Con uno


Cuando estaba en la secundaria me daba terror pasar al frente para “presentar una clase”. No había nada peor que preparar la exposición del tema que fuera: las células o la tercera fase de la revolución mexicana, porque sabía que, no importaba cuánto me esmerara, al momento de subir a la plataforma frente al pizarrón todo aquello que sabía se me iba a olvidar y terminaría con la mirada fija en la clase escrita en una hoja inmensa, que leería con la mayor rapidez posible con la certeza de que, peor aún, a nadie le interesaba lo que dijera.

Hoy que fui a una secundaria a dar una charla sobre las historias que nos habitan recordé ese pasaje infeliz de mis días de secundaria. Tenía frente a mí a alrededor de 50 alumnos que me escuchaban con una atención que yo no pondría por nada ni nadie a esa edad. En algún momento -me estoy llenando de frases comodín que utilizo siempre porque me permiten encontrar el hilo de la charla-, les dije que “todos tienen grandes sueños pero que nadie quiere pagar el costo de perseguirlos”.

Hoy, que otro agente literario me ha rechazado -al parecer o soy muy mal escritor o de esos que “son buenos a secas, pero no extraordinario” o que esté en tantos géneros me vuelve un híbrido literario incómodo-, recordé eso que acababa de decir en la mañana a este grupo de chicos de secundaria. Sufro un costo por escribir para niños y al mismo tiempo, intentar escribir para adultos. Ni modo. Me gusta poder esbozar una baraja más amplia de posibilidades.

Sí, todos tenemos sueños pero nadie quiere pagar el costo de perseguirlos. Eso dije sin saber que horas más tarde me rechazarían. Y lo dije porque creo en esa frase. Al finalizar, una chica de segundo de secundaria se me acercó y me dijo con toda la seguridad del mundo que ella quería ser editora de libros. La envidié: tanto joven y con tantas certezas. Luego agregó que su mamá no la dejaría estudiar eso porque quiere que estudie “algo de provecho”. Pobres de muchos padres: tienen tanto miedo vestido de prudencia y de “lo mejor para sus hijos” que da escalosfríos.

Le contesté a la chica que si quería ser editora, solo ella podía luchar por eso aunque sus papás no lo entendieran. Ella aceptó, confiada, en mis palabras. No será fácil. Luego, también, la vida nos manda a lados inesperados. Cuando me iba recordé porqué acepto ir a estas secundarias en las orillas de la ciudad sin cobrar ni un centavo (como muchos amigos autores sí cobran); porque busco a chicos o chicas como yo era a esa edad en la que empezaba a escribir. Me gusta pensar que a lo mejor hay por ahí jovencitos o jovencitas que quieren escribir o leer o simplemente, pensar en cosas distintas a ser ingeniero, médico o abogado. Con uno que sepa que aunque el camino es borroso, pero lo hay, me doy por servido aunque en el trayecto, claro, se acumulen los rechazos, tan buenos que son.

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