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Artículo publicado originalmente en el suplemento Laberinto, de Milenio D.F.

Uno los libros que pertenecen al acervo del Programa Nacional de Salas de Lectura se titula: ¡Es un libro! de la autora Lane Smith y está editado por Océano. El año antepasado el título fue seleccionado junto con otros 27 para ser parte del catálogo de ese programa y se entregaron a más de cuatro mil mediadores de salas de lectura dispersos en todo el país.

¡Es un libro! es un bello texto sobre la importancia de definir al objeto libro en un tiempo donde su competencia directa, casi de su mismo tamaño como una tableta electrónica o un celular, tiene más “funciones” para un usuario como conectarse a Wi-Fi, recargarse, enviar mensajes o servir de consola de videojuegos.  En la breve historia un asno tiene curiosidad por ese objeto que un chimpancé manipula sin tener que ponerle baterías o agregarle unos controles.

En nuestros tiempos, tal parece que necesitamos un libro que se llame ¡Es la lectura! Para que nos ayude a mirar de otra forma la promoción de la lectura en nuestro país y no sólo a través  de una encuesta como la reciente Encuesta Nacional de Lectura. El rostro desencajado del rector José Narró era elocuente así como el título de la encuesta: “De la penumbra a la oscuridad”. No había manera de oponerse a tal discurso: México no lee, dicen y tal parece nunca va a leer.

Como toda encuesta, también es un asunto de ópticas. Lo cierto es que el porcentaje de lectores que arroja la misma encuesta sería envidiable en comparación a otros países latinoamericanos. Por ejemplo, el 32% de la muestra dice leer más de 30 minutos al día y el siguiente número, el 31.1% afirma leer al menos una o dos horas a la semana, números que si bien no son para festejar, tampoco son despreciables.

Es interesante también el porcentaje de razones por las cuales la gente no lee además de los fincados en el gusto o en preferir otras actividades recreativas, gusto muy respetado. La encuesta arroja otros números en el rubro de por qué no se lee más.  32.9 % dice que porque no le gusta, pero por ejemplo, 18.1% dice que porque le parece difícil, 21.8% porque no tiene cerca libros que le gustaría leer, 21.7% no cuenta con un lugar adecuado y 9.7% porque no existen libros en su lengua materna, índices todos estos que de alguna manera se pueden subsanar.

Más números arroja la encuesta nacional de lectura, pero seguiremos por el camino difícil mientras consideremos que una encuesta es un indicador para mostrar el pulso real de las prácticas lectoras de nuestro país. Un lector se construye de muchas formas, con muchas decisiones íntimas que no siempre tienen qué ver con una lectura literaria.

Se lee, como ya lo dice Alberto Manguel en su Historia personal de la lectura: todo: los signos escritos, pero también las imágenes cinematográficas, los atardeceres, el clima, la ciudad y las personas. Las prácticas lectoras, término que uso de Lucila Jiménez, tiene que ver no con la imposición de un tipo de lectura, sino de ver cómo lee la comunidad para poder entrar dentro de ese barco.

Y este país tiene muchas prácticas lectoras y las mejores personas que conocen el pulso de éstas son los mediadores y promotores de este país. Cada uno hace su trabajo en solitario, pero son tan sólo una esquina de muchas esquinas donde la lectura se abre paso en medio de la intolerancia, la discriminación y a veces la falta de más apoyos institucionales y privados no sólo en libros sino en cursos, capacitación y sobre todo en promoción del trabajo propio para que esta promoción genere a más  y más promotores de lectura.

En este país, que se dice “no lee”, se “lee mucho” y se necesita leer más. Lo que no sale en las encuestas son justo todas estas historias de mediación lectora exitosa. No sale por ejemplo la historia de Graciela, mediadora del Programa Nacional de Salas de Lectura en el cereso juvenil en Ciudad Juárez.

