Dice Claudia Apablaza en su maravilloso libro, Diario de las especies.
“Las editoriales persiguen a los jóvenes que caminan con sus zapatillas Converse en las Ramblas. Los siguen y les ofrecen enormes sumas de dinero. Ellos se tapan los oídos y corren a sus guaridas colectivas con sus zapatillas Converse, sus jeans ajustados y sus percings en todas las orillas. Corren a sus casas Okupas y se esconden. Se transforman unos en otros. Refugian sus identidades. No quieren ser AUTORES. Ellos no dicen nada. Ellos no hablan, sino entre ellos, en sus guaridas colectivas. Ellos me dan miedo.
Las casas editoras ponen cada domingo avisos en las páginas comerciales, en los suplementos culturales que buscan nuevos escritores. Ponen números gratuitos y organizan fiestas con mucho alcohol, drogas y mucha comida. Mucho whisky corre ahí. Mucho éxtasis y hierba. Mucho porro, hashis. De lo que quieras. Algunos dulces exóticos alucinógenos. Comida a destajo de todas las latitudes. Los jóvenes no van. No quieren ir. Ponen taxis gratuitos que los pasan a buscar y a dejar, incluso limosinas. Los jóvenes están en sus guaridas pensando en los procesos. Imaginan los procesos de la muerte de la narrativa. Los procesos de la muerte de las antiguas estructuras. Ellos están vivos. Los libros están muertos. Los editores llevan a Vila-Matas, a Piglia, a Fresán, a Oé, a los Murakami, a Nothomb, a A. Homes, a Pauls, a Reza, a Tomeo, a Roth, a Houellebecq, a Jodorowsky, a Perez-Reverte. Ellos esperan a los jóvenes con sus mejores trajes. Algunos postean los blogs de los jóvenes y los jóvenes suprimen sus blogs. Se cambian de domicilio para no recibir más cartas de invitación. Acusan. Ponen demandas de persecución, de violación a la propiedad privada. Acusan y hay muchos editores en proceso de encarcelamiento.”
Este viernes próximo daré una breve charla con Gilma Luque, Mónica Marinstain y Orfa en unas mesas de trabajo dentro de la Feria del libro del Zócalo de la Ciudad de México. Las mesas de trabajo tiene por nombre: “Ya terminé mi novela, ¿ahora qué hago? No sé por qué Laura Martínez Belli me invitó, aunque asumo que mucho tiene qué ver el hecho de que, mientras estuve en una editorial emergente, me dediqué mucho a la publicación de autores jóvenes, que son los que hay que apoyar y que sin duda seguiré apoyando en nuevos proyectos editoriales si está en mi mano hacerlo.
Yo no quería ser editor, serlo nunca fue uno de esos impulsos vitales en mi formación ¿lectora? ¿profesional? Nunca me brillaron los ojos ante la posibilidad de revisar un manuscrito y revisarlo. Lo mío era escribir, leer, la docencia y un poco ser articulista. La figura del editor era un misterio no sólo desde qué era serlo, sino también cómo ejercer la profesión. Pero esos tres años, sin duda ricos en muchas experiencias, con lides de muchas estirpes, caídas, erratas imposibles, sueños y también pérdidas de fe, abonaron en mí un amor real por el oficio. Sigue sin llenárseme la boca de ego al decir: “yo soy un editor”, pero sin duda, soy un editor.
Una de las primeras cosas que descubrí al estar de ese lado es cómo la visión idílica de la edición se destruye con mucha facilidad con la visión real. Si el amor no es sólo la chica con el maquillaje y el perfume exacto sino también con las lagañas, el pésimo aliento matutino y la piel arrugada por los surcos de la almohada, no tendría por qué ser distinto con los editores y las editoriales. Ni las más humildes son las mejores, ni las que se erigen como las defensoras de la buena literatura lo son en realidad. La industria editorial mexicana cojea de lo mismo que el medio literario: el “relumbrón” o como dijo Miguel Hernández, el gran poeta Pedro Salinas “Lo que eres me distrae de lo que dices” (gracias al lector que nos dio la cita precisa: La voz debida a ti, 1933).
Dentro de los procesos de esa destrucción idílica del mundo editorial pronto me di cuenta de una gran verdad, a propósito del texto de Claudia Apablaza y con el que inicio este texto, los editores buscan con desesperación a autores nuevos, sí los invitan, sí los sondean, pero la gran ironía es que muchas veces son los autores los que desconocen todo del medio editorial, son los autores los que no han hecho su trabajo. Por eso la proliferación de manuscritos en las mesas de dictaminación, por eso los autores que después creen que un editor hará realidad sus sueños de grandeza, por eso la decepción cuando un manuscrito pasa de editor en editor y vuelve al que originalmente le llegó, pero ahora el texto mutilado, reescrito, pero con las mismas fallas que originaron su rechazo primigenio. El medio editorial vive en una curiosa paradoja donde la prisa se alimenta de una morosidad exasperante. Los autores llaman, los autores exigen, los contratos se pelean, se caen. Conocí la historia de una autora con novela contratada y que al cambio de editor llegó con el nuevo exigiéndole trato de reina: el resultado: novela y contrato cancelado. ¿Para qué quiere un editor trabajar con una estrellita de primera novela que es insoportable incluso antes de que se trabaje con el texto?
