Lectores primogénitos


No fui un niño lector como podría suponerse y más cuando ante la pregunta expresa de cómo se iniciaron como lectores, muchos escritores responden que iniciaron leyendo El Quijote y que sólo lo soltaron cuando descubrieron El hombre sin atributos de Musil. Fui un chico como muchos: jugaba futbol todas las tardes que pude y cuando me dejaron. Debo aclarar eso último: era tan mal jugador que mis vecinos se peleaban para no tenerme en su equipo. Yo nací con tres piernas izquierdas y el tiro centro más famoso que soltó mi empeine es memorable en mi cuadra no por incrustarse bajo la horquilla de una portería sino porque fue a dar contra la cabeza de un corredor solitario que terminó en el suelo.

En mi infancia, como en muchas de este país, hubo mucho futbol, muchas caricaturas de Remi, de Bell y Sebastian, de Clementine, la pequeña niña que peleaba contra demonios y mucho de Mazinger Z. Mis abuelos no leían literatura, mis tíos no consumían libros y mis padres, como muchos padres en este país, estaban más preocupados por tener dinero para alimentar a una prole si no numerosa, sí exigente.

Mis tímidas lecturas llegaron, como para muchos en este país, encubiertas dentro de las fábulas cristianas: el arca de Noé, los hermanos de Dina que van a salvar la honra de su hermana y el tramposo de Jacob que le compra su primogenitura a su hermano para obtener los beneficios de ésta y quedarse con las tierras y los animales de su padre Isaac. Siempre me ha parecido que Jacob y Esaú, su hermano, son un símbolo de algo más que espero descubrirles durante la lectura de este texto.

Me gusta la historia de Jacob y Esaú y me permitiré hacer una breve narración de la misma para que todos la recordemos. Isaac, en tierra de Canaán, tiene a dos hijos con su esposa Rebeca, que significa lazo. Siempre he pensado que en los nombres radica el primer misterio de nuestras vidas. El primogénito de Isaac (que significa risa), se llama Esaú y es un hombre joven, adorable, de cabellos rubios y cuerpo atlético como el de todo cazador de aquellos tiempos. Tiene vello en los brazos y es, como ya dije, atlético. El segundo hijo de Isaac se llama Jacob, quien será llamado a la postre Israel, el primer patriarca del pueblo judío. Israel que significa “El que lucha” después de que Israel pelea contra un ángel en una inmensa escalera que desciende del cielo.

Según la usanza judía y de muchas de los pueblos del mundo, todas las tierras y el peso recaen en el primogénito. Él hereda las tierras, él es dueño de la voluntad de los hombres, él es quien decide el destino de los ejércitos. La vida de ambos hermanos está condenada a ser igual que la de tantos primogénitos y segundos a bordo hasta que una tarde Esaú decide trocar su destino. Después de llegar de una cacería, hambriento de perseguir a la presa fresca que carga en sus alforjas descubre sobre la marmita, cocinado por las brasas, un exquisito bocado que su hermano Jacob a cocinado para sí. Esaú se lo pide y Jacob se niega. Esaú, hambriento, percibe el aroma de las preces cocinadas y entonces su estómago habla, le dice a su hermano menor: “Si me das de probar de lo que cocinaste te cedo mi primogenitura”.

Creo que todos sabemos lo que significa este trueque. Es rotar el destino. Es dejar de ser el señalado por la genealogía para ser el segundo. Tiene, esta promesa, cierta vacilación de ir en contra de lo divino. Jacob le sirve del bocado y se queda con la primogenitura. Con los años y vejez de Isaac y gracias a su madre, Rebeca, Jacob terminará por arrebatarle a Esaú la bendición final de su padre haciéndose pasar por el antiguo primogénito. Isaac es engañado y bendice a Jacob. Cuando Esaú va a pedir su bendición Isaac le dice no puede ya bendecirlo de la misma manera, pero que desea que le vaya bien sobre la tierra, esa tierra antiquísima que se nos antoja imposible de vivir sin Ipad, sin internet, sin aire acondicionado y sin agua potable. Al final los hermanos se separan. Esaú promete asesinar a su hermano y Jacob promete huir siempre de su presencia. Dice Borges que no existen tantas historias por contar, sino que todas se resumen en una sola: un hombre que persigue a otro hombre. La Biblia y la literatura están llenas de hombres perseguidos.