El año pasado a ella le tocó comprobar en carne propia lo que la lectura hace por la gente. Ella trabajaba con los presos. Con esfuerzo había reunido sus libros y una vez a la semana tenía un taller de lectura. Una tarde le avisaron que los chicos se habían amotinado. En las noticias por la televisión pasaban las imágenes de la cárcel incendiada y al centro del patio el cuadro dantesco de un gran árbol quemándose. Graciela imaginó sus libros quemados, su sala consumida por las llamas. Gran sorpresa se llevó cuando entró a los días siguientes y descubrió que de todas las instalaciones penitenciarias sólo se habían salvado la pequeña capilla y la Sala de Lectura.

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En la Encuesta tampoco viene la historia del grupo de Biblionautas, dirigido por la regiomontana Dalina Flores y que obtuvo hace dos años también el Premio México Lee. Dalina trabaja con estudiantes universitarios de la Facultad de Letras y tiene talleres en comunidades y en secundarias. El proyecto tiene más de diez años de trabajar con estudiantes que promueven un contagio con la lectura, crear puentes no sólo con la lectura sino también con la escritura.

En el mismo campo universitario se encuentra la Biblioteca Infantil Universitaria de la UAQ, un sitio que tiene un selecto catálogo infantil y juvenil que pone ante los lectores esa otra literatura para niños que habla también del rechazo, de la soledad, la muerte y el desamparo con una mirada esperanzadora, lúdica y mediada con inteligencia.

En San Luis Potosí, un mediador, Jairo Cristóbal Franco, perteneciente al Programa Nacional de Salas de Lectura tiene un proyecto que se llama Nietos lectores. ¿Qué es Nietos Lectores? Una sala de lectura itinerante que surgió de un Encuentro de Cultura Lectora en 2010 en la que el escritor argentino Mempo Giardinelli hablaba de su proyecto con personas de la tercera edad en Argentina. Nietos lectores visita a la mayoría de las instituciones geriátricas en el Estado de San Luis Potosí. En cada asilo que visita deja en primera instancia un acervo de 35 libros que dona la Casa de la Cultura Ramón López Velarde de San Luis, libros que a su vez solicita al Programa Nacional de Salas de Lectura (PNSL) y a fondos propios. A la semana el mediador y un grupo regresa y charlan sobre lo leído no sólo con los adultos mayores sino con las familias de estos.

Parecido en cuanto a trabajar con grupos de alguna manera “orillados”, aunque tal vez todos pertenecemos de alguna manera a este grupo, en Reynosa existe el programa Sordos leyendo, una pequeña sociedad coordinada por Damián González y que se enfoca en llevar la lectura a una pequeña comunidad de sordos. El grupo no sólo lee sino que han devenido en estupendos narradores orales.

¿Qué tienen en común todos estos proyectos que esbozo brevemente? Que muchos de ellos pertenecen a la sociedad civil, que son personas que, sin diversos apoyos, a veces de una Universidad o bien del PNSL llevarían a cabo su trabajo con más inconvenientes. Son personas que han hecho de la lectura ya no sólo esta lectura silenciosa que impusiera de alguna manera san Ambrosio, sino que le están devolviendo a la lectura su hecho social, multitudinario. Leen en las maneras como se encuentra su comunidad, han hecho relación primero con la sociedad para desde ahí leer. Saben que la lectura no es sólo leer a los clásicos o bien a los libros en boga o a los autores famosos en turno, sino que leen lo que tienen al alcance y lo llevan a sus lectores para que estos construyan interpretaciones únicas sin imposición y sin preguntas. Promulgan una lectura que es muchas lecturas.

Algo más que tienen en común es que muchos han sido mediadores o han sido capacitados dentro del Programa Nacional de Salas de Lectura o bien, por la Fundación Alfredo Harp Helú, por el Consejo Puebla de Lectura –quienes organizan una estupenda feria infantil y juvenil del libro en las Instalaciones del Instituto Nacional de Astrofísica en Tonanzintla, Pue.- o por la Fundación Ibby México, sin olvidar a los más de 400 libros clubes en el Distrito Federal, fundados por el legendario Alejadro Aura o los recientes Círculos de lectura que impulsa el gobierno de Tamaulipas.

