Con uno


Cuando estaba en la secundaria me daba terror pasar al frente para “presentar una clase”. No había nada peor que preparar la exposición del tema que fuera: las células o la tercera fase de la revolución mexicana, porque sabía que, no importaba cuánto me esmerara, al momento de subir a la plataforma frente al pizarrón todo aquello que sabía se me iba a olvidar y terminaría con la mirada fija en la clase escrita en una hoja inmensa, que leería con la mayor rapidez posible con la certeza de que, peor aún, a nadie le interesaba lo que dijera.

Hoy que fui a una secundaria a dar una charla sobre las historias que nos habitan recordé ese pasaje infeliz de mis días de secundaria. Tenía frente a mí a alrededor de 50 alumnos que me escuchaban con una atención que yo no pondría por nada ni nadie a esa edad. En algún momento -me estoy llenando de frases comodín que utilizo siempre porque me permiten encontrar el hilo de la charla-, les dije que “todos tienen grandes sueños pero que nadie quiere pagar el costo de perseguirlos”.

Hoy, que otro agente literario me ha rechazado -al parecer o soy muy mal escritor o de esos que “son buenos a secas, pero no extraordinario” o que esté en tantos géneros me vuelve un híbrido literario incómodo-, recordé eso que acababa de decir en la mañana a este grupo de chicos de secundaria. Sufro un costo por escribir para niños y al mismo tiempo, intentar escribir para adultos. Ni modo. Me gusta poder esbozar una baraja más amplia de posibilidades.

Sí, todos tenemos sueños pero nadie quiere pagar el costo de perseguirlos. Eso dije sin saber que horas más tarde me rechazarían. Y lo dije porque creo en esa frase. Al finalizar, una chica de segundo de secundaria se me acercó y me dijo con toda la seguridad del mundo que ella quería ser editora de libros. La envidié: tanto joven y con tantas certezas. Luego agregó que su mamá no la dejaría estudiar eso porque quiere que estudie “algo de provecho”. Pobres de muchos padres: tienen tanto miedo vestido de prudencia y de “lo mejor para sus hijos” que da escalosfríos.

Le contesté a la chica que si quería ser editora, solo ella podía luchar por eso aunque sus papás no lo entendieran. Ella aceptó, confiada, en mis palabras. No será fácil. Luego, también, la vida nos manda a lados inesperados. Cuando me iba recordé porqué acepto ir a estas secundarias en las orillas de la ciudad sin cobrar ni un centavo (como muchos amigos autores sí cobran); porque busco a chicos o chicas como yo era a esa edad en la que empezaba a escribir. Me gusta pensar que a lo mejor hay por ahí jovencitos o jovencitas que quieren escribir o leer o simplemente, pensar en cosas distintas a ser ingeniero, médico o abogado. Con uno que sepa que aunque el camino es borroso, pero lo hay, me doy por servido aunque en el trayecto, claro, se acumulen los rechazos, tan buenos que son.

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Los libros que no se queman


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Artículo publicado originalmente en el suplemento Laberinto, de Milenio D.F.

Uno los libros que pertenecen al acervo del Programa Nacional de Salas de Lectura se titula: ¡Es un libro! de la autora Lane Smith y está editado por Océano. El año antepasado el título fue seleccionado junto con otros 27 para ser parte del catálogo de ese programa y se entregaron a más de cuatro mil mediadores de salas de lectura dispersos en todo el país.

¡Es un libro! es un bello texto sobre la importancia de definir al objeto libro en un tiempo donde su competencia directa, casi de su mismo tamaño como una tableta electrónica o un celular, tiene más “funciones” para un usuario como conectarse a Wi-Fi, recargarse, enviar mensajes o servir de consola de videojuegos.  En la breve historia un asno tiene curiosidad por ese objeto que un chimpancé manipula sin tener que ponerle baterías o agregarle unos controles.

En nuestros tiempos, tal parece que necesitamos un libro que se llame ¡Es la lectura! Para que nos ayude a mirar de otra forma la promoción de la lectura en nuestro país y no sólo a través  de una encuesta como la reciente Encuesta Nacional de Lectura. El rostro desencajado del rector José Narró era elocuente así como el título de la encuesta: “De la penumbra a la oscuridad”. No había manera de oponerse a tal discurso: México no lee, dicen y tal parece nunca va a leer.

Como toda encuesta, también es un asunto de ópticas. Lo cierto es que el porcentaje de lectores que arroja la misma encuesta sería envidiable en comparación a otros países latinoamericanos. Por ejemplo, el 32% de la muestra dice leer más de 30 minutos al día y el siguiente número, el 31.1% afirma leer al menos una o dos horas a la semana, números que si bien no son para festejar, tampoco son despreciables.

Es interesante también el porcentaje de razones por las cuales la gente no lee además de los fincados en el gusto o en preferir otras actividades recreativas, gusto muy respetado. La encuesta arroja otros números en el rubro de por qué no se lee más.  32.9 % dice que porque no le gusta, pero por ejemplo, 18.1% dice que porque le parece difícil, 21.8% porque no tiene cerca libros que le gustaría leer, 21.7% no cuenta con un lugar adecuado y 9.7% porque no existen libros en su lengua materna, índices todos estos que de alguna manera se pueden subsanar.

Más números arroja la encuesta nacional de lectura, pero seguiremos por el camino difícil mientras consideremos que una encuesta es un indicador para mostrar el pulso real de las prácticas lectoras de nuestro país. Un lector se construye de muchas formas, con muchas decisiones íntimas que no siempre tienen qué ver con una lectura literaria.

Se lee, como ya lo dice Alberto Manguel en su Historia personal de la lectura: todo: los signos escritos, pero también las imágenes cinematográficas, los atardeceres, el clima, la ciudad y las personas. Las prácticas lectoras, término que uso de Lucila Jiménez, tiene que ver no con la imposición de un tipo de lectura, sino de ver cómo lee la comunidad para poder entrar dentro de ese barco.

Y este país tiene muchas prácticas lectoras y las mejores personas que conocen el pulso de éstas son los mediadores y promotores de este país. Cada uno hace su trabajo en solitario, pero son tan sólo una esquina de muchas esquinas donde la lectura se abre paso en medio de la intolerancia, la discriminación y a veces la falta de más apoyos institucionales y privados no sólo en libros sino en cursos, capacitación y sobre todo en promoción del trabajo propio para que esta promoción genere a más  y más promotores de lectura.

En este país, que se dice “no lee”, se “lee mucho” y se necesita leer más. Lo que no sale en las encuestas son justo todas estas historias de mediación lectora exitosa. No sale por ejemplo la historia de Graciela, mediadora del Programa Nacional de Salas de Lectura en el cereso juvenil en Ciudad Juárez.

El año pasado a ella le tocó comprobar en carne propia lo que la lectura hace por la gente. Ella trabajaba con los presos. Con esfuerzo había reunido sus libros y una vez a la semana tenía un taller de lectura. Una tarde le avisaron que los chicos se habían amotinado. En las noticias por la televisión pasaban las imágenes de la cárcel incendiada y al centro del patio el cuadro dantesco de un gran árbol quemándose. Graciela imaginó sus libros quemados, su sala consumida por las llamas. Gran sorpresa se llevó cuando entró a los días siguientes y descubrió que de todas las instalaciones penitenciarias sólo se habían salvado la pequeña capilla y la Sala de Lectura.

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En la Encuesta tampoco viene la historia del grupo de Biblionautas, dirigido por la regiomontana Dalina Flores y que obtuvo hace dos años también el Premio México Lee. Dalina trabaja con estudiantes universitarios de la Facultad de Letras y tiene talleres en comunidades y en secundarias. El proyecto tiene más de diez años de trabajar con estudiantes que promueven un contagio con la lectura, crear puentes no sólo con la lectura sino también con la escritura.