Cuando era niño a mí me aterraba esa historia. Olía las presas cocinadas por Jacob y quería comerlas. Como lo ven, soy un glotón. Temía por mi primogenitura. Cada que veía que mi hermano menor era apapachado y querido por mis padres sentía que mi pobre hermano estaba al acecho de mi primogenitura: que la quería, que deseaba quedarse con algo que era mío sólo por el derecho de haber salido primero del vientre de mi madre. No ayudaron que entre mi hermano y yo no hubo una buena comunicación en la adolescencia. El miedo a perder la primogenitura no desapareció sino hasta que un día descubrí que aunque lo que leemos nos acompaña el resto de nuestra vida no necesariamente tiene que asustar por toda nuestra vida; que somos seres mutables e infinitos y que una lectura es como un Aleph: en una lectura podemos ser todos los lectores posibles, leer en todos los sitios y tiempos posibles, que la lectura anula el paso del tiempo.

Sin embargo, creo que la historia de Jacob bien me sirve para hablar un poco sobre la primogenitura del lector. ¿Existe tal término, la primogenitura del lector? No lo sé, se me ha ocurrido en este momento y creo que puedo hacer la siguiente exégesis: Todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de los anteriores y de los siguientes tiene a su alcance la “bendición” de la lectura, moneda que cambio por la primogenitura. ¿En qué consiste esa bendición? Bueno, esto es lo que Isaac le dice a Jacob cuando éste se hace pasar por Esaú:

He Aquí el olor de mi hijo es como el olor del campo que Jehovah ha bendecido. Dios te dé del Rocío del cielo y de lo Más preciado de la tierra: trigo y vino en abundancia. Que los pueblos te sirvan, y las naciones se postren ante ti. Sé señor de tus hermanos, y Póstrense ante ti los hijos de tu madre. Sean malditos los que te maldigan, y benditos los que te bendigan.

Como pueden ver, creo que todos queremos un poco de la bendición de Isaac. Traducido a la lengua lector, diría:

He aquí leer que son como el olor del campo revelado. Que el libro te dé el rocío del cielo y lo más preciado de la tierra: conocimiento y placer en abundancia. Que los libros se abran y te muestren sus secretos.

Quiero pensar así que Esaú puede ser la imagen del hombre que desprecia la lectura a cambio de unas pequeñas presas cocinadas al fuego. Pueden ser estupendas para alimentar al momento, pero sin duda se pasará hambre después. Quiero aquí pensar que Jacob sabe que leer es no sólo un arte con mucho engaño, sino que también le dará sus beneficios aunque tenga que luchar para ellos.

También por eso me gusta la noción de Jacob, que significa “el que suplanta”, como ya lo hemos visto, pero que se convertirá en Israel: “el que lucha”. Un lector, dice el título de un famoso libro: no nace, se hace, añadiría también que los lectores aprenden a conquistarse. Conquistan el libro y se conquistan a sí mismo mientras leen. Suplantan los tiempos comprados por comidas momentáneas para tener acaso un manjar más exquisito adelante sea el que éste sea. Un lector sabe que leer exige responsabilidad y que este “placer de la lectura” es en realidad una mentira: porque aprendemos a leer con esfuerzo. Nos vestimos de otro, a veces, para poder traducir nuestras lecturas. Hacerse como lector no es carrera fácil, no quiero venderles espejitos, pero tiene muchos beneficios.

En nuestros tiempos de violencia y barbarie, la lectura es no un reducto, como lo hacen los nobles de Florencia cuando huyen de la ciudad dominada por la peste para contarse historias pícaras en una hacienda ex a muros de la ciudad y que Boccacio describe con maestría en su obra El Decámeron: no, en nuestros tiempos la lectura es un ente subersivo, pero no es un arma como muchos dicen por ahí: es ese candil que nos ilumina por la noche y ¿qué función más precisa que la de la luz?

