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Unknown-1

Apenas entró por la ventana, el vuelo zigzagueante de la mariposa negra capturó la atención de la mujer. El insecto flotaba como un pedazo de noche. A veces caía, atacada por un desmayo imprevisto y luego remontaba en el aire, pesadamente, con el cansancio de llevar peso en las alas. Jimena la observó desde la puerta hasta que la mariposa se posó en una esquina del cuadro de la Virgen del Rosario. Verla ahí, cobijada por la oscuridad, encima de las grecas del marco facilitó a Jimena el pánico que ya traía amarrado desde que descubrió el potro muerto de su hijo en el corral.

 —Algo va a pasar, —dijo en voz baja mientras apoyaba las manos en la mesa.

Allá afuera, envalentonada por la camioneta que se acercaba por el camino, una corriente de aire entró a la casa y el calor seco dio paso a una brisa polvorienta.

Escuchó el portazo y cuando volvió el rostro encontró a Julio, su esposo. Los martes Julio no regresaba hasta el anochecer. Sin contarle del caballo muerto le mostró el lugar donde la mariposa agitaba las alas. El hombre hizo un gesto de fastidio. Quería terminar cuanto antes.

—Nada más vengo por unas cosas.

Luego se calló y ambos observaron a la mariposa elevar el vuelo y posarse en un rincón. Julio se dirigió a la cocina. Dio un trago largo a la jarra con agua y cuando regresó, Jimena aún se mantenía atenta a los movimientos del insecto.

Julio sólo pensaba en las palabras que Félix le había dicho en el pueblo. Aunque no les había dado importancia se sorprendió pensando en cumplir el encargo del viejo.

Salió dispuesto a volver al trabajo y encontró un sol pesado, como si se apoyara en sus hombros. El sudor le resbaló por la frente y tuvo sed. Aún flotaba en el camino el polvo levantado por su camioneta. Fue a los corrales y cuando vio las gallinas, las frases de Félix volvieron a acosarlo:

—Tu hijo va a matar a alguien. Tráeme unas gallinas y te digo a quién y cuándo.

Lo recibió el olor ácido del gallinero. Maldito viejo, malició Julio, nada más las quiere para comer. Le llevaría los animales aunque no le importaba lo que pudiera decirle acerca de asesinatos o huidas en la noche. Abrió el costal y comenzó a meter una gallina tras otra. Los animales abrían las alas para defenderse y daban pequeños brincos sin dejar de cacarear.

Julio arrojó el costal en la caja de la camioneta y entró en la casa. Jimena seguía sentada, perdida en sus pensamientos.

—¿Qué te pasa? —le preguntó, irritado—. Si es por ese insecto, mejor mátalo y se acabó.

Fue hasta el cuarto del muchacho. Por la ventana, a lo lejos, la torre de la iglesia y al fondo la sierra seca con su forma de hombre acostado, se elevaban por encima del camino. En el cuarto había una cama y un buró. Su hijo se había llevado ropa para varios días y los rifles. Faltaba poco para la veda y tenían que aprovechar el tiempo.

—¿Y Emilio? —le preguntó.

Jimena le contestó desde la cocina en donde buscaba la escoba.

—Todavía no llega. De seguro la caza fue buena.

El calor también se movía en la sombra. Unas moscas habían sitiado unos mangos y el zumbido realzó su fastidio. Se puso en pie y deseando olvidar la molestia y el miedo, le dijo a su mujer:

—Ahorita vengo, voy con Félix a terminar unos encargos.

En el camino se tranquilizó un poco. Encendió la radio y tarareó con gusto una canción de Los Barón de Apodaca sobre federales y narcotraficantes. El aire caliente entraba por la ventanilla. Julio se rió de su alarma por las palabras de un viejo renco y estúpido. Atravesó el pueblo con la sensación de no estar viviendo ese momento, con la sensación de vivir en un espejismo. Cuando se detuvo frente a la cantina tuvo la impresión de que en una parte no escrita de su vida ya se había detenido en esa cantina y había pensado lo mismo que pensaba ahora.

No le dio importancia al asunto. No debía desperdiciar el tiempo, ya de por sí poquitero, con esas ideas. Salió de Terán y una curva después el pueblo desapareció devorado por la nada. Sólo quedó el llano. No lejos encontró la casa de Félix empotrada en la loma.

