La enseñanza del español


“En mi propia experiencia…”, así inició el texto que escribió un alumno en un curso sobre redacción que impartí esta semana. El texto, además, era una concatenación de ideas (qué texto no lo es), pero éste brillaba por la ausencia de puntuación: comas por aquí, comas por allá, pero ningún punto y seguido.  Tuve que detener la lectura para observar el pleonasmo. Por supuesto, le dije, si tú escribes, es obvio que me hablas desde tu propia experiencia, a menos que, no en tu consideración, sino en la de otros, quieras omitir, aportar o disentir sobre algún tema.

Él no fue el único en tener estas frases hechas que abundan en los textos, ensayos y composiciones, sólo por mencionar alguno de los nombres con los que denomina a cualquier escrito en escuelas y normales. Un estudiante, incluso, habló sobre la palabra “pensamientos”. Recordé al instante cierta anécdota de un amigo novelista. Galardonado, publicado en editoriales difíciles de acceder, mi amigo fue a una cena. En la cena charló con varias personas, pero casi al final se le acercó un hombre. Intercambiaron algunas palabras hasta que el hombre le dijo: “así que tú escribes pensamientos”. Mi amigo apretó los dientes, pensando que sus novelas y cuentos no eran pensamientos, pero sólo alcanzó a responder un lacónico: “sí, yo escribo pensamientos”. El hombre agregó: ” yo tambièn”. Mi amigo ya no supo qué decir.

Sucede que, cuando queremos hablar de lenguaje, lengua, habla y literatura, hacemos uso, en la mayoría de los casos, de una retórica superada. Estas frases ampulosas, estos “en mi consideración”, “por lo cual y por lo tanto” y el clásico “más sin embargo”, pertenecen a una herencia que se mantiene viva, acaso, porque quienes nos enseñan el español se mantienen casados con las viejas gramáticas, sin preocuparse por entrar a la gramática del siglo XXI que no busca la ampulosidad ni una riqueza de vocabulario que caiga en la revaloración de los arcaísmos, sino en consistencia, claridad, limpieza.

Esto, aúnado a los claros errores de redacción, al uso indiscriminado de preposiciones (esas canallas, tan difíciles), más una corriente de pensamiento poco educada por los libros, pero sí azucarada y endulcorada por la televisión, crean atrofias en el discurso que ningún corrector de estilo puede subsanar.

Así que si usted es maestro de redacción, yo le recomiendo algunas cosas:

1.- Tire esas gramáticas antiguas, esas redacciones con las que creció en la normal y búsquese unas nuevas.

2.- Olvídese del respeto al lector, de “en mi consideración”, “En mi propia experiencia” “Yo opino que”. En lugar de aclarar, estorban.

3.-Enseñe a sus alumnos a respirar, a darse cuenta que las comas, más que estar ahí para poner énfasis o separar enumeraciones, tienen que ver con la capacidad para crear ritmo en la prosa y este ritmo sólo se da cuando se puede leer bien y respirar bien mientras se lee.

4.- ¿Sabe la cantidad de escritores que no sabe escribir una oración subordinada? ¡Qué le hace pensar que sus alumnos sí podrán! Salvo las excepciones, enseñe a sus alumnos a escribir ideas cortas. Y por supuesto, enséñelos a separar por párrafos.

5.- Y acaso la idea más importante, enséñelos a pensar. Devuelva los trabajos y pídales que todo eso que escribieron, lo piensen ahora con otras palabras, lo escriban de manera distinta. Es sólo en ese momento cuando sabrán que escribir es una cuestión de perspectivas, a menos, claro, que su alumno sea algún pequeño Pierre Menard. “En cuyo caso”, es mejor que emprenda la retirada.

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6 comentarios sobre “La enseñanza del español

  1. El consejo 3, “enseñe a sus alumnos a respirar”, no es un gran consejo y me temo que viene de esas mismas gramáticas viejas que habría que tirar. La gente que sigue este consejo tiende a cometer atropellos tales como poner comas entre el sujeto y el predicado, así como nunca poner comas en las aposiciones y los vocativos, entre otras tragedias.

    Sobre 4 y 5, una pequeña anécdota: yo no aprendí a usar oraciones subordinadas hasta que estudié Español Superior (y Latín) en la Facultad, porque hasta antes de ese momento no conocí a nadie que pudiera explicarme para qué servían. Al mismo tiempo, me di cuenta que el dominio de esas estructuras gramaticales está muy relacionada con saber pensar (o es lo mismo). Lo mismo puede decirse del uso de las preposiciones. Huir de las mismas, de las subordinadas o de los malhadados gerundios no es otra cosa sino condenarse a uno mismo a la pobreza del propio pensamiento.

    Claro que, para empezar a redactar, las frases cortas, los puntos duros y la estructura básica de un texto son el mejor comienzo.

    Un último comentario. En mi experiencia, las muletillas del tipo «en mi experiencia» tienen un valor retórico muchas veces nada despreciable. Como maestro, uno tiene que ver si en efecto son simples muletillas, o si se deben a la timidez temática o personal de quien redacta. En Internet es muy común usar frases hechas como «en mi opinón», «según creo», etc. como escudos para defender una postura endeble. Sospecho que tu alumno entra en este grupo. Es decir, volvemos a que el problema central está en no saber pensar. Decirle que simplemente no use este tipo de frases no va a subsanar el problema de fondo, si este es el caso.

    1. hola René, bien, claro que está la cuestión de respirar, pero, guiando esa norma, hay ciertos horrores que uno como maestro tiene que decirles: no coma entre sujeto y predicado, no abusar de ellas, etcétera, lo mismo que las subordinadas. Puntuar es la base. Sobre las frases hechas, sí, son un escudo, pero en la medida que las eliminen pensarán mejor. Como bien dices, se trata de aprender a pensar por sobre todas las cosas.

  2. Ah, bue, pero aguas con las comas…
    Habrás visto las tortillas enchilaquiladas (que ni chilaquiles) que se avientan -por ejemplo- los políticos, o más bien quienes les redactan los discursos: comas y comas por aquí y por allá cercenando sintagmas y acaudalando pausas “para que el licenciado respire”.
    Cualquiera de estos entes, viendo tu punto 3, saldría corriendo de aquí a decirle a un corrector hecho y derecho “¿Ves? ¡Lo dice el novelista!”
    No, mi Toño, donde una coma va, va; donde no, pos no. Así de simple.
    Y que cada quien respire como pueda.
    (¿Y si Don Orador tiene asma?)
    Abrazo grande.

    1. hola Michelle, por el momento solo doy clases para chicos y adultos del INEA!! Gracias por mostrate interesada! y doy un taller de literatura infantil, para jóvenes, en el Taller Arte luz, por si estás interesada. Mi correo viene en la página. kozameh@gmail.com

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