Artículo publicado en Día Siete del 18 de septiembre de 2011.
Cuando se entra al monumento de la Independencia, muy pocos saben quién es el hombre cuya estatua se encuentra al iniciar el recorrido. De ojos muy abiertos, barbilla en alto y manos atadas tras la espalda a un madero, la estatua lleva al pie el nombre de Guillén de Lampart.
Pero, ¿quién es don Guillén? Ésa es la pregunta obligada por los visitantes, pues casi nadie sabe quién fue o qué hizo para merecer ese lugar junto a los huesos de Hidalgo, Allende y compañía. Sin embargo, está ahí por un motivo suficiente: contrario a lo que cifra la historiografía nacional, el primero en declarar la Independencia de México no fue Hidalgo sino este irlandés, lector de El Quijote, matemático y astrólogo, quien murió en manos de la Inquisición por querer rebelar al joven virreinato de la Nueva España.
De pirata a general
La biografía de todo hombre es fácil de resumir en cierta medida. Sin embargo, cuando se analiza la vida de Guillén de Lamport o Lampart, es muy fácil llegar a callejones sin salida, gracias a los numerosos falsos registros que dio de su vida el propio Guillén.
Nacido el 25 de febrero en Wexford, o Guesfordia, en Irlanda, Guillén de Lamport fue hijo de un barón caído en desgracia y de una española. Era tal la desgracia de la familia y los numerosos hermanos que al chico apenas si le dio tiempos de estudiar Gramática y a los doce años fue enviado a Londres donde continuó con sus estudios y se dio a conocer como escritor de loas.
Es justo en este momento cuando la vida de Guillén de Lamport da un giro y es imposible reconocer la verdad de la leyenda.
Guillén era un aventurero según sus declaraciones en el Acto de fe que la Inquisición le abrió cuando fue capturado en 1642 por querer declarar la Independencia de México. Según él, es necesario precisar esto, tras terminar sus estudios, hizo un viaje de Inglaterra a Francia y ahí fue capturado por piratas, pero estos, al ver su inteligencia, lo nombraron capitán de cuatro navíos.
A los meses se aburrió de esa vida y la abandonó. Hombre astuto y autodidacta, que seducía con un lenguaje y una cultura sin par, tras llegar a España el Conde Duque de Olivares le ofreció una beca para estudiar en el Real Colegio de San Lorenzo de El Escorial y más tarde en el Colegio Mayor de San Bartolomé el Viejo, dos de las máximas casas de estudios de esa época; pero la vida de este joven Guillén, de apenas 18 años, distó mucho de ser tranquila y fue comisionado por el rey para combatir en las guerras de Flandes en donde guió a los tercios españoles a combatir en batallas tan importantes como inútiles políticamente.
Sin ir más lejos, cuando en 1640 Guillén partió hacia la Nueva España en la flota del general Roque Centeno y en la que iba el nuevo virrey, el Marqués de Villena, el irlandés ha sido –según él- pirata, ha intervenido en las relaciones diplomáticas entre Francia y España, ha estudiado en los mejores colegios europeos y combatido por el honor de Carlos III y Carlos IV del que afirma ser hermano. Como puntilla a esta imaginación desbordada, Guillén no viene a la Nueva España como un viajero más, sino como el espía del Duque de Olivares y con un encargo de alto riesgo: espiar para el Duque de Olivares y hacerse el nuevo virrey.
El escribano que se carteaba con reyes
Lo cierto es que, para estas fechas, don Guillén de Lamport, “hombre de mediana estatura, rubio de barba y cabello tirante a castaño, enjuto de carnes, quebrado de color y de ojos muy vivos”, como lo definirán los propios inquisidores, había terminado sus estudios en los colegios españoles y para 1638, dos años antes de viajar al continente americano, mal vivía con una mujer y su hija en la calle del Olmo, de la capital española. Vivía en aquella casita soñando con un mejor futuro, como todos los hombres en todos los tiempos, pero aquello no le satisfacía.
Apurado, pobre, sin más futuro que ser maestro de matemáticas o retórica, pero con una imaginación desbordante, don Guillén partió hacia la Nueva España como un arrimado más, como un criado de la futura corte del Marqués de Villena.
Se instaló en la ciudad de México como maestro de latín de los hijos de un escribano del Ayuntamiento y al morir éste toda la familia y el maestro, más por misericordia de la familia que por otra cosa, se mudaron a una vecindad en el barrio de La Merced en la que habrían de sobrevivir dos años más.
Sin embargo, a pesar de las necesidades económicas, Guillén de Lamport no perdió el tiempo. Se encerraba en su habitación y le escribía cartas al rey de Portugal, al de Francia y al Papa, garrapateaba historias para el conde Duque de Olivares sobre el estado del reino; cartas que nunca envío, por supuesto, pero cartas geniales en las que Guillén cambió su vida, su pasado, se soñó rey y libertador.
Era un ficcionador de primera. En esos años se hizo amigo de los indios, viajó a Taxco donde probó los hongos, les prometió que les devolvería sus tierras y le pidió a un cacique que levantara a 400 hombres para tomar la ciudad de México, pero el cacique, que ya lo conocía, ni le hizo caso. Guillén de Lamport tenía para esas fechas fama de mentiroso. Nadie le creía, pero a nadie le importaban sus delirios y conspiraciones.