Apenas apagó el motor, dijo:

—No le doy las gallinas.

La voz le salió ronca, liberada. ¿Cómo había caído en la paranoia? Así es, a veces, se dijo. Ya no le daría más importancia a Félix aunque en el fondo deseaba saber a quién supuestamente mataría su hijo. Luego especuló: ¿Y si es algún conocido? Imaginaba platicar después, en la cantina. El viejo Félix dijo que Emilio va a matar a… Luego intercambiaría nombres, gente que él odiaba, gente que lo había tratado mal en el pasado. Ojalá mate a Ambrosio, o al Tristán. Ojalá y no mate a De la Fuente.

—Estas son pendejadas —dijo, y soltó una carcajada animosa.

Antes de arrancar, el viejo salió. Se quedó a un lado de la puerta como aguardando algo. El rostro zorril tenía un aire perverso. Sin más remedio, Julio bajó y tomó el costal.

—Nada más le traje las gallinas y listo. Ya no me interesan sus palabras.

Félix tomó el costal y lo abrió.

—¿No las mataste? Las quería muertas.

Julio se contrarió.

—¿Conoces a Ovidio Monterroso? —le preguntó el viejo.

—¿Ovidio Monterroso? ¿El ganadero de Los Ramones?

—Tu hijo va a matar a ese cabrón. Después un hijo de don Ovidio va a matar al tuyo.

—Si mi hijo no tiene ningún trato con él, ni yo con… —respondió, esfumándose los nombres de Ambrosio y De la Fuente en su cabeza.

—Nada más te aviso. Me trajiste las gallinas como te pedí. Te digo el nombre del muertito. Tú sabes. Ningún lugar sobre la tierra será buen escondite.

Félix terminó de revisar el costal y entró a la casa. Julio estuvo unos momentos fuera del porche, con las manos cansadas de no llevar nada. Después subió a la camioneta. Las palabras del viejo lo rondaron por un momento pero las sosegó. No debía perder mas tiempo con eso. Antes de arrancar agregó con sorna, nada más por burlarse, para alargar la guasa:

—Matar al gran Ovidio Monterroso.

 

Apenas entró por la ventana, el vuelo zigzagueante de la mariposa negra capturó la atención de la mujer. El insecto flotaba como un pedazo de noche. A veces caía, atacada por un desmayo imprevisto y luego remontaba en el aire, pesadamente, con el cansancio de llevar peso en las alas. Jimena la observó desde la puerta hasta que la mariposa se posó en una esquina del cuadro de la Virgen del Rosario. Verla ahí, cobijada por la oscuridad, encima de las grecas del marco, facilitó a Jimena el pánico que ya traía amarrado desde que descubrió el potro muerto de su hijo en el corral.

—Algo está pasando —dijo en voz baja mientras apoyaba las manos en la mesa.

Sin dejarse atacar por el pánico fue a la cocina por una escoba. Escuchó desde ahí el portazo y cuando regresó se sorprendió al ver a Julio en la casa. Los martes no volvía sino hasta el anochecer. Dejó la escoba a un lado y fue con él. Lo ayudó a sentarse en la mecedora. Julio extendió los pies. Jimena comenzó a quitarle las botas mientras acechaba de reojo a la mariposa. Tenía que matarla cuanto antes.

—¿Y Emilio? —le preguntó Julio.

—Todavía no llega.  De seguro la caza fue buena.

Terminó de quitarle las botas y el hombre le pidió agua. Julio tenía un mal presentimiento. Durante la mañana, mientras realizaba las entregas en las tiendas, algo lo había puesto intranquilo. La confianza, el gusto de observar a las mujeres camino al mercado se habían desvanecido cuando encontró a Félix en la plaza. El viejo se le acercó cuando le sonrió Julio tuvo la certeza de que algo malo pasaría. Con el día, la intranquilidad creció. Ya en la salida al pueblo vio a lo lejos la Sierra del negro. Su hijo estaría ahí cazando y apenas quitó la vista de la sierra metió la reversa a la camioneta y volvió a su casa enojado, sorprendido, como si él fuera una marioneta y alguien moviera sus hilos.

