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Créanme que no es un recurso barato de psicología opuesta, pero este año, uno de mis propósitos es no leer. Esta idea se reforzó mientras veía la lista de deseos de muchos conocidos y desconocidos en esa gran pantalla de twitter que es Facebook.

Muchos pedían más trabajo, un buen amor, mucho dinero y bajar esos kilos de peso. Los menos, viajes, paz en su hogar y resolver cuestiones familiares.

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Nadie pedía mejores lecturas, nadie solicitaba al fin terminar ese libro que había leído, etcétera. Tal vez leer no es parte de ningún buen deseo sino de una imposición o de algo que se ve tan normal, tan cotidiano, como comer a la hora debida e ir al sanitario a la hora tradicional.

Así que me pasé todo el primero y dos de enero sin leer. No toqué ni una sola página, Dios me libre. Vi televisión. Cociné. Comí sin culpas (con lo que el deseo de reducir de peso se fue al carajo).

Esos días pensé un poco en los deseos de fin de año y llegué a la conclusión de que son deseos que sólo reafirman nuestra falta de voluntad. En realidad son anti deseos porque tras el inexorable diluir de los días del año sólo nos queda la certeza de que volvimos a fallar.

Así fue como al tercer día de mi cautiverio no pude resistir el leve impulso (leer es apenas como tomar un poco el aire) y me leí un cuento brevísimo de un libro que había dejado en casa de mi madre. Luego me regañé: no, Antonio, este año no vas a leer. Y dejé el libro donde un segundo cuento se veía apetitoso.

Lo curioso de mi decisión es que vivimos en un mundo de historias. Twitter transmite historias vestidas de ocurrencias o sarcasmos. Leemos en Facebook la historia personal de nuestros amigos. Construimos sus días. Sus horas. A veces me pasa que al ir a una reunión me encuentro con algunos conocidos o desconocidos que al saludarme me preguntan por cosas que escribí en mi Facebook, ideas vagas sobre cocina, sobre viajes que he hecho, etcétera.

¿Por qué se quedan esas personas con esos retazos narrativos que ni siquiera tienen intención de ser algo? Porque somos lectura viva. Porque leemos constantemente todo lo que nos rodea. No sólo libros, sino también personas, calles, epitafios, el clima, etcétera, como lo dice Alberto Manguel en su Historia de la lectura.

En este mundo donde no se leen libros curiosamente estamos carentes de contenidos. Las revistas electrónicas, los portales de información, los canales y los programas de radio se rompen las uñas por falta de contenidos, es decir, de historias y están tantas y tantas a la mano en cualquier libro escrito por los millones de escritores que hay en el mundo. Sí, millones de escritores.

Los días siguientes no leí nada sin ninguna culpa. ¡Qué padre se siente no leer! Pero a la semana y media pasado el Año Nuevo me encontré con una pequeña novela de Ricardo Garibay: La casa que arde de noche. Uff. ¡Qué puedo decir sobre esta novela que simplemente no se haya dicho desde su aparición! ¡Es sensacional!  Así que la leí. Me sentí mal conmigo mismo por hacerlo. Avancé con ansiedad por las páginas mientras veía a este Eleazar y La Alazana temblar de aburrimiento en un viejo prostíbulo fronterizo del lado mexicano.

Hay muchos deseos de fin de año que son un lastre. El amor no se encuentra en un año, a veces en un par de segundos. Los kilos no se quitan sólo con cerrar la boca. Los mejores trabajos no se consiguen a veces ni con “palancas”. Y a veces, aunque no queremos leer, leemos. Se nos atraviesan historias maravillosas todos los días: en papel, en Facebook, en el cine, en el camino a casa, en los aeropuertos. Hagan el propósito de no leer este año y descubrirán, en serio, otro lado de la muerte.

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