En el mismo campo universitario se encuentra la Biblioteca Infantil Universitaria de la UAQ, un sitio que tiene un selecto catálogo infantil y juvenil que pone ante los lectores esa otra literatura para niños que habla también del rechazo, de la soledad, la muerte y el desamparo con una mirada esperanzadora, lúdica y mediada con inteligencia.

En San Luis Potosí, un mediador, Jairo Cristóbal Franco, perteneciente al Programa Nacional de Salas de Lectura tiene un proyecto que se llama Nietos lectores. ¿Qué es Nietos Lectores? Una sala de lectura itinerante que surgió de un Encuentro de Cultura Lectora en 2010 en la que el escritor argentino Mempo Giardinelli hablaba de su proyecto con personas de la tercera edad en Argentina. Nietos lectores visita a la mayoría de las instituciones geriátricas en el Estado de San Luis Potosí. En cada asilo que visita deja en primera instancia un acervo de 35 libros que dona la Casa de la Cultura Ramón López Velarde de San Luis, libros que a su vez solicita al Programa Nacional de Salas de Lectura (PNSL) y a fondos propios. A la semana el mediador y un grupo regresa y charlan sobre lo leído no sólo con los adultos mayores sino con las familias de estos.

Parecido en cuanto a trabajar con grupos de alguna manera “orillados”, aunque tal vez todos pertenecemos de alguna manera a este grupo, en Reynosa existe el programa Sordos leyendo, una pequeña sociedad coordinada por Damián González y que se enfoca en llevar la lectura a una pequeña comunidad de sordos. El grupo no sólo lee sino que han devenido en estupendos narradores orales.

¿Qué tienen en común todos estos proyectos que esbozo brevemente? Que muchos de ellos pertenecen a la sociedad civil, que son personas que, sin diversos apoyos, a veces de una Universidad o bien del PNSL llevarían a cabo su trabajo con más inconvenientes. Son personas que han hecho de la lectura ya no sólo esta lectura silenciosa que impusiera de alguna manera san Ambrosio, sino que le están devolviendo a la lectura su hecho social, multitudinario. Leen en las maneras como se encuentra su comunidad, han hecho relación primero con la sociedad para desde ahí leer. Saben que la lectura no es sólo leer a los clásicos o bien a los libros en boga o a los autores famosos en turno, sino que leen lo que tienen al alcance y lo llevan a sus lectores para que estos construyan interpretaciones únicas sin imposición y sin preguntas. Promulgan una lectura que es muchas lecturas.

Algo más que tienen en común es que muchos han sido mediadores o han sido capacitados dentro del Programa Nacional de Salas de Lectura o bien, por la Fundación Alfredo Harp Helú, por el Consejo Puebla de Lectura –quienes organizan una estupenda feria infantil y juvenil del libro en las Instalaciones del Instituto Nacional de Astrofísica en Tonanzintla, Pue.- o por la Fundación Ibby México, sin olvidar a los más de 400 libros clubes en el Distrito Federal, fundados por el legendario Alejadro Aura o los recientes Círculos de lectura que impulsa el gobierno de Tamaulipas.

Sólo por promocionar un número: durante 2012 tan sólo dentro del PNSL se llevó la lectura a 6 millones de personas dentro de sus programas Salas de Lectura, los Centros de Lectura Escrita y los Paralibros, proyecto gemelo al colombiano PPP (Paraderos Paralibros Paraparques) que consiste en una instalación con forma de parada de autobús pero dotada de libros y colocada en sitios donde existe concentración de gente, en la Ciudad de México, por ejemplo, hay un Paralibros en la Fonoteca Nacional, pero en San Fernando, Tamaulipas, localidad por todos recordada, este Paralibros se encuentra en la plaza principal, junto a un árbol y donde se atiende a toda una comunidad de niños, mujeres y soldados.

Se necesitan libros, sí, pero se necesitan más que libros personas y capacitación para quienes deseen ser mediadores de lectura. En ese sentido, el PNSL tiene un Diplomado de Profesionalización de Mediadores de Salas de Lectura en conjunto con la UAM-Xochimilco, además de una bella colección de cuadernos de Salas de Lectura donde se pueden encontrar textos de autores como Luz María Chapela, Alberto Chimal, María Baranda, Estela Vázquez, José Gordon y Lucila Jiménez.

El PNSL tiene además varios galardones, obtenidos todos ellos en el último año: fue reconocido como un programa modelo a replicarse en América Latina por la CERLALC-Unesco y nominado finalista al Premio Memorial Astrid Lindgren, honor que comparte con el trabajo incansable del grupo Palabras de Arena ubicado en la colonia Virreyes, en Ciudad Juárez, quienes han montado una biblioteca independiente, la Majuana –cuyos muros han sido respetados por el grafitti como en tantas otras salas de lectura que terminan convirtiéndose en un integrante más de la comunidad, una lectura social que empieza a reparar el tejido social que tanto necesita que se repare no sólo en México, sino en todo nuestro continente.

No avanzaremos mucho mientras no comprendamos que más que libros necesitamos espacios de diálogo comunitario, espacios donde no se vea a la lectura no como un elíxir de la felicidad sino como una herramienta para el propio reconocimiento y del entorno. Donde la lectura no sea sólo de la “gran literatura”, sino de todo tipo de libros, espacios donde estos distintos circuitos de la lectura de los que habla Graciela Montes en su libro La frontera indómita, encuentren cabida: la escolar y la científica, la de best seller y la literaria (un absurdo incluso hacer esta separación), la infantil y la técnica.

Leer es todo, leer el cine y la fotografía, el arte abstracto y una guía de metro. Algunas lecturas nos revelan cosas, pero toda lectura nos orienta. Nos dice dónde estamos o bien nos evade de la realidad o al contrario, hay libros que nos recuerdan que somos responsables de lo que sabemos.

Necesitamos recuperar nuestros espacios de lectura con una reunión que se antoja imposible: más libros y mejor seleccionados para todos los mediadores de este país, más ediciones críticas sobre la lectura, que las hay y son estupendas, pero se necesitan más, más libros editados de autores mexicanos que traten el tema de la lectura. Es interesante cómo han resuelto sus problemas en Argentina o Francia, pero necesitamos darle voz a lo hecho en México. Más escritores e ilustradores que se acerquen al trabajo de promoción con su tiempo y generosidad para una charla. No es su obligación, lo sé, pero ayudaría mucho. Finalmente, saber que si bien en la promoción de la lectura los niños son un componente fundamental, saber que se necesita hacer más por otro grupos, por amas de casa y por obreros, por empleados de empresas y por taxistas. En San Juan del Río y en la Ciudad de México hay clubes y salas de lectura con policías.

Lo más urgente es empezar a cambiar el paradigma de que en México no se lee para decir que en México se debe leer más. Dejar de mirar la lectura sólo por encuestas, sino empezar a verla por las historias de todos los promotores de lectura que hacen un trabajo complejo y la gran mayoría de manera gratuita. La lectura tiene muchos rostros, pero no es la imagen final la de un árbol incendiándose en un motín carcelario, sino un grupo de presos que apostados en una escalera defienden sus libros contra los que llevan el fuego para quemarlos.

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Mi propósito de este año: no leer


Créanme que no es un recurso barato de psicología opuesta, pero este año, uno de mis propósitos es no leer. Esta idea se reforzó mientras veía la lista de deseos de muchos conocidos y desconocidos en esa gran pantalla de twitter que es Facebook.

Muchos pedían más trabajo, un buen amor, mucho dinero y bajar esos kilos de peso. Los menos, viajes, paz en su hogar y resolver cuestiones familiares.

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Nadie pedía mejores lecturas, nadie solicitaba al fin terminar ese libro que había leído, etcétera. Tal vez leer no es parte de ningún buen deseo sino de una imposición o de algo que se ve tan normal, tan cotidiano, como comer a la hora debida e ir al sanitario a la hora tradicional.