Y sin embargo, como en la historia de Esaú y de Jacob, también la lectura en nuestros tiempos es suplantada. Nosotros suplantamos su libertad cuando decimos que leer es sólo tan cosa, que leer es sólo tales libros o tales autores, que leer, perdónenme esta barbaridad, sólo está en los libros. No. Leemos todos. Los libros nos ofrecen la lectura de los signos mediante el lenguaje, el acomodo de las raíces latinas que han pervivido hasta nuestros días en la cálida palabra rosa o dueño, el agua y caballo. Pero, ¿quién nos dice que no podemos hacer la lectura del cuerpo cuando vemos una danza contemporánea?, ¿quién nos dice que no es lectura cuando vemos en el cine la unión de la imagen, la música y la dramaturgia?, ¿quién nos dice que no es lenguaje todos esos pájaros negros que se posan en los árboles junto al pequeño canal que está a unas calles de aquí y que nos recuerdan todos los pájaros del mundo y todos los ríos y todas las orillas y los símbolos que un pájaro puede tener ante un río. El graznar de esos pájaros me recordaron el ataque violento de las aves en la película de Hitchcok, y me recordaron el libro de Bandada, editado por editorial Kalandraka y me recordaron el libro Pájaros, de Zurrón y el bello poema a los pájaros del gran poeta español Juan Ramón Jiménez:

10755564-pajaro-lindo-verde-con-adornos-aisladas-sobre-fondo-blanco-vectorCANCIÓN DE INVIERNO

Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?

No tengo pájaros en jaulas.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada…

Yo no sé dónde cantan
los pájaros -cantan, cantan-
los pájaros que cantan.

Porque, como dije antes, como hizo Jacob: él compró sus bendiciones, así nosotros los lectores debemos comprar las nuestras. ¿Cómo las compraremos? ¿Con qué monedas se puede comprar una bendición escondida en las páginas de un libro? Siendo honesto con lo que leemos. Recordando que no leemos sólo por placer, que hay libro malditos que nos duelen, que hay lecturas que nos llevan a donde no queremos, pero siendo perceptivos a que todo lo que nos rodea es lectura. El cuerpo del amado. El rostro de nuestra madre. El olor del campo después de la cosecha. El poema que nos dice:

¿Y hemos de llorar porque las cosas
están así sobre la tierra?
Hay una mujer, quedan amigos
y el desprecio, Flaca, a todo lo que dueles.
No sé si habré de morir todo;
… no todo he muerto; mientras vivo,
me vienes guanga, compañera.

A la lectura se le cuelgan muchos santos y se le encienden muchas veladoras. Como dije al principio, yo no fui un niño lector. Aprendí algunas historias en la biblia. Las otras historias las aprendí en la calle, con los pandilleros de mi colonia que hablaban de venganzas y salvajadas. Aprendí del periódico que cada dos semanas anunciaba de un muerto en la colonia Moderna. Leí algunas historias de libros vaqueros y de muertos en la revistas del Alarma que mi abuela compraba religiosamente en un tiempo cuando el morbo por los muertos y los muertos eran sólo una noticia de un mal desamparado que andaba sobre la tierra y no de éste que ahora nos hace callar.

Y tal vez por lo mismo, descubrí, como Jacob, que la lectura no es una primogenitura que sólo se compra, sino que también se pelea por ella suplantándonos por los personajes que somos al leer, por los autores que amamos u odiamos, suplantando las escenas que de ser ficción se vuelven reales ante nosotros. Dice Cooleridge, un gran poeta norteamericano, que al leer uno hace un pacto con el autor, que se anula la realidad para ser ferviente seguidor de las palabras o de lo leído.

Yo no vendí mi primogenitura, pero me ha costado mucho apropiarme de la propia como lector. He leído y he dejado de leer. He discutido con otros mis lecturas y otras he decidido no compartirlas con nadie. He leído en muchos sitios donde se dice no se debe leer y he sugerido también libros que se supone no son “buena literatura”, pero cada lector sabe las marcas de sus batallas, de su lucha, son marcas ineludibles e intransferibles. Sólo vendería mis lecturas a cambio de un discurso donde se nos diga que México necesita leer más y que la lectura no es esa hada silenciosa que trocará el carbón en diamante (como saben, ambos son de la misma familia de minerales). Una lectura sin eslogans: sino para compartir, para dar al otro; para, junto al fuego, comer con Esaú y Jacob sin suplantaciones sino por lo que somos, sencillamente, lectores.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s