El cantante de muertos, presentación.


De nuevo, están todos invitados! Y en Mexicali el 3 de abril en el marco de la Feria del libro de la UABC.

 

 

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Un comentario sobre “El cantante de muertos, presentación.

  1. El cantante de muertos es un canto a la vida
    Por Tomás Di Bella
    Empecé a leer la novela de Antonio Ramos hace como cuatro días. En lo que la hojeaba, mijo de 8 años me preguntó, como siempre me pregunta ¿qué lees? Y acostado en la cama, en la noche, le acerco la fotocopia y el lee: el can-tan-te-de-muer-tos. Luego abrió sus ojotes azules y exclamó: ¿el cantante de muertos? Sí, le dije, así es. ¿Y de qué se trata?, me preguntó. ¿Alguien le canta a los muertos? ¿Los muertos oyen? ¿Para qué le cantan a los muertos? Hey, pérame, le dije. Déjame explicarte. Este, este, se trata de, pérame, mira, se trata de un niño como tú que se llama Pablo, que tiene un papá que tiene una guitarra como yo, y que le canta a los muertos cuando los van a sepultar, que vive en Monterrey en una colonia como ésta en la que vivimos, donde viven puros obreros, y que tiene una abuela que se llama Sol, igual que tu abuela, y que no le cuenta la historia de porqué su papá le empezó a cantar a los muertos. También de una ciudad calurosa, igual que ésta donde vivimos.
    Cuando iba en eso, voltee a ver a mijo y vi que se había dormido. Y pensé, ¡ah que madre!, pos ora escuchas aunque sea dormido. Y seguí diciéndole que eso es la trama en general, pero que la novela en realidad se trata de las canciones negras, la condición yerma de la tierra, los hombres desiertos, las colonias y las barriadas bulliciosas pero carentes de casi todo enser suntuario, inhóspitos para cualquiera ajeno al cerro, a la querella pandilleril, al camión urbano repleto de obreros y maquilas con destino al encarcelamiento prematuro o a la desaparición instantánea, como si fuese un caso de combustión espontánea, de doñas caminantes cargando bolsas del mandado raquítico, de perros sin dueño, de alcohólicos perdidos en las nebulosas de la tragedia y el arrepentimiento.
    Esta novela se trata del rastreo nostálgico por descubrir y desentrañar minuciosamente porqué las gentes se dedican a lo que se dedican, en este caso un cantante de la muerte de la comunidad, ese fantasma que se arrastra o vuela por sobre todo el caserío de las barriadas. Y digo de nostalgia porque son cada vez más los oficios olvidados en el cajón inútil de la historia pateada por la modernidá, así, sin d. Como el verdulero que se arrimaba con su caballo y su carreta de poca pintura y marca sin cran a ofrecer el tomatillo a las manos de las señoritas; o el aguador con su troca de transmisión prolongada haciendo mella al silencio de la calle para bajar garrafones de agua del pozo o de la montaña; o las plañideras contratadas como mi abuela, que iban y lloraban a sueldo, frente al funeral de cualquier muerto; o el lechero pícaro que como súcubo dejaba los litros de leche fría igual que un talismán de la buena suerte o de la fertilidad; o la costurera que daba un veinte para que le metiéramos el hilo por el ojo de la aguja y con él comprar un hielito de uva con doña abarrotera perdida hoy en los pasillos de mol, del faquin mol.
    Esta novela también se trata de la ciudad, esa calurienta y amorosa que se evapora por todos los rincones, calles y callejones. Que es la madre urbana de todas las deudas, polvorienta de desgracias, pérdidas, incendios, lumbradas y derrumbes cotidianos. Cobijadora de amoríos nocturnos o mañaneros o vespertinos, sin casas y callejeros, que se desenlazan en bodoques que parecen quinceañeras, piñatas que parecen bautismos, y bautismos reales y sangrientos al inicio de una banda, de una pandilla, de una conspiración política, de una guerrilla frustrada, de secuestros que la noche le hace al día. Es la novela que narra las orillas del país de nopaleras antiguas y de balas modernas en que nos hemos convertido. El país del migrante sin nombre, del pollero loco, del rapero frente a la barda de púas y macanas, de disparos a la espalda, de amanecidas muertas y asesinadas como gatos destripados con cal en sus cuerpos y que humectan de muerte cualquier pretensión populista y propagandera y todo auroleado por la muerte metiche y chismosa, jodona e indeaseable, igual que un fantasma persecutorio de algo que no se pudo salvar. No lo dirá así, tal cual, pero de eso se trata.
    Esta novela es como la ropa de segunda, y no es despectivo, es elogio, como unos zapatos usados, igual que cachivaches que todavía sirven, que todo mundo quiere porque eso es lo único que desean y conocen. Esta literatura es para todos esos que ven de reojo pasar la muerte, así de cerquita, y que sienten que se salvan por su buenaventura, por su gran estrella, porque son únicos. Esta novela es para esos que le temen a la muerte, para todos, porque su relato es el relato de todos, con sus variantes leves, pero siguen siendo iguales: nacimientos, amoríos, vagancias, trabajo, separaciones, jubilaciones, muertes. Esta novela es como el lenguaje que se escucha en los pasillos del tianguis: de profundidades pasajeras; de cotidianeidades eternas.
    Esta novela trata del amor que el autor le tiene a la manera de narrar tradicionalmente. Es decir, de contar una historia que se entienda sin análisis semánticos y académicos estorbosos. Es la novela que sin ser despectivamente tradicionalista, habla de cosas sumamente importantes para todos los que vivimos en el oleaje espumoso de la violencia cotidiana, o en el remanso tranquilo que brinda la brisa fresca de la hermandad urbana. Aquí se cuenta una historia de familia, la historia de las habitaciones del alma norteña, de los cimientos que sostienen la tradición milenaria de vivir entre el desierto y la montaña pelona. De los fríos intensos que una región como esta puede acarrear, que hace calar hasta lo más profundo del ser mexicano, migrante y del norte. Esta novela habla de una nación desperdigada, hecha gajos, deshilachada por el poder, desmenuzada por las pretensiones y ufanes de empresaurios cerveceros y magnates televiseros escondidos detrás de sicarios de hueso podrido y de juguete robado. Es la novela del sepelio de un país viejo y chocho y al que le cantan una canción de despedida, pero también de nuevos augurios, de esperanzas recién bañaditas y con trenzas perfumadas, de sueños que acaban de abrirse como latas de atún un lunes de quincena de paga. O a mí así me lo parece.
    Pero detrás de todo esto, ya para terminar –y dependiendo de la lectura que ustedes le hagan- es una novela de hallazgos poéticos. Detrás de cada párrafo se asoman líneas excelentemente pulidas, donde se percibe un oficio escriturable y amoroso, una dedicación por el lenguaje, una minería que busca las piedras más preciosas del habla cotidiana y a la vez literaria. Yo me encontré algunas que vale la pena resaltar aquí:

    Sus ojos grises parecían dos ojos de agua escondidos en el cerro.
    De ahí hacían el camino hasta la carretera con el sol del atardecer escribiendo sombras sobre el terreno.
    El calor se había vuelto asfixiante, removía sudores, andaba sobre las cosas para chuparle el fresco.

    Unos perros ladraron y la gente adormilada junto a las fogatas empezó a levantar sus vidas.

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