Así que me pasé todo el primero y dos de enero sin leer. No toqué ni una sola página, Dios me libre. Vi televisión. Cociné. Comí sin culpas (con lo que el deseo de reducir de peso se fue al carajo).

Esos días pensé un poco en los deseos de fin de año y llegué a la conclusión de que son deseos que sólo reafirman nuestra falta de voluntad. En realidad son anti deseos porque tras el inexorable diluir de los días del año sólo nos queda la certeza de que volvimos a fallar.

Así fue como al tercer día de mi cautiverio no pude resistir el leve impulso (leer es apenas como tomar un poco el aire) y me leí un cuento brevísimo de un libro que había dejado en casa de mi madre. Luego me regañé: no, Antonio, este año no vas a leer. Y dejé el libro donde un segundo cuento se veía apetitoso.

Lo curioso de mi decisión es que vivimos en un mundo de historias. Twitter transmite historias vestidas de ocurrencias o sarcasmos. Leemos en Facebook la historia personal de nuestros amigos. Construimos sus días. Sus horas. A veces me pasa que al ir a una reunión me encuentro con algunos conocidos o desconocidos que al saludarme me preguntan por cosas que escribí en mi Facebook, ideas vagas sobre cocina, sobre viajes que he hecho, etcétera.

¿Por qué se quedan esas personas con esos retazos narrativos que ni siquiera tienen intención de ser algo? Porque somos lectura viva. Porque leemos constantemente todo lo que nos rodea. No sólo libros, sino también personas, calles, epitafios, el clima, etcétera, como lo dice Alberto Manguel en su Historia de la lectura.

En este mundo donde no se leen libros curiosamente estamos carentes de contenidos. Las revistas electrónicas, los portales de información, los canales y los programas de radio se rompen las uñas por falta de contenidos, es decir, de historias y están tantas y tantas a la mano en cualquier libro escrito por los millones de escritores que hay en el mundo. Sí, millones de escritores.

Los días siguientes no leí nada sin ninguna culpa. ¡Qué padre se siente no leer! Pero a la semana y media pasado el Año Nuevo me encontré con una pequeña novela de Ricardo Garibay: La casa que arde de noche. Uff. ¡Qué puedo decir sobre esta novela que simplemente no se haya dicho desde su aparición! ¡Es sensacional!  Así que la leí. Me sentí mal conmigo mismo por hacerlo. Avancé con ansiedad por las páginas mientras veía a este Eleazar y La Alazana temblar de aburrimiento en un viejo prostíbulo fronterizo del lado mexicano.

Hay muchos deseos de fin de año que son un lastre. El amor no se encuentra en un año, a veces en un par de segundos. Los kilos no se quitan sólo con cerrar la boca. Los mejores trabajos no se consiguen a veces ni con “palancas”. Y a veces, aunque no queremos leer, leemos. Se nos atraviesan historias maravillosas todos los días: en papel, en Facebook, en el cine, en el camino a casa, en los aeropuertos. Hagan el propósito de no leer este año y descubrirán, en serio, otro lado de la muerte.

Libros difíciles para los adultos, los infantiles


En su novela La librería de las nuevas oportunidades, la escritora Anjali Banerjee cuenta la historia de una chica moderna, Jasmine, que de pronto se ve obligada a cuidar la librería familiar de su tía Ruma. Ella es una mujer de nuestro tiempo, casada con su BlackBerry y no quiere saber nada escritores y de literatura.

La novela, cargada de metáforas que pueden ser demasiado sensacionales y simples, en algún momento narra una escena conmovedora. Jasmine encuentra a un viejo que hojea libros en la sección de literatura infantil. Con un gesto hosco, la nueva dependienta de la librería le pregunta casiseñalándolo si no tiene vergüenza de leer eso a su edad. El anciano deja el libro y sale de la librería.

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A veces he pensado que para muchos, quienes leen libros para niños deberían ser señalados. Es curioso cómo aceptamos que la lectura es sólo para alguna edad, pero en cuanto uno crece debe abominar de ella de inmediato y dedicarse las cosas profundas del mundo como, tener un BlackBerry (y todo lo que eso significa), un trabajo estable, que los niños se vayan a la escuela y que la cuenta bancaria esté llena. Algunos adultos consideran que parte de sus obligaciones es simplemente emborracharse y ya. De leer, nada.

Lo cierto es que los libros infantiles nunca pierden su vigencia. En un hospital del estado de Durango, por ejemplo, una doctora utiliza una serie de libros infantiles, de los ilustrados o tipo álbum, para que los otros doctores de la institución vayan a leerlos cuando el estrés se vuelve una carga demasiado pesada. Los libros infantiles ayudan a que el alma esté tranquila y en paz porque nos recuerdan no sólo esta etapa de cuando uno era niño, sino de cuando uno quería seguir sorprendiéndose.

Más interesante aún, los actuales libros infantiles se han convertido en libros que tocan temas complicados, que hablan con el niño de temas que muchos adultos ni siquiera aún desean tocar entre sí. Por ejemplo, en el libro El Monstruo, de Daniel Martín y Ramón Trigo, editado por Lóguez  se habla sobre un monstruo que todos los días llega a casa, discute con la madre de los protagonistas, un par de niños y cómo ellos se deben esconder de su furia.

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En el libro, Un cumpleaños, de la editorial ooo, un niño relata una fiesta de cumpleaños donde alguien está ausente. Siempre se refiere a otro que está como perdido, para llevarnos a una conclusión escalofriante. Hay otros clásicos, como Juul, de Gregie de Maeyer, también editado por Lóguez sin olvidar El pato y la muerte, de Wolf Elbruch, editado por Barbara Fiore Editora.

Barbara Fiore Editora tiene muchos otros libros sensacionales, como Hermosa soledad de Jimmy Liao, una serie de ilustraciones del autor cuando descubrió que tenía leucemia, imágenes poderosas, nostálgicas

, pero también esperanzadoras. Jimmy Liao tiene también en esta editorial un libro estupendo, No soy Perfecta, de una niña que cree que lo es porque sus padres así se lo han dicho, pero pronto descubre que no es así, un libro que habla también sobre aceptarnos como somos, como el libro Rosa Caramelo, de Adela Turin donde una elefanta no quiere ser de color rosa como todas las demás y lleva a las otras a una rebelión contra la imposición de sus padres elefantes,

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o bien, este bello cuento de Saki, El contador de cuentos donde se habla también un poco de qué le ocurre a los niños demasiado perfectos, este libro publicado por Ediciones Ekaré.

Para que existan este tipo de libros es necesario también editores arriesgados para quienes la literatura infantil es un sitio excelente para hablar de temas complicados. Debería nombrar aquí a algunas editoriales en español que publican muchos de estos libros: Lóguez, ooo, Bárbara Fiore, Kalandraka, Ediciones El Naranjo, algunos libros de Juventud, Ekaré que recién nombro.

Hay mucha gente que no lee y que piensa que si se quiere hacer lector debe empezar forzosamente por estos libros para adultos, esta literatura seria, con muchas letras. Creo que si nos acercáramos a la literatura infantil volveríamos a descubrir que somos lectores, siempre, que siempre lo hemos sido.

Leer es uno de los regalos de la infancia que luego perdemos por lo que otros no lectores nos dicen que es la vida, como emborracharse cada fin de semana y también sólo trabajar y trabajar, que es importante, pero no creo que sólo de eso se trate la vida.