Sólo por promocionar un número: durante 2012 tan sólo dentro del PNSL se llevó la lectura a 6 millones de personas dentro de sus programas Salas de Lectura, los Centros de Lectura Escrita y los Paralibros, proyecto gemelo al colombiano PPP (Paraderos Paralibros Paraparques) que consiste en una instalación con forma de parada de autobús pero dotada de libros y colocada en sitios donde existe concentración de gente, en la Ciudad de México, por ejemplo, hay un Paralibros en la Fonoteca Nacional, pero en San Fernando, Tamaulipas, localidad por todos recordada, este Paralibros se encuentra en la plaza principal, junto a un árbol y donde se atiende a toda una comunidad de niños, mujeres y soldados.

Se necesitan libros, sí, pero se necesitan más que libros personas y capacitación para quienes deseen ser mediadores de lectura. En ese sentido, el PNSL tiene un Diplomado de Profesionalización de Mediadores de Salas de Lectura en conjunto con la UAM-Xochimilco, además de una bella colección de cuadernos de Salas de Lectura donde se pueden encontrar textos de autores como Luz María Chapela, Alberto Chimal, María Baranda, Estela Vázquez, José Gordon y Lucila Jiménez.

El PNSL tiene además varios galardones, obtenidos todos ellos en el último año: fue reconocido como un programa modelo a replicarse en América Latina por la CERLALC-Unesco y nominado finalista al Premio Memorial Astrid Lindgren, honor que comparte con el trabajo incansable del grupo Palabras de Arena ubicado en la colonia Virreyes, en Ciudad Juárez, quienes han montado una biblioteca independiente, la Majuana –cuyos muros han sido respetados por el grafitti como en tantas otras salas de lectura que terminan convirtiéndose en un integrante más de la comunidad, una lectura social que empieza a reparar el tejido social que tanto necesita que se repare no sólo en México, sino en todo nuestro continente.

No avanzaremos mucho mientras no comprendamos que más que libros necesitamos espacios de diálogo comunitario, espacios donde no se vea a la lectura no como un elíxir de la felicidad sino como una herramienta para el propio reconocimiento y del entorno. Donde la lectura no sea sólo de la “gran literatura”, sino de todo tipo de libros, espacios donde estos distintos circuitos de la lectura de los que habla Graciela Montes en su libro La frontera indómita, encuentren cabida: la escolar y la científica, la de best seller y la literaria (un absurdo incluso hacer esta separación), la infantil y la técnica.

Leer es todo, leer el cine y la fotografía, el arte abstracto y una guía de metro. Algunas lecturas nos revelan cosas, pero toda lectura nos orienta. Nos dice dónde estamos o bien nos evade de la realidad o al contrario, hay libros que nos recuerdan que somos responsables de lo que sabemos.

Necesitamos recuperar nuestros espacios de lectura con una reunión que se antoja imposible: más libros y mejor seleccionados para todos los mediadores de este país, más ediciones críticas sobre la lectura, que las hay y son estupendas, pero se necesitan más, más libros editados de autores mexicanos que traten el tema de la lectura. Es interesante cómo han resuelto sus problemas en Argentina o Francia, pero necesitamos darle voz a lo hecho en México. Más escritores e ilustradores que se acerquen al trabajo de promoción con su tiempo y generosidad para una charla. No es su obligación, lo sé, pero ayudaría mucho. Finalmente, saber que si bien en la promoción de la lectura los niños son un componente fundamental, saber que se necesita hacer más por otro grupos, por amas de casa y por obreros, por empleados de empresas y por taxistas. En San Juan del Río y en la Ciudad de México hay clubes y salas de lectura con policías.

Lo más urgente es empezar a cambiar el paradigma de que en México no se lee para decir que en México se debe leer más. Dejar de mirar la lectura sólo por encuestas, sino empezar a verla por las historias de todos los promotores de lectura que hacen un trabajo complejo y la gran mayoría de manera gratuita. La lectura tiene muchos rostros, pero no es la imagen final la de un árbol incendiándose en un motín carcelario, sino un grupo de presos que apostados en una escalera defienden sus libros contra los que llevan el fuego para quemarlos.

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