso su PSP. Leer y la cultura deberían de ser una emancipación, no una obligación. No es que defienda la ignorancia del mundo. No. Pero sí defiendo el poder de decidir. No sé si llegaré a ser padre, en realidad es muy aventurado escribir esto, pero definitivamente, no quiero tener un hijo culturoso, igual que mis padres seguro querían un contador público. Pero si a fuerza de terquedad, de ansiedad y de rebeldía terminan tomando un libro, bien. Habrán ganado por elección.
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Este debería de ser el siguiente título de Francisco Martín Moreno ahora que ha utilizado la palabra México como derecho de marca para todos sus libros. (Ya la utilicé, Francisco, si la usas, te demando). ¿De qué hablaría México triste? Una sección tendría que tener las reseñas de las largas filas de indocumentados en los centros de detención allende las fronteras, de los chicos que piden dinero para un boleto del metro, se los dan, hacen como que caminan y vuelven a la fila a pedir dinero, hablaría de esas mujeres que entran a los restaurantes a pedir limosna y hasta del organillero que ameniza afuera de un museo. Hablaría de ese señor que tuvo un accidente y cuando llegó la policía nada más quería pedirle dinero, y hablaría también de los diputados federales que a los dos días de entrar ya se habían dado de baja para que los verdaderos dueños de la curul entraran a su sitio, sólo para votar a favor de un puente inexplicable para irse con el dinero de la federación a Canadá. En México triste habría un apartado dedicado a Juanito, Obrador y Clara Brugada, otro a Peña Nieta y la Gaviota contra Marcelo Ebrad y Mariagna Prats, sin olvidar a Calderón, el presidente de los impuestos, perdón, quería decir de los empleos. Vendría también una sección dedicada a las muertas de Juárez, no para saber quienes eran ni quienes las matan, sino como un manuel de sobrevivencia porque no se va a acabar, lo mismo que el narco en Monterrey, Sinaloa, Chihuahua, Cuernavaca, Morelos. En México triste habría una sección para hablar de Teresa Vicencio y de Consuelo Saizar, pero también de Letras Libres y la gran cantidad de artistas (escritores, cineastas, danza, etcétera) que más se dedican a pelearse entre ellos o hacerse que la virgen les habla que en poner más ojo crítico, no porque sea su responsabilidad, qué van, sino por mera caridad de dios, contando que la conciencia del país la dan los locutores de tele y los comentaristas de televisón. También tendríamos una sección completa por el fracaso de Pemex, por la refinería que nadie sabe de dónde saldrá y hasta por el feo lago de Patzcuaro, lo he dicho, tan contaminado, tan lleno de plantas y con ese Janitzio que ya más parece una pesadilla. En otra hablaríamos del futbol mexicano, sí, ese que nulifica a los jugadores, la del pacto de dueños, la que sigue usando gas lacrimógeno en los vestuarios de visitantes para ganar un partido. Sí, de eso debe de tratar ese México triste, lo lamentable es que nadie lo leería, porque a veces, casi siempre, es mejor vivir con la tristeza explotándole a uno en la cara y sin hacer nada, que mover un pequeño dedo y esperar, esperar, a que los campeonatos de futbol nos hagan felices, o las niñas cantantes, o los chismes de la farándula de mujeres que ni cantan ni baila y confunden surimi con tsunami o piensa que, por ponerse de rubia y hacerse llamar la chica dorada vale su peso en oro, ese oro comestible que termina convertido en puro relumbrón, vacío, ese relumbrón con el que nos siguen conquistando: espejitos.
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Eso, o más o menos algo parecido a eso, ha sido el argumento central de porqué me han detenido dos tránsitos de Guadalupe este 24 y 25 de diciembre. El primero me dijo que se preocupaba por mí, porque crucé en ese engañoso verde-amarillo-rojo que está en San Sebastián y Eloy Cavazos. El tránsito me detuvo aunque detrás de mí se pasaron otros tres carros. Me pidió mi licencia y mi tarjeta de circulación. Claro, ya sabía que las places del coche son del D.F. Silbó cuando me dijo que sería una lástima perder mi licencia de por vida. Yo le dije que como fuera, en dos o tres años ya no me iba a parecer al tipo de la foto. Sonrió. Luego me dijo que la multa por cruzarse en rojo era de 500 pesos y tenía que detener un documento. Yo le dije, entonces, que no había problema, que me diera la infracción, que yo iba a pagar a donde él me dijera y que alguien de la familia se quedaba ahí a esperar El tránsito volvió a silbar. Me dijo que era por mi bien, que en estas fechas era espantoso pasar en la càrcel o en el hospital. Yo le dije que tenía razón, que muchas gracias. El oficial volvió a silbar. Se me quedaba viendo, dudaba mientras jugaba con mis documentos -en regla-. Es que no trata de que el conductor quiera hacer lo que quiera, enfatizó. Yo sonreí: es que no se trata de que quiera hacer lo que quiera, oficial, sólo quiero pagar la multa cueste lo que cueste. Ahí lo desarmé. Creo. Se fue a mirar el coche, las placas, las calcas, los permisos, la verificación, al final volvió. Es que nos preocupamos por usted, insistió. Y me entregó la licencia y la tarjeta de circulación. Así que hoy, cuando otro tránsito me detuvo porque venía a 40 kilómetros por hora en zona residencial, pues mejor le conté de inmediato esta historia. Me dejó ir casi de inmediato. Guadalupe, donde los tránsitos sí nos quieren. Guadalupe Nuevo León. Cuánto amor.