Los autores noveles, que no jóvenes, Saramago publicó sus primeros libros pasando el lustro de edad, suelen tener problemas para entender este mundo complejo. Por lo mismo, desde lo que he vivido, que no es más que una porción muy pequeña de las amplias experiencias del mundo editorial, me atrevo a escribir aquí algunas estrategias cuando alguien se quiere enfrentar con la azarosa búsqueda de un editor.
- ¿Estás seguro, para empezar, de que tu novela ya está terminada? Uno de los reiterados casos por los que una novela se rechaza son los manuscritos a medio escribir o a medio terminar. Es complicado definir cuándo una obra está terminada, pero por lo general, antes de enviar tu novela con un editor, en serio, escríbela, déjala descansar, revísala con cuidado, contrata lectores profesionales que lean tu obra sin respeto a ti (no se las des a tus amigos o familiares) y vuélvela a dejar descansar. Y la vuelves a corregir. Que el editor vea la mejor novela que pudiste escribir, no la que escribiste más rápido.
- ¿Estás seguro que ya terminaste de escribir tu novela? Sí, dos veces. La prisa no es buen aliado ni siquiera de los escritores talentosos.
- ¿Tienes con claridad una idea de a qué editorial le enviaste tu novela? Muchos escritores envían sus trabajos porque las editoriales les suenan o porque son las que conocen. Grave error. Cada editorial tiene colecciones de ficción o de no ficción, cada una de estas colecciones tiene definidos tanto su mercado de lectores como su forma de distribuir y difundir esos libros con la experiencia, aplicada o no, de sus años como vendedores de libros. Revisa bien qué colecciones editoriales publican y fíjate bien a qué se ajusta tu novela. ¿Una novela de géneros o histórica? Bueno, no irás a una editorial literaria, sino a una editorial que publique ese tipo de obras. Una novela romántica para adolescentes, bueno, busca la editorial que publica eso. Hay novelas que rompen todos los géneros, por lo general todos los buenos libros son inclasificables, pero ayudar a definir tu libro (tu producto aunque los románticos me quieran matar al decir que toda la literatura es un producto para alguien más), te ayudará a encontrar mejor una oferta editorial.
- Todas las editoriales y los editores son entes distintos. En algunas trabajan más de 30 o 40 personas, en otras son dos o tres. Mira las editoriales y sus distintos potenciales y aprende a recibir de ellos lo que te pueden dar. Es parte de crecer como autor, pero sobre todo, mira el historial de los editores, qué les gusta publicar, por quién han apostado en el pasado, qué tipos de obras han llevado al papel con los años. Es posible que haya problemas de mercado, pero un editor casado con su idea nunca va a cambiar. Si hay editores que apuestan por jóvenes, lo seguirán haciendo. Si hay editores que sólo apuestan por escritores una vez que han pasado de cierto prestigio en ciertos círculos literarios, pues sólo va a publicar ese tipo de autores. Los editores pueden verse superados por las expectativas comerciales y ceder en algunos o muchos casos, pero siempre publicarán lo que les gusta.
- ¿Estás listo para tener paciencia? Qué bueno, salvo muy contadas excepciones y que por lo general tienen qué ver con autores ya con camino recorrido, la paciencia es la mejor arma para encontrar un editor. No desesperes. No apures más que lo adecuado. El editor lo que quiere siempre, es tener más libros para producir más dinero o prestigio editorial. Si tu libro puede hacer eso por ellos, seguro te llegará el momento.
- En México existe algo muy curioso que se llama: la coedición. ¿Qué es esto? El apoyo entre instituciones gubernamentales que se alían con editoriales para publicar tal o cual autor. No está de más que busques ese tipo de apoyos. A veces puedes tener una editorial interesada, pero que por cuestiones económicas no puede en ese momento apostar por tu libro. Eso puede servirles. Pero no intentes pagar por tu libro. Eso no es una coedición, sino una edición de autor. Eso no habla de rigor ni de la editorial ni de ti como autor. Tómalo sólo cuando sientas que ya no puedes esperar, pero todo buen libro se publica.
- La cuestión económica es importante: el editor serio te debe de pagar tus regalías en tiempo y forma. A veces el tiempo se les olvida y la forma también, pero los editores serios siempre pagan. Que no te engañen las editoriales fantasma que te piden dinero para publicarte. Sí debe de existir una transacción comercial. Tal vez nunca será la que esperas, pero el mismo Ken Follet, el autor de Los pilares de la Tierra, ha dicho que su primer libro apenas si vendió 500 ejemplares con las regalías de 500 ejemplares (ni para pagar la renta), pero con paciencia se puede llegar a ser un escritor con ventas sostenidas.
- Qué pasa con tu libro cuando llega a una editorial: se dictamina por varias personas, si dos de estos o uno tiene sus dudas, lo más probable es que no pase a la lectura del editor. Si al editor le gusta la novela, la obra pasa a un comité comercial donde el jefe de ventas (verdadero poder detrás del trono), decide si el proyecto es viable o no. Hay estupendos libros que no pasan esta tranca, pero reitero el punto dos: tienes que saber bien a qué editorial enviar tu libro.
¿Hay más puntos, no lo sé, pero escucharé con calma a mis compañeras de mesa en las jornadas en la Feria del Zócalo. Por lo pronto estos son estos apuntes al vuelo para que un día los editores, como bien dice el texto de Claudia Apablaza, los busquen, les envíes sus limusinas y ahora sean ustedes los que se escondan de ellos.