Lectores primogénitos


No fui un niño lector como podría suponerse y más cuando ante la pregunta expresa de cómo se iniciaron como lectores, muchos escritores responden que iniciaron leyendo El Quijote y que sólo lo soltaron cuando descubrieron El hombre sin atributos de Musil. Fui un chico como muchos: jugaba futbol todas las tardes que pude y cuando me dejaron. Debo aclarar eso último: era tan mal jugador que mis vecinos se peleaban para no tenerme en su equipo. Yo nací con tres piernas izquierdas y el tiro centro más famoso que soltó mi empeine es memorable en mi cuadra no por incrustarse bajo la horquilla de una portería sino porque fue a dar contra la cabeza de un corredor solitario que terminó en el suelo.

En mi infancia, como en muchas de este país, hubo mucho futbol, muchas caricaturas de Remi, de Bell y Sebastian, de Clementine, la pequeña niña que peleaba contra demonios y mucho de Mazinger Z. Mis abuelos no leían literatura, mis tíos no consumían libros y mis padres, como muchos padres en este país, estaban más preocupados por tener dinero para alimentar a una prole si no numerosa, sí exigente.

Mis tímidas lecturas llegaron, como para muchos en este país, encubiertas dentro de las fábulas cristianas: el arca de Noé, los hermanos de Dina que van a salvar la honra de su hermana y el tramposo de Jacob que le compra su primogenitura a su hermano para obtener los beneficios de ésta y quedarse con las tierras y los animales de su padre Isaac. Siempre me ha parecido que Jacob y Esaú, su hermano, son un símbolo de algo más que espero descubrirles durante la lectura de este texto.

Me gusta la historia de Jacob y Esaú y me permitiré hacer una breve narración de la misma para que todos la recordemos. Isaac, en tierra de Canaán, tiene a dos hijos con su esposa Rebeca, que significa lazo. Siempre he pensado que en los nombres radica el primer misterio de nuestras vidas. El primogénito de Isaac (que significa risa), se llama Esaú y es un hombre joven, adorable, de cabellos rubios y cuerpo atlético como el de todo cazador de aquellos tiempos. Tiene vello en los brazos y es, como ya dije, atlético. El segundo hijo de Isaac se llama Jacob, quien será llamado a la postre Israel, el primer patriarca del pueblo judío. Israel que significa “El que lucha” después de que Israel pelea contra un ángel en una inmensa escalera que desciende del cielo.

Según la usanza judía y de muchas de los pueblos del mundo, todas las tierras y el peso recaen en el primogénito. Él hereda las tierras, él es dueño de la voluntad de los hombres, él es quien decide el destino de los ejércitos. La vida de ambos hermanos está condenada a ser igual que la de tantos primogénitos y segundos a bordo hasta que una tarde Esaú decide trocar su destino. Después de llegar de una cacería, hambriento de perseguir a la presa fresca que carga en sus alforjas descubre sobre la marmita, cocinado por las brasas, un exquisito bocado que su hermano Jacob a cocinado para sí. Esaú se lo pide y Jacob se niega. Esaú, hambriento, percibe el aroma de las preces cocinadas y entonces su estómago habla, le dice a su hermano menor: “Si me das de probar de lo que cocinaste te cedo mi primogenitura”.

Creo que todos sabemos lo que significa este trueque. Es rotar el destino. Es dejar de ser el señalado por la genealogía para ser el segundo. Tiene, esta promesa, cierta vacilación de ir en contra de lo divino. Jacob le sirve del bocado y se queda con la primogenitura. Con los años y vejez de Isaac y gracias a su madre, Rebeca, Jacob terminará por arrebatarle a Esaú la bendición final de su padre haciéndose pasar por el antiguo primogénito. Isaac es engañado y bendice a Jacob. Cuando Esaú va a pedir su bendición Isaac le dice no puede ya bendecirlo de la misma manera, pero que desea que le vaya bien sobre la tierra, esa tierra antiquísima que se nos antoja imposible de vivir sin Ipad, sin internet, sin aire acondicionado y sin agua potable. Al final los hermanos se separan. Esaú promete asesinar a su hermano y Jacob promete huir siempre de su presencia. Dice Borges que no existen tantas historias por contar, sino que todas se resumen en una sola: un hombre que persigue a otro hombre. La Biblia y la literatura están llenas de hombres perseguidos.

Cuando era niño a mí me aterraba esa historia. Olía las presas cocinadas por Jacob y quería comerlas. Como lo ven, soy un glotón. Temía por mi primogenitura. Cada que veía que mi hermano menor era apapachado y querido por mis padres sentía que mi pobre hermano estaba al acecho de mi primogenitura: que la quería, que deseaba quedarse con algo que era mío sólo por el derecho de haber salido primero del vientre de mi madre. No ayudaron que entre mi hermano y yo no hubo una buena comunicación en la adolescencia. El miedo a perder la primogenitura no desapareció sino hasta que un día descubrí que aunque lo que leemos nos acompaña el resto de nuestra vida no necesariamente tiene que asustar por toda nuestra vida; que somos seres mutables e infinitos y que una lectura es como un Aleph: en una lectura podemos ser todos los lectores posibles, leer en todos los sitios y tiempos posibles, que la lectura anula el paso del tiempo.

Sin embargo, creo que la historia de Jacob bien me sirve para hablar un poco sobre la primogenitura del lector. ¿Existe tal término, la primogenitura del lector? No lo sé, se me ha ocurrido en este momento y creo que puedo hacer la siguiente exégesis: Todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de los anteriores y de los siguientes tiene a su alcance la “bendición” de la lectura, moneda que cambio por la primogenitura. ¿En qué consiste esa bendición? Bueno, esto es lo que Isaac le dice a Jacob cuando éste se hace pasar por Esaú:

He Aquí el olor de mi hijo es como el olor del campo que Jehovah ha bendecido. Dios te dé del Rocío del cielo y de lo Más preciado de la tierra: trigo y vino en abundancia. Que los pueblos te sirvan, y las naciones se postren ante ti. Sé señor de tus hermanos, y Póstrense ante ti los hijos de tu madre. Sean malditos los que te maldigan, y benditos los que te bendigan.

Como pueden ver, creo que todos queremos un poco de la bendición de Isaac. Traducido a la lengua lector, diría:

He aquí leer que son como el olor del campo revelado. Que el libro te dé el rocío del cielo y lo más preciado de la tierra: conocimiento y placer en abundancia. Que los libros se abran y te muestren sus secretos.

Quiero pensar así que Esaú puede ser la imagen del hombre que desprecia la lectura a cambio de unas pequeñas presas cocinadas al fuego. Pueden ser estupendas para alimentar al momento, pero sin duda se pasará hambre después. Quiero aquí pensar que Jacob sabe que leer es no sólo un arte con mucho engaño, sino que también le dará sus beneficios aunque tenga que luchar para ellos.

También por eso me gusta la noción de Jacob, que significa “el que suplanta”, como ya lo hemos visto, pero que se convertirá en Israel: “el que lucha”. Un lector, dice el título de un famoso libro: no nace, se hace, añadiría también que los lectores aprenden a conquistarse. Conquistan el libro y se conquistan a sí mismo mientras leen. Suplantan los tiempos comprados por comidas momentáneas para tener acaso un manjar más exquisito adelante sea el que éste sea. Un lector sabe que leer exige responsabilidad y que este “placer de la lectura” es en realidad una mentira: porque aprendemos a leer con esfuerzo. Nos vestimos de otro, a veces, para poder traducir nuestras lecturas. Hacerse como lector no es carrera fácil, no quiero venderles espejitos, pero tiene muchos beneficios.

En nuestros tiempos de violencia y barbarie, la lectura es no un reducto, como lo hacen los nobles de Florencia cuando huyen de la ciudad dominada por la peste para contarse historias pícaras en una hacienda ex a muros de la ciudad y que Boccacio describe con maestría en su obra El Decámeron: no, en nuestros tiempos la lectura es un ente subersivo, pero no es un arma como muchos dicen por ahí: es ese candil que nos ilumina por la noche y ¿qué función más precisa que la de la luz?