Le inquietaba el cuarto vacío de Emilio y el recuerdo de noches atrás, cuando había despedido al muchacho. Habían pasado por él y la última imagen de Emilio habían sido las luces del jeep en el que se fue, las luces de los cuartos traseros perdiéndose en la oscuridad. Pasó de la inquietud al susto apenas recordó a su hijo apuntando con el rifle al aire.

—Tal vez tuvieron un accidente —se dijo—. Tal vez por eso no han regresado.

Cerró los ojos con la sensación de que ese momento en realidad no existía.

—A veces esto pasa —dijo, cuando sintió las manos frías de su mujer hurgar entre sus cabellos—. A veces uno cree vivir algo que jamás pasó.

—¿De qué hablas?

—De nada, no me hagas caso, cosas de viejos.

Cuando se calzó las botas decidió no creerle a su imaginación. Ese momento era real, su preocupación era real. Decidió confiar en su hijo. Emilio era un hombre sensato y nada le pasaría. Sería mejor regresar al trabajo. Se puso en pie y se despidió de Jimena quién iba a matar la mariposa.

—Vengo en la noche. Ya se me hizo tarde.

Salió y encendió la camioneta. Tenía un largo día por delante.

 

Apenas entró por la ventana, el vuelo zigzagueante de la mariposa negra capturó la atención de la mujer. El insecto flotaba como un pedazo de noche. A veces caía, atacada por un desmayo imprevisto y luego remontaba en el aire, pesadamente, con el cansancio de llevar peso en las alas. Jimena la observó desde la puerta hasta que la mariposa se posó en una esquina del cuadro de la Virgen del Rosario. Verla ahí, cobijada por la oscuridad, encima de las grecas del marco, facilitó a Jimena el pánico que ya traía amarrado desde que descubrió el potro muerto de su hijo en el corral.

—Algo pasó —dijo en voz baja mientras  apoyaba las manos en la mesa.

Escuchó el portazo y cuando volvió el rostro se sorprendió al ver a su esposo.

—¿Y Emilio? —le preguntó Julio, invadido por el pánico.

—Todavía no llega. De seguro la caza fue buena.

Por la mañana, mientras Julio entregaba los pedidos en el pueblo, escuchó la noticia: a Ovidio Monterroso lo había matado Emilio Ramos la noche de su santo. Las fuerzas se le fueron apenas escuchó la noticia, como si tuviera enfrente el cuerpo del difunto con los tres tiros en el pecho. Y tras esa imagen vio a su hijo, huyendo por el monte en el jeep. Se detuvo en la plaza para tomar aire y pensar bien las cosas pero los cuchicheos de la gente lo inquietaban. El viejo Félix se acercó desde la acera de enfrente y a media calle gritó:

—¡Fue Emilio Ramos! ¡Emilio Ramos es el asesino de Ovidio Monterroso!

Camino a su casa repasó en el ayer, en una parte no escrita de su vida donde el viejo Félix le había dicho que su hijo sería el asesino. Intentó armar el rompecabezas. Los recuerdos le fallaban. Creyó haber estado delante de la casa del viejo con un costal en las manos mientras escuchaba la profecía. Pero no era cierto. Nunca había estado ahí. Aunque sentía que esa escena, él entrando en la casa y Jimena angustiada por la mariposa negra, ya la había vivido.

Todavía con la imagen fresca del jeep desvaneciéndose en la noche rumbo a la perdición y sin decirle nada a su mujer sobre lo ocurrido, escuchó las campanadas que llamaban a misa de difuntos. Buscó a Jimena y la encontró en el rincón. Ella levantó la escoba y la azotó contra el insecto. La mariposa dobló las alas y se derrumbó. Sin perder tiempo, Jimena la aplastó con los pies desnudos.

—Se acabó –dijo ella, aliviada del pánico.

Julio observó la mariposa, destrozadas las alas. Aún impaciente salió de la casa y entonces vio el potro muerto tirado a mitad del redil. Se acercó, abrió la cerca y cuando observó el hocico abierto del animal y las moscas que brotaban de él, comenzó a gritar:

—¡Corre, hijo! ¡Corre, escóndete! —pero sabía que el destino había alcanzado al muchacho y no habría cueva que lo escondiera; no habría lugar donde pudiera evitar que lo mataran.

 

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