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Estos son los pequeños mandamientos que creo, debe de tomar en cuanta cualquier novel editor de una revista literaria electrónica o en papel:
-El consejo editorial está para esclarecer, no para imponer. Procura que sean pocos. Además un consejo sólo sirve para ocultar algo: quien decide eres tú.
-El trabajo de la edición, como en todo el mundo, es un acto tiránico, no democrático. Si tienes una idea de cómo debe de ser tu revista, preséntala a los consejeros en su última pensada gráfica y de contenido. Nunca al principio. Es tu revista, no de los que se subieron al barco.
-Acota muy bien los temas a tratar. Las revistas temáticas siempre han sido un éxito, pienso en la Revista El Cuento, o bien en revistas como DCO, de danza. No prometen más de lo que darán, pero lo que dan, es de excelente calidad.
-Ahora bien, si lo que quieres es tratar muchos temas; en realidad, los números temáticos sólo funcionan cuando hay un diálogo entre todas las secciones de la revista. ¿Para que poner entrevistas, artículos, ensayo filosófico, literario, reseñas de libros de todo el mundo, etcétera. No olvides que una revista no va para la posteridad. Sino para el mercado en el que te desenvuelves primero que nadie. Nútrete de él.
-Manten un número de colaboradores cercanos, escritores de columnas o de reseñas: es decir, dales un foro, de esta manera la revista tendrá caras especiales en cada número. Y después, autores invitados que no te manden lo que quieran, sino lo que tú quieres. Y si no te envían nada, ¿para qué te enojas? No olvides que al único al que le interesa la revista eres tú. Algo querrás con ella.
-Hacer una revista no se trata de amontonar reseñas, artículos, cuentos, poemas, etcétera. Vigila no abarcar mucho. Focalización es la palabra.
-Residimos en un mundo gráfico, pero la revista más que para verse, es para leerse, para subrayarla, para anotar.
-No cometas el error de querer publicarte. Eso es chafa, es como: publico una revista para publicarme. ¿En serio, no te has dado cuenta que el mundo de la literatura pertenece a los editores?
-Escritores, difíciles de conseguir. Al principio no te van a pelar pero después, si la cosa va a bien, no sabrás cómo quitártelos. Sé fiel a quienes empezaron la odisea contigo. No los abandones cuando los Paz y los Fuentes de este mundo se te acerquen.
-Finalmente, paga. Acostúmbrate a pagar por lo que te den. No hablo sólo de dinero, sino de gestos, de agradecimientos.
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Me dan un miedo terrible los opinólogos. Estas personas que están constantemente hablando de la vida, de los libros, de las películas, las noticias, que suben rápido a su twitter el último pensamiento que han tenido. Me pregunto porqué no, entonces, piensan en el silencio. Mucho se ha dicho del valor del silencio. Mucho se ignora. El silencio, tamaña patraña. Pero vivimos en una sociedad y cultura donde ser es ser visto. O como bien decía un amigo en la facultad: “Lo que eres me distrae de lo que dices”. Hace un día, un amigo me decía: ya voy a abrir mi blog, porque me he dado cuenta que para ser escritor famoso de tu generación tienes que tener un blog. Bueno, le dije, para ser escritor famoso de mi generación, en realidad, no necesitas muchas cosas sino sólo las necesarias: muchos enemigos (cada libro, premio o beca te los dan), algunos chismes que te hagan por aquí y por allá, (algunos tú los puedes iniciar, incluso, en tu blog, con tus conocidos, etcétera), enarbolar las banderas de lo políticamente incorrecto y nada más. Opinólogos, ven, ya me convertí en lo que critico. Por supuesto, este post tiene la etiqueta de: Opinión.
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