Y sin embargo, como en la historia de Esaú y de Jacob, también la lectura en nuestros tiempos es suplantada. Nosotros suplantamos su libertad cuando decimos que leer es sólo tan cosa, que leer es sólo tales libros o tales autores, que leer, perdónenme esta barbaridad, sólo está en los libros. No. Leemos todos. Los libros nos ofrecen la lectura de los signos mediante el lenguaje, el acomodo de las raíces latinas que han pervivido hasta nuestros días en la cálida palabra rosa o dueño, el agua y caballo. Pero, ¿quién nos dice que no podemos hacer la lectura del cuerpo cuando vemos una danza contemporánea?, ¿quién nos dice que no es lectura cuando vemos en el cine la unión de la imagen, la música y la dramaturgia?, ¿quién nos dice que no es lenguaje todos esos pájaros negros que se posan en los árboles junto al pequeño canal que está a unas calles de aquí y que nos recuerdan todos los pájaros del mundo y todos los ríos y todas las orillas y los símbolos que un pájaro puede tener ante un río. El graznar de esos pájaros me recordaron el ataque violento de las aves en la película de Hitchcok, y me recordaron el libro de Bandada, editado por editorial Kalandraka y me recordaron el libro Pájaros, de Zurrón y el bello poema a los pájaros del gran poeta español Juan Ramón Jiménez:

10755564-pajaro-lindo-verde-con-adornos-aisladas-sobre-fondo-blanco-vectorCANCIÓN DE INVIERNO

Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?

No tengo pájaros en jaulas.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada…

Yo no sé dónde cantan
los pájaros -cantan, cantan-
los pájaros que cantan.

Porque, como dije antes, como hizo Jacob: él compró sus bendiciones, así nosotros los lectores debemos comprar las nuestras. ¿Cómo las compraremos? ¿Con qué monedas se puede comprar una bendición escondida en las páginas de un libro? Siendo honesto con lo que leemos. Recordando que no leemos sólo por placer, que hay libro malditos que nos duelen, que hay lecturas que nos llevan a donde no queremos, pero siendo perceptivos a que todo lo que nos rodea es lectura. El cuerpo del amado. El rostro de nuestra madre. El olor del campo después de la cosecha. El poema que nos dice:

¿Y hemos de llorar porque las cosas
están así sobre la tierra?
Hay una mujer, quedan amigos
y el desprecio, Flaca, a todo lo que dueles.
No sé si habré de morir todo;
… no todo he muerto; mientras vivo,
me vienes guanga, compañera.

A la lectura se le cuelgan muchos santos y se le encienden muchas veladoras. Como dije al principio, yo no fui un niño lector. Aprendí algunas historias en la biblia. Las otras historias las aprendí en la calle, con los pandilleros de mi colonia que hablaban de venganzas y salvajadas. Aprendí del periódico que cada dos semanas anunciaba de un muerto en la colonia Moderna. Leí algunas historias de libros vaqueros y de muertos en la revistas del Alarma que mi abuela compraba religiosamente en un tiempo cuando el morbo por los muertos y los muertos eran sólo una noticia de un mal desamparado que andaba sobre la tierra y no de éste que ahora nos hace callar.

Y tal vez por lo mismo, descubrí, como Jacob, que la lectura no es una primogenitura que sólo se compra, sino que también se pelea por ella suplantándonos por los personajes que somos al leer, por los autores que amamos u odiamos, suplantando las escenas que de ser ficción se vuelven reales ante nosotros. Dice Cooleridge, un gran poeta norteamericano, que al leer uno hace un pacto con el autor, que se anula la realidad para ser ferviente seguidor de las palabras o de lo leído.

Yo no vendí mi primogenitura, pero me ha costado mucho apropiarme de la propia como lector. He leído y he dejado de leer. He discutido con otros mis lecturas y otras he decidido no compartirlas con nadie. He leído en muchos sitios donde se dice no se debe leer y he sugerido también libros que se supone no son “buena literatura”, pero cada lector sabe las marcas de sus batallas, de su lucha, son marcas ineludibles e intransferibles. Sólo vendería mis lecturas a cambio de un discurso donde se nos diga que México necesita leer más y que la lectura no es esa hada silenciosa que trocará el carbón en diamante (como saben, ambos son de la misma familia de minerales). Una lectura sin eslogans: sino para compartir, para dar al otro; para, junto al fuego, comer con Esaú y Jacob sin suplantaciones sino por lo que somos, sencillamente, lectores.

Ovidio Monterroso


Unknown-1

Apenas entró por la ventana, el vuelo zigzagueante de la mariposa negra capturó la atención de la mujer. El insecto flotaba como un pedazo de noche. A veces caía, atacada por un desmayo imprevisto y luego remontaba en el aire, pesadamente, con el cansancio de llevar peso en las alas. Jimena la observó desde la puerta hasta que la mariposa se posó en una esquina del cuadro de la Virgen del Rosario. Verla ahí, cobijada por la oscuridad, encima de las grecas del marco facilitó a Jimena el pánico que ya traía amarrado desde que descubrió el potro muerto de su hijo en el corral.

 —Algo va a pasar, —dijo en voz baja mientras apoyaba las manos en la mesa.

Allá afuera, envalentonada por la camioneta que se acercaba por el camino, una corriente de aire entró a la casa y el calor seco dio paso a una brisa polvorienta.

Escuchó el portazo y cuando volvió el rostro encontró a Julio, su esposo. Los martes Julio no regresaba hasta el anochecer. Sin contarle del caballo muerto le mostró el lugar donde la mariposa agitaba las alas. El hombre hizo un gesto de fastidio. Quería terminar cuanto antes.

—Nada más vengo por unas cosas.

Luego se calló y ambos observaron a la mariposa elevar el vuelo y posarse en un rincón. Julio se dirigió a la cocina. Dio un trago largo a la jarra con agua y cuando regresó, Jimena aún se mantenía atenta a los movimientos del insecto.

Julio sólo pensaba en las palabras que Félix le había dicho en el pueblo. Aunque no les había dado importancia se sorprendió pensando en cumplir el encargo del viejo.

Salió dispuesto a volver al trabajo y encontró un sol pesado, como si se apoyara en sus hombros. El sudor le resbaló por la frente y tuvo sed. Aún flotaba en el camino el polvo levantado por su camioneta. Fue a los corrales y cuando vio las gallinas, las frases de Félix volvieron a acosarlo:

—Tu hijo va a matar a alguien. Tráeme unas gallinas y te digo a quién y cuándo.

Lo recibió el olor ácido del gallinero. Maldito viejo, malició Julio, nada más las quiere para comer. Le llevaría los animales aunque no le importaba lo que pudiera decirle acerca de asesinatos o huidas en la noche. Abrió el costal y comenzó a meter una gallina tras otra. Los animales abrían las alas para defenderse y daban pequeños brincos sin dejar de cacarear.

Julio arrojó el costal en la caja de la camioneta y entró en la casa. Jimena seguía sentada, perdida en sus pensamientos.

—¿Qué te pasa? —le preguntó, irritado—. Si es por ese insecto, mejor mátalo y se acabó.

Fue hasta el cuarto del muchacho. Por la ventana, a lo lejos, la torre de la iglesia y al fondo la sierra seca con su forma de hombre acostado, se elevaban por encima del camino. En el cuarto había una cama y un buró. Su hijo se había llevado ropa para varios días y los rifles. Faltaba poco para la veda y tenían que aprovechar el tiempo.

—¿Y Emilio? —le preguntó.

Jimena le contestó desde la cocina en donde buscaba la escoba.

—Todavía no llega. De seguro la caza fue buena.

El calor también se movía en la sombra. Unas moscas habían sitiado unos mangos y el zumbido realzó su fastidio. Se puso en pie y deseando olvidar la molestia y el miedo, le dijo a su mujer:

—Ahorita vengo, voy con Félix a terminar unos encargos.

