Letras al fragor de la batalla.

Publicado originalemente en El Norte. Sección vida, 19 de noviembre de este año.

A casi cien años de diferencia entre ambas, la emergente literatura de narco y la novela de la Revolución mexicana guardan más semejanzas que diferencias, pero acaso es la literatura del narco la que lleva ganada hasta ahora la batalla: los escritores están más preparados, ofician diversas perspectivas del hecho violento y al igual que los autores de la revolución, viven al día con las noticias y las balas.

 Escrita originalmente en 1915, Los de abajo fue una novela que pasó desapercibida en su momento. La novela de Azuela, como muchas otras obras que daban fe de los hechos violentos de la Revolución mexicana, la gran mayoría cercana a las memorias o a las biografías, como la tardía Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, fue tal sólo otra más entre “la bola” de relatos sobre villistas y federales que combatían a lo ancho del país.

Fue necesaria una revisión para que Los de abajo se convirtiera en el punto de partida para conocer lo que hoy llamamos como la “novela de la Revolución mexicana”: un conjunto de obras que definen no sólo al movimiento armado, sino a las personas que lo vivieron: novelas donde se despliega la psique del hombre al amparo de la lucha armada, cercanas al realismo, lineales acaso y que hacen uso del lenguaje del pueblo, su argot, para construir diálogos y tramas pintadas con el costumbrismo mexicano.

Sin embargo, incluso en esa revisión quedaba claro algo: la novela de la Revolución mexicana que iba a pasar el corte no sería la anecdótica, la centrada en hechos y batallas, sino aquella que desde diversas perspectivas hiciera un retrato simbólico de la lucha, del combate, del poder y la ideología revolucionaria.

Casi cien años después otra corriente narrativa ha aparecido y parece abrevar de la novela de la Revolución mexicana y ésta es la “novela del narco”. Ambas, aunque están más apegadas a la narrativa realista, ambas al describir los sucesos de una guerra activa como lo fue la de la Revolución mexicana, o guerra encubierta como lo es la del narco que lleva ya más muertos que algunas de las batallas más sonadas entre Pancho Villa y Álvaro Obregón, no podrían ser al mismo tiempo más diferentes entre sí a pesar de sus similitudes.

La primera gran diferencia está en la forma como los escritores tratan el tema. Si en las novelas de la Revolución mexicana hay un gusto por lo lineal y por una trama anecdótica, los escritores de la novela del narco prefieren rehuir la anécdota para construir personajes, utilizar estructuras más arriesgadas y sin duda, alejarse del costumbrismo. Más que escenarios de lo mexicano, tenemos el desarrollo de psicologías, de atmósferas, de símbolos.

En Trabajos del reino de Yuri Herrera, el autor, más que presentarnos una novela de hechos violentos, se apega más a descubrir ante el lector una novela de intrigas y de aprendizaje sobre el poder a través del Artista, un cantante de corridos que es contratado por un capo.

Similar a Herrera, en los cuentos de Iris García Cuevas, Ojos que no ven, corazón desierto, o en la novela de Orfa Alarcón, Perra brava, o en Conducir un tráiler, de Rogelio Guedea, nos encontramos con personajes periféricos del mundo del narco: comandantes y niños, chicas que se enamoran de sicarios, o jóvenes que ven en el mundo del narco la única forma para sobrevivir.

Incluso, cuando se trata el tema de manera directa, como lo hace Javier Valdés Cárdenas en su libro Malayerba, el autor viste, cambia las anécdotas, reposa las historias y presenta una, la más cercana al hecho real. O bien, si el personaje principal es un narco o un hijo de él, no se narra la lucha del poder, ni la política del narco, sino los efectos secundarios en la familia, como en Fiesta en la Madriguera, de Juan Pablo Villalobos.

La idea central de esta literatura es ver el narco sólo como un pretexto para contar una historia, pero no centrarse a hablar directamente del gran narco mexicano. No está escrito aún en la literatura mexicana el gran Artemio Cruz del narcotráfico de nuestro tiempo.

La otra gran similitud entre ambas corrientes literarias es el trato con el lenguaje, la búsqueda por la oralidad. Cercana al habla popular, la novela de la Revolución mexicana retoma el habla popular y transcribe un mundo, pero con el pretexto de dar cierta verosimilitud, pero en la novela del narco el lenguaje es un personaje en sí.

El registro no pertenece a la realidad, sino que es una reconstrucción, un lenguaje nuevo que toma no sólo del lirismo popular, sino del argot musical, refranero y regional, ciertas palabras y cadencias para construir un nuevo lenguaje literario como muy bien se puede leer en cualquier novela de Élmer Mendoza, como Balas de plata, Idos de la mente, de Luis Humberto Crosthwaite o en los cuentos de Carlos Velázquez en La Biblia Vaquera.

Ambas corrientes literarias nos muestran geografías dañadas por la violencia, seres marginales pisoteados por el más fuerte, como se puede ver en los cuentos reunidos de Eduardo Antonio Parra, Sombras detrás de la ventana o bien, las coludidas relaciones entre narco y policía, en Los minutos negros, de Martín Solares o la cacería del hombre por el hombre en la novela No es país para viejos, de Cormac McCarthy.

A fin de cuentas, la novela del narco aún está en proceso de escribirse, pero una cosa es cierta: al final sólo quedarán aquellas obras que nos revelen la identidad del hombre y su trato con la violencia y el poder ejercidos desde el narcotráfico: las novelas fáciles, los acercamientos literarios más impulsados por la mercadotecnia rápido encontrarán el olvido.

Si tuvieron que pasar más de dos décadas para que Los de abajo estableciera su sitio en la literatura nacional, aún faltan muchos años para que tanto críticos como lectores nos indiquen qué fue lo valioso de esta corriente. Estamos muy cercanos para hacer un juicio de valor, acaso sólo para mostrar tendencias. Quién sabe si Los de abajo del narco ya ha sido escrita. Habrá que leer estas y otras novelas para podernos responder esta pregunta.

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