En sus cartas furiosas, febriles, sobre todo en su declaración de Independencia, Guillén de Lamport declaró la libertad de negros y mulatos y el derecho de la nación mexicana a comerciar con los otros reinos europeos.
Solía hacer cenas como las del Quijote y a quienes iban a su casas les mostraba vasos de oro, seguro falsos, y les decía que eran los regalos de sus majestades por sus trabajos realizados.
Era un loco sano, en el mejor sentido de la palabra. Un soñador galante, pues ya tenía fama de cortejar a varias damas de la ciudad de México. Sin embargo, nadie le creía sus historias hasta que una noche, mientras cenaba en su casa en La Merced, un piquete de guardia entró a casa y se lo llevó preso.
Diecisiete años en prisión y dos días afuera
Delatado por el capitán Felipe Méndez, quien dicen, deseaba quitarlo de en medio para conquistar a una mujer que pretendía Guillén, los siguientes 17 años de Guillén de Lamport ocurrirían dentro de las mazmorras de la Santa Inquisición. El delito: ser astrólogo, comer peyote y querer liberar el reino para dárselo a los portugueses.
Mal le ha jugado la vida y las mentiras al irlandés. Es casi de ternura saber que por sus mentiras fue preso por la Santa Inquisición, sin embargo, por esos días el Marqués de Villena también había caído preso después de depredar la hacienda virreinal y las mentiras del irlandés se habían vuelto peligrosas.
Después de requisar su habitación, las cartas escritas a los reyes de Portugal y de Francia y la declaración de Independencia terminaron por acabar con la defensa del Lamport.
Los primeros ocho años, sin embargo, mantuvo en jaque a los inquisidores. Inteligente, letrado, Guillén logró posponer sus juicios en contra y se hizo amigo de carceleros y encarcelados. Nunca, dice un inquisidor, se había visto tal algarabía en las cárceles de la Santa Inquisición, algaraza que le dio a Guillén la oportunidad para planear el escape, el único registrado en la historia del Santo Tribunal en la Nueva España.
La huida se realizó la noche del 25 de diciembre, con la ciudad quieta tras las fiestas. Guillén, con la ayuda de un preso, rompió los barrotes de la celda con hierros calientes, se descolgó por la ventana hasta un pasillo, saltó hasta un jardín contiguo y escapó.
Hombre genial o chiflado, estuvo casi una hora volviendo a poner las rejas y ocultando los rastros de su huida para que los inquisidores pensaran que había sido un rapto milagroso. La locura siguió cuando, en lugar de alejarse de la ciudad de México, Guillén se dedicó a pegar en la catedral y en sus plazas contiguas, exhortos contra los inquisidores y la institución, e incluso le entregó una copia a un guardia del Palacio Virreinal para que se la diera al Obispo de Palafox, el nuevo virrey.
Después se escondió en una casa en la plaza de la Redonda, lo que hoy es casi la esquina de Reforma y el Eje Central. Los dueños, asustados al saber que toda la ciudad y sobre todo, los inquisidores, buscaban al fugado, lo mandaron a otro sitio, éste en la calle de Donceles y ahí lo entregaron. Su escape sólo había durado dos días.
El resto de los nueve años tras su recaptura no hicieron más que aumentar su fama entre la gente. ¿Quién es ese loco que se fugó de la Inquisición? ¿El que dice ser hermano de emperadores, pirata y además, rey de los mexicanos?
Escritor, soñador, Guillén escribió en las oscuras horas de su encierro, y en las sábanas de su cama, su Regio Salterio, una serie de poemas contra los inquisidores, pero a favor de Dios, de los indios, y de la libertad. En él se nombró “Emperador de los mexicanos constituido por el altísimo Dios de Israel hacedor de las cosas visibles e invisibles”.
Sus salmos son, acaso, las primeras obras barrocas escritas en la Nueva España, pero en los que este prisionero promulgó ideas de libertad y de la liberación de los esclavos que son casi 200 años antes que las vertidas por la Revolución Francesa.
Sin rescate posible, más vigilado que nunca, Guillén de Lamport fue condenado a morir en la hoguera en el acto de fe de 1659. Tras una vida de ficción en la que fue pirata y rey, pero con una vida real en la que inspiró una independencia y un escape de la prisión de máxima seguridad de su época, al final Guillén murió quemado en la plaza de San Hipólito, en el cruce actual de Avenida Juárez y Reforma.
Sin embargo, el juicio que la historia ha hecho de Guillén de Lamport no pereció en las llamas. Toda su vida fue un sueño, una esperanza de ser otro. Soñó con nuestra independencia y a su forma, murió por ella. Es por eso, por sus sueños, que con los ojos crispados y tal vez, a punto de ser conducido a la hoguera, don Guillén recibe a todo el que entra al monumento a la Independencia. Es por eso que él vigila, desde la avenida Reforma, la vieja y nueva ciudad que imaginó libre.