En el camino se tranquilizó un poco. Encendió la radio y tarareó con gusto una canción de Los Barón de Apodaca sobre federales y narcotraficantes. El aire caliente entraba por la ventanilla. Julio se rió de su alarma por las palabras de un viejo renco y estúpido. Atravesó el pueblo con la sensación de no estar viviendo ese momento, con la sensación de vivir en un espejismo. Cuando se detuvo frente a la cantina tuvo la impresión de que en una parte no escrita de su vida ya se había detenido en esa cantina y había pensado lo mismo que pensaba ahora.

No le dio importancia al asunto. No debía desperdiciar el tiempo, ya de por sí poquitero, con esas ideas. Salió de Terán y una curva después el pueblo desapareció devorado por la nada. Sólo quedó el llano. No lejos encontró la casa de Félix empotrada en la loma.

Apenas apagó el motor, dijo:

—No le doy las gallinas.

La voz le salió ronca, liberada. ¿Cómo había caído en la paranoia? Así es, a veces, se dijo. Ya no le daría más importancia a Félix aunque en el fondo deseaba saber a quién supuestamente mataría su hijo. Luego especuló: ¿Y si es algún conocido? Imaginaba platicar después, en la cantina. El viejo Félix dijo que Emilio va a matar a… Luego intercambiaría nombres, gente que él odiaba, gente que lo había tratado mal en el pasado. Ojalá mate a Ambrosio, o al Tristán. Ojalá y no mate a De la Fuente.

—Estas son pendejadas —dijo, y soltó una carcajada animosa.

Antes de arrancar, el viejo salió. Se quedó a un lado de la puerta como aguardando algo. El rostro zorril tenía un aire perverso. Sin más remedio, Julio bajó y tomó el costal.

—Nada más le traje las gallinas y listo. Ya no me interesan sus palabras.

Félix tomó el costal y lo abrió.

—¿No las mataste? Las quería muertas.

Julio se contrarió.

—¿Conoces a Ovidio Monterroso? —le preguntó el viejo.

—¿Ovidio Monterroso? ¿El ganadero de Los Ramones?

—Tu hijo va a matar a ese cabrón. Después un hijo de don Ovidio va a matar al tuyo.

—Si mi hijo no tiene ningún trato con él, ni yo con… —respondió, esfumándose los nombres de Ambrosio y De la Fuente en su cabeza.

—Nada más te aviso. Me trajiste las gallinas como te pedí. Te digo el nombre del muertito. Tú sabes. Ningún lugar sobre la tierra será buen escondite.

Félix terminó de revisar el costal y entró a la casa. Julio estuvo unos momentos fuera del porche, con las manos cansadas de no llevar nada. Después subió a la camioneta. Las palabras del viejo lo rondaron por un momento pero las sosegó. No debía perder mas tiempo con eso. Antes de arrancar agregó con sorna, nada más por burlarse, para alargar la guasa:

—Matar al gran Ovidio Monterroso.

 

Apenas entró por la ventana, el vuelo zigzagueante de la mariposa negra capturó la atención de la mujer. El insecto flotaba como un pedazo de noche. A veces caía, atacada por un desmayo imprevisto y luego remontaba en el aire, pesadamente, con el cansancio de llevar peso en las alas. Jimena la observó desde la puerta hasta que la mariposa se posó en una esquina del cuadro de la Virgen del Rosario. Verla ahí, cobijada por la oscuridad, encima de las grecas del marco, facilitó a Jimena el pánico que ya traía amarrado desde que descubrió el potro muerto de su hijo en el corral.

—Algo está pasando —dijo en voz baja mientras apoyaba las manos en la mesa.

Sin dejarse atacar por el pánico fue a la cocina por una escoba. Escuchó desde ahí el portazo y cuando regresó se sorprendió al ver a Julio en la casa. Los martes no volvía sino hasta el anochecer. Dejó la escoba a un lado y fue con él. Lo ayudó a sentarse en la mecedora. Julio extendió los pies. Jimena comenzó a quitarle las botas mientras acechaba de reojo a la mariposa. Tenía que matarla cuanto antes.

—¿Y Emilio? —le preguntó Julio.

—Todavía no llega.  De seguro la caza fue buena.

Terminó de quitarle las botas y el hombre le pidió agua. Julio tenía un mal presentimiento. Durante la mañana, mientras realizaba las entregas en las tiendas, algo lo había puesto intranquilo. La confianza, el gusto de observar a las mujeres camino al mercado se habían desvanecido cuando encontró a Félix en la plaza. El viejo se le acercó cuando le sonrió Julio tuvo la certeza de que algo malo pasaría. Con el día, la intranquilidad creció. Ya en la salida al pueblo vio a lo lejos la Sierra del negro. Su hijo estaría ahí cazando y apenas quitó la vista de la sierra metió la reversa a la camioneta y volvió a su casa enojado, sorprendido, como si él fuera una marioneta y alguien moviera sus hilos.

Le inquietaba el cuarto vacío de Emilio y el recuerdo de noches atrás, cuando había despedido al muchacho. Habían pasado por él y la última imagen de Emilio habían sido las luces del jeep en el que se fue, las luces de los cuartos traseros perdiéndose en la oscuridad. Pasó de la inquietud al susto apenas recordó a su hijo apuntando con el rifle al aire.

—Tal vez tuvieron un accidente —se dijo—. Tal vez por eso no han regresado.

Cerró los ojos con la sensación de que ese momento en realidad no existía.

—A veces esto pasa —dijo, cuando sintió las manos frías de su mujer hurgar entre sus cabellos—. A veces uno cree vivir algo que jamás pasó.

—¿De qué hablas?

—De nada, no me hagas caso, cosas de viejos.

Cuando se calzó las botas decidió no creerle a su imaginación. Ese momento era real, su preocupación era real. Decidió confiar en su hijo. Emilio era un hombre sensato y nada le pasaría. Sería mejor regresar al trabajo. Se puso en pie y se despidió de Jimena quién iba a matar la mariposa.

—Vengo en la noche. Ya se me hizo tarde.

Salió y encendió la camioneta. Tenía un largo día por delante.

 

Apenas entró por la ventana, el vuelo zigzagueante de la mariposa negra capturó la atención de la mujer. El insecto flotaba como un pedazo de noche. A veces caía, atacada por un desmayo imprevisto y luego remontaba en el aire, pesadamente, con el cansancio de llevar peso en las alas. Jimena la observó desde la puerta hasta que la mariposa se posó en una esquina del cuadro de la Virgen del Rosario. Verla ahí, cobijada por la oscuridad, encima de las grecas del marco, facilitó a Jimena el pánico que ya traía amarrado desde que descubrió el potro muerto de su hijo en el corral.

—Algo pasó —dijo en voz baja mientras  apoyaba las manos en la mesa.

Escuchó el portazo y cuando volvió el rostro se sorprendió al ver a su esposo.

—¿Y Emilio? —le preguntó Julio, invadido por el pánico.

—Todavía no llega. De seguro la caza fue buena.

Por la mañana, mientras Julio entregaba los pedidos en el pueblo, escuchó la noticia: a Ovidio Monterroso lo había matado Emilio Ramos la noche de su santo. Las fuerzas se le fueron apenas escuchó la noticia, como si tuviera enfrente el cuerpo del difunto con los tres tiros en el pecho. Y tras esa imagen vio a su hijo, huyendo por el monte en el jeep. Se detuvo en la plaza para tomar aire y pensar bien las cosas pero los cuchicheos de la gente lo inquietaban. El viejo Félix se acercó desde la acera de enfrente y a media calle gritó:

—¡Fue Emilio Ramos! ¡Emilio Ramos es el asesino de Ovidio Monterroso!

Camino a su casa repasó en el ayer, en una parte no escrita de su vida donde el viejo Félix le había dicho que su hijo sería el asesino. Intentó armar el rompecabezas. Los recuerdos le fallaban. Creyó haber estado delante de la casa del viejo con un costal en las manos mientras escuchaba la profecía. Pero no era cierto. Nunca había estado ahí. Aunque sentía que esa escena, él entrando en la casa y Jimena angustiada por la mariposa negra, ya la había vivido.

Todavía con la imagen fresca del jeep desvaneciéndose en la noche rumbo a la perdición y sin decirle nada a su mujer sobre lo ocurrido, escuchó las campanadas que llamaban a misa de difuntos. Buscó a Jimena y la encontró en el rincón. Ella levantó la escoba y la azotó contra el insecto. La mariposa dobló las alas y se derrumbó. Sin perder tiempo, Jimena la aplastó con los pies desnudos.

—Se acabó –dijo ella, aliviada del pánico.

Julio observó la mariposa, destrozadas las alas. Aún impaciente salió de la casa y entonces vio el potro muerto tirado a mitad del redil. Se acercó, abrió la cerca y cuando observó el hocico abierto del animal y las moscas que brotaban de él, comenzó a gritar:

—¡Corre, hijo! ¡Corre, escóndete! —pero sabía que el destino había alcanzado al muchacho y no habría cueva que lo escondiera; no habría lugar donde pudiera evitar que lo mataran.

 

Centro de Escritores de Nuevo León, a sus 25 años.


Unknown-1En días reciente leí que el buen Víctor Barrera Enderle es el nuevo coordinador del Centro de Escritores de Nuevo León. Un poco en recuerdo de eso, posteo un artículo que escribí sobre el CENL por sus 20 años de existencia.

Álbum de familia

20 años del Centro de Escritores de Nuevo León

Hace veinte años Nuevo León era gobernado por Jorge Treviño. La macroplaza era apenas una infanta sin rasguños ni historia. La Fundidora Monterrey aún guardaba tras sus enrejados una derrota que se apilaba, silenciosa, hacia la ciudad. Fue en esas circunstancias anímicas en las que surgió el Centro de Escritores de Nuevo León.

Un presente casi perfecto

Año con año el Consejo para la Cultura de Nuevo León extiende a sus creadores, en el área de literatura, un abanico de oportunidades para trabajar. Las becas del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León, en su categoría de Creadores con Trayectoria y Jóvenes creadores se disputan de forma acérrima, lo mismo que los Premios Nuevo León de Literatura en sus cuatro fases: poesía, cuento, dramaturgia y novela. Otro tipo de apoyos, como los de Financiarte en Letras, para programas de Difusión de la literatura, también resultan excelentes vehículos para construir proyectos donde el creador atisba otras maneras de ver la literatura: ya no sólo como creadores de la misma, sino también como creadores de público, de lectores. A eso le debemos sumar dos programas más: el Encuentro Internacional de Escritores de Monterrey que año con año nutre, de formas insospechadas, las relaciones entre los escritores del estado con los de otros usos horarios del continente y la bonanza en ediciones del mismo Consejo para todas las áreas literarias.

   El estado de los creadores de literatura en la entidad es, sin lugar a dudas, estimulante,  fresco y sobre todo, con un futuro favorecedor. Monterrey cuenta ya con una geografía no sólo “real” sino también con una geografía ficticia. El río Santa Catarina aparece con toda su violencia, por siempre, en Estación Tula de David Toscana, lo mismo que la colonia María Luisa del mismo Toscana en su última novela: El Ejército iluminado. Monterrey cuenta también con noches violentas en las obras de Joaquín Hurtado y Eduardo Parra, con un Monterrey ochentero en The Monterrey News y con un pasado decimonónico en Un paso más lejos, opera prima de Cristina Elenes.

    A esto agreguemos el hecho de que sus creadores, una franca mayoría en comparación a otros años, publican en editoriales nacionales y obtienen premios y becas internacionales. ¿Alguna vez, en un ejercicio de franco optimismo, pensaron los creadores regiomontanos que habría tres premios latinoamericanos de cuento Edmundo Valadez surgidos de sus filas, lo mismo que un Premio Aguascalientes?, ¿que tendrían entre sus contemporáneos a dos premios Internacionales de Cuento Juan Rulfo de París y un finalista del Premio Latinoamericano de Novela Rómulo Gallegos? Si la respuesta es sí, son de los más optimistas entre los optimistas. Hace veinte años ese futuro era, en cuanto a la infraestructura, deficiente, escaso.

 

1987, el año que hacemos contacto

En el origen de todo proceso creativo siempre existe un visionario. En la base de todo ejercicio de la cultura siempre existe una institución o persona que genera más a su alrededor. El Centro de Escritores de Nuevo León es la institución que vino a encauzar ese magma diverso en el que se puede agrupar a los creadores de literatura en nuestro estado. Un magma expulsado con violencia al desierto, magma brillante, luminoso, que sólo necesitaba un camino para llegar a buen puerto y no desperdiciarse, violento, en el mar.

   Desde su inicio, el Centro tuvo un eje rector: la visión de Jorge Cantú de la Garza. Jorge había sido becario en la ciudad de México de una de las instituciones fundamentales del quehacer literario nacional, el Centro Mexicano de Escritores. ¿Qué vio Jorge Cantú de la Garza en el CME? ¿Cómo germinó la idea de crear un Centro para los Escritores en Nuevo León?, es una pregunta que se antoja interesante. Pero la idea surgió. Se mantuvo acunada, esperando el momento de volverse realidad. Y se hizo. Fue en febrero de 1987 cuando finalmente nació el Centro a instancias del gobierno de Jorge Treviño. Su primer director y lo sería a veces interrumpidamente, por más de 17 años, fue el escritor Héctor Alvarado.

     Las reglas del Centro de Escritores de Nuevo León eran sencillas y mantienen su sencillez. Se basan en el trabajo. Nada más simple y al tiempo complicado. Durante diez meses el escritor seleccionado se avocaría a la escritura de un libro en el género propuesto por él mismo. El escritor no debería de haber sido publicado con anterioridad ni obtenido reconocimientos nacionales. Se quería forjar una nueva familia de creadores, dar paso a las voces que, desde el fondo de las casas, bajo el sofoco del calor regiomontano, intentaban crear una obra, mostrar una visión del mundo.

   Durante estos años, la vida del Centro, auspiciada por el gobierno estatal resultó una experiencia rica. El Centro se convirtió en la institución regente de la escritura en Nuevo León. No había convocatoria a la que no se aplicaran un numeroso grupo de escritores aunque el ingreso era poco. En 1987 la beca consistía en tan sólo ochenta mil viejos pesos mensuales. Al cuarto año de instaurado el Centro, la beca ya había ascendido a quinientos mil viejos pesos mensuales, incrementándose el monto otorgado a los creadores hasta los tres mil quinientos pesos actuales.

Entre cierres

Mantener instituciones no ha sido fácil. Héctor Alvarado renunció como director del Centro en 1992 por motivos de cambios de residencia. En su lugar entraron Margarito Cuellar, Fidel Chávez y José Javier Villarreal y posteriormente regresó Héctor Alvarado.

   En 1994 el Centro vivió un cierre momentáneo pero ante la unión de los escritores locales éste se evitó. Fue un momento de tensión ya que el Centro se había convertido en la única salida para la creación en los creadores del estado. Cartas, charlas y reuniones después se logró salvar la institución. Se mantenía con el apoyo de la Subsecretaría de Cultura del Estado pero, al iniciar las gestiones del Consejo para la Cultura de Nuevo León, éste absorbió el mantenimiento del centro.

    Las reglas al interior, también se han ido modificando con el tiempo. Los autores no pueden repetir la beca. Los autores, ya pueden tener libros y reconocimientos. Antes, esta cláusula respecto a las publicaciones, llevó a dos jóvenes escritores a cuestionar que se les hubiera quitado la beca, cuando se vio que ambos tenían libros publicados por ellos mismos. Estos jóvenes fueron Armando Alanís y Gabriela Riveros. El asunto se subsanó con la confirmación de la beca a ambos.

    Más tarde, se agregó también una beca especial en crítica literaria, con el afán de apoyar trabajos ya no sólo de creación, sino de estudio sobre la literatura, similares a las becas Alfonso Reyes que el mismo Centro tenía en años pasados, sólo que éstas dirigidas, concretamente, al estudio de la obra del regiomontano universal.

    Encontrar un sitio de trabajo tampoco fue algo sencillo. Es tal vez la generación 91-92 la que más sufrió en ese aspecto. Las revisiones de sus trabajos se hicieron hasta en ocho sitios distintos, entre aulas, secciones de la Casa de la Cultura y cafés. Fue esta misma generación una bastante complicada, no tanto por el material, sino por los problemas a los que se vio sujeta ya que, además del conflicto para encontrar un lugar, tuvieron que sufrir retrasos en los pagos de su beca. Esta generación estuvo conformada por José María Mendiola, Genaro Huacal, Irene Livas, Ubaldo González, Julio César Méndez y Romualdo Gallegos.

Generaciones más y generaciones menos

La primera generación estuvo conformada por José Jaime Ruiz, Horacio Salazar, Mario Anteo, Arnulfo Vigil, Gabriel Contreras, Carlos González Covarrubias y Sergio Cordero. A partir de estos siete creadores, el número de becarios hasta la generación 2005-2006, la número 20, ha sido alrededor de cien. La generación actual está compuesta por Zacarías Jiménez, Nohemí Zavala, Jennifer Adcok, Ana Kullick, Gabriela Cantú y Herman Hill.

   Hablar, acaso mencionar los nombres y proyectos de los becarios del Centro de Escritores de Nuevo León no es tarea fácil. Tan sólo este año, por motivo de los veinte años del Centro, María Belmonte se dio a la tarea de entrevistar a cada uno de los creadores que ha pasado por las mesas de la Casa de la Cultura donde sesiona el Centro.. Exhaustivo, el documento que prepara María Belmonte es un verdadero ejercicio de la memoria, intento por mantener las impresiones, el fresco de veinte años en la historia de esta institución.

    Casi cien nombres hace forzoso una lista de autores que se encuentran dentro del hacer y quehacer literario de la ciudad. Sólo, en un intento vago por hacer un recuento, habría que poner los nombres de muchos autores que recibieron el apoyo del Centro y encontraron en él, cobijo e ímpetu para seguir sus carreras que, también hay que decirlo, en muchos casos serían con o sin el apoyo del Centro. Joaquín Hurtado, Eduardo Antonio Parra, Dulce María González, Patricia Laurent Kullick, Hugo Valdés Manríquez, Mario Anteo, David Toscana, José Eugenio Sánchez, Óscar Efraín Herrera, Leticia Herrera, Felipe Montes, Ofelia Pérez Sepúlveda, Ramón López Castro, Pedro de Isla, Gabriela Riveros, Armando Alanís, Gabriel Contreras, Arnulfo Vigil, Gerson Gómez, David López, Armando Joel Dávila, Hernán Galindo, Mario Cantú Toscano, Jorge Silva, Luis Aguilar, Rubén Soto, Luis Felipe Gómez Lomelí, Luis Valdés, Gerardo López Moya, Cristina Elenes, Roberto Maldonado Espejo, Bernardo Chapa, Lidia Rodríguez Alfano, José María Mendiola, Cuitlahuac Quiroga, Jacqueline Zúñiga, Romualdo Gallegos, Cristóbal López, Óscar David López y Minerva Reynosa forman un largo etcétera, parte de ese amplio número de visiones sobre la literatura apoyadas por el centro en nuestro estado.

   Durante algún tiempo, el Centro de Escritores de Nuevo León fue la única instancia en el país, junto con el Centro Mexicano de Escritores, en otorgar becas a jóvenes creadores. He ahí parte de su importancia. Para el noreste, para Monterrey en especial, el Centro ha sido también una losa para muchos creadores que obtuvieron la beca pero después, ya no se supo nada de ellos. Permanecen en el silencio o bien, alejados ya del ejercicio de la escritura. No todo el becario tiene abiertas las puertas de la escritura. También, dentro de estos cien nombres hay muchos cuyo trabajo han desaparecido. ¿Dónde quedó gente como Ubaldo González e Irene Livas o Juan García Alejandro, sólo por mencionar algunos nombres? Tal vez pronto se reintegren o tal vez decidieron simplemente alejarse del mundillo literario para ejercer su obra en el silencio o bien, simplemente desapareció su aliento literario en los embates de la vida diaria.

Hacia un recuento final

Casi cien becarios ha tenido el Centro de Escritores de Nuevo León. Siete tutores: Héctor Alvarado, Margarito Cuellar, Fidel Chávez, José Javier Villarreal, Dulce María González y actualmente, Miguel Covarrubias. El sitio por tradición para revisar los trabajos es y ha sido la Casa de la Cultura de Nuevo León. Muchos libros importantes han salido del Centro, sólo por mencionar uno, sería la novela El reyno en celo, de Mario Anteo. Al final es la literatura, de lo que no he hablado aquí, el centro del centro, el corazón delator del Centro de Escritores de Nuevo León. Casi cien proyectos se han pensando gracias al apoyo de esta institución.

Cien proyectos de libros en veinte años es en realidad un ejercicio amplio, voluntarioso. Muchos, también es cierto, no vieron el punto final pero dieron pauta a otros libros que permanecen en el cajón o aún en la mente de cada creador. El saldo es importante aunque pueda ser breve. Ninguna beca ha formado a un escritor, comenta Carballo en una entrevista al diario la Jornada el día de hoy, lunes 18 de septiembre. Es cierto. Las becas no han dado a los grandes escritores pero han formalizado a un grupo que intenta dar lo mejor de sí. No se parte desde la genialidad al momento de escribir, sino en realidad, desde la modestia, acaso desde el sonrojo de querer encontrar en lo humano, las historias que conmueven o revelan, que nos ordenan el mundo. Y vendrán más becarios, más formas de entender la realidad mediante la palabra, de entender la ciudad o el entorno mediante el ejercicio de la oralidad y la musicalidad de la palabra. El centro se mantendrá ahí para darles lo mismo que tantos otros: una oportunidad de encontrar un sitio dónde trabajar y que su esfuerzo como creadores, sea remunerado.

Una reunión decembrina

En diciembre del 2002, Ofelia Pérez Sepúlveda, becaria en el rubro de poesía en la generación 1992-1993, organizó, siendo la directora de la Casa de la Cultura de Nuevo León, unas mesas de lectura con motivo de los quince años del Centro de Escritores de Nuevo León. Asistieron tutores pasados y presentes y la mayoría de los becarios. Fueron dos días de escuchar el trabajo de tantos otros creadores. Era interesante ver cómo muchos, la mayoría, seguían trabajando y llevaban novelas bajo el brazo. Los autores se sentaron en una mesa larga con mantel verde y leían con fluidez, mostraban textos o informaban del más reciente premio obtenido. Al finalizar el día los tutores pasados y presentes hablaron sobre ese largo periodo de trabajo. El Centro se hacía día con día. Hacía frío en la ciudad pero dentro de la Casa de la Cultura de Nuevo León se sentía un aire de familia. Al final de cuentas, toda institución está hecha más que de normas y escándalos, de familias y gente que encuentra puntos en común. La familia del Centro de Escritores de Nuevo León ha pasado muy pronto a la madurez. Se hará vieja con sus creadores y muchos libros después cerrará su ciclo pero no importa. Ha estado llena de vida. Ha estado llena de la palabra.