Cuento del mes

El millón

Mi padre tenía una máquina de coser, una sobre hiladora. Se la había comprado con los últimos ahorros de su liquidación de Pantalones Coloso. Aquella era una máquina pequeña, de color crema con franjas amarillas. Tenía cuatro carretes y un pedal negro que mi madre accionaba cada que cosía. El motor eléctrico, en buenas condiciones, zumbaba mientras las agujas lanzaban poderosas dentelladas sobre la tela. Aquellos eran tiempos duros y todos en la familia nos sentábamos a ver cómo mi madre accionaba el pedal y hacía trabajos para los vecinos y los familiares que a veces llegaban con pantalones para remendar o calcetines para zurcir. Mi madre suspiraba cada que la hacía accionar. Yo no sé si se lamentaba por el trabajo o porque aquella pequeña máquina sobre hiladora era lo último que les había quedado de un tiempo de opulencia.

Hijos de ricos venidos a pobres, esa podría ser la manera como podríamos haber sido catalogados mis hermanos y yo. Tampoco éramos ricos, ricos, pero hasta el despido de mi padre no recordaba ninguna época de austeridad en la casa. Jefe de producción en la fábrica, amigo del dueño de la empresa, mi padre había sido hasta la fecha del recorte un hombre gallardo. Salía muy temprano de casa y tomaba un camión que atravesaba la ciudad y lo dejaba en uno de los municipios conurbados. Laboraba más de ocho horas, casi diez, pero al llegar a casa no se notaba cansado, sino que tenía una rara felicidad, la de un hombre que ha hecho su vida lo mejor que ha podido y no le ha ido mal. Tal vez recordaba, al salir de la fábrica, sus inicios como chalán de limpieza y cómo al paso de los años había logrado escalar hasta un puesto grande, de esos que te hacen sentar a la mesa del dueño para discutir el rumbo de la fábrica.

El día que lo despidieron, a él junto con toda la plantilla laboral, llegó a casa con un semblante de desazón. Le contó a mi madre que la fábrica había quebrado por los crisis. Que el presidente decía muchas cosas por televisión y en la radio pero que en el fondo no sabía ni de qué estaba hablando. Al parecer, la fábrica tenía una deuda en dólares y cuando éste se fue a las nubes, la deuda había terminado por comerse los ahorros no sólo del dueño sino de todos los empleados.

Mi madre le preguntó: ¿Y te van liquidar? Mi padre asintió. No sabía la cantidad exacta pero estaba seguro que algo le iban a dar. Al mes tuvo la cita en la fábrica para la entrega del dinero. Esa mañana se despertó algo alegre. No sé si pensaba que tal vez, aunque la crisis lo había sacudido, una mejor oportunidad podría venir para él y para todos. Como si fuera una fiesta, nos dijo que nos arregláramos, porque iríamos todos a la fábrica a recibir el dinero y después a cenar en alguno de esos buenos restaurantes del centro de la ciudad. El viaje fue una gran esperanza. Cuando llegamos a la fábrica había alguno que otro empleado. Papá salió con cara de felicidad, ya tenía el dinero. De camino al centro alcanzamos a oír cuando dijo el dinero que le habían dado: “un millón”. Cómo cenamos esa noche, pasteles, chocolate caliente, pasamos frente a la barra del buffet con una cara de felicidad que no pudimos esconder.

Ese millón en el banco se convirtió en nuestro sueño. Papá no sabía qué hacer con él, pero decidió que trabajaría un poco y cada mes irían a recoger los intereses para vivir con ese dinero. Así nos pasamos unos meses, tal vez más tiempo del que papá pensaba. No había trabajo. Fue a muchas fábricas que ya tenían ese puesto ocupado. Incluso, intentó iniciar una empresa con un antiguo jefe de Pantalones Coloso pero la fábrica se fue a la quiebra a los tres meses.

Y mientras tanto, el millón se iba haciendo más chiquito. Sí, seguía siendo un millón de pesos, pero cada vez costaba más comprar cosas con ese millón. Los intereses seguían siendo los mismos pero alcanzaban para mucho menos. El carro del mandado salía más flaco cada fin de semana que hacíamos las compras. Los zapatos ya no los comprábamos en las tiendas del centro, sino en las zapaterías de ropa de segunda que se ponían junto a una iglesia. Fue frente a aquellos montones de pares perdidos de zapatos, tenis y botas donde comprendí que en realidad éramos pobres.

No tardaron en llegar las crisis, los pleitos entre mis papás, la desesperanza. La crisis económica que azotaba al país seguía siendo noticia y a veces escuchaba que todos se quejaban, pero muy pocos podían saber en realidad lo que afectaba a una pequeña familia como nosotros. Y aún así, papá decía que estábamos en la gloria porque no pagábamos renta y porque siempre, siempre, uno podía llenarse la panza sólo con frijoles y sobrevivir. Nos contaba de su infancia, donde había menos que eso, de la casa donde había crecido con tantos agujeros en el techo que parecía que hasta el suelo un día se iba a abrir para tragárselos.

Fue una tarde que mi madre volvió del banco con la noticia de que el millón ya no daba intereses cuando en realidad cundió el terror en la casa. El semblante de papá se endureció. ¿Pero, cómo? ¿Qué te dijeron? Y mamá repitió lo que había dicho el gerente del banco, que el índice de intereses había bajado y que, con la devaluación, ya no podía dar intereses más de que del uno por ciento y eso ya era incluso, mucho. Habló de riquezas que había visto desaparecer en esos meses de angustia, le contó de los ricos que habían perdido empresas por no tener un ahorro y otras tragedias que mamá sólo pudo entender como un velado pésame. ¿Y qué alcanzamos con esto?, le preguntó al gerente del banco y éste le respondió: para nada.

Pero el gerente estaba equivocado. Nos alcanzó para una máquina sobre hiladora. La noche que la fuimos a comprar hacía mucho calor. Nuevamente, en familia, subimos un camión y nos dirigimos hacia las colonias ricas de la ciudad. Sé que es una tontería, pero al caminar por aquellas casas con grandes jardines, verjas y coches último modelo en las entradas, sentí que ahí hacía menos calor, que ahí tenía menos hambre, que mi padre volvía a ser ese hombre grande, ese jefe de producción de Pantalones Coloso y mis hermanos y yo dejábamos atrás aquellas montañas de zapatos de segunda por los bellos escaparates del centro de la ciudad.

El tipo que nos vendió la máquina resultó ser un muchacho de unos veinte años. Nos miró a todos con algo de indiferencia. Fue hasta un cuarto trasero y volvió con la pequeña máquina sobre hiladora. Papá la miró, la pesó, le preguntó si podía hacer unas pruebas. El chico dijo que sí. Parecía apurado, como si tuviera algo mejor que hacer. Papá sacó de la bolsa del pantalón unos pedazos de tela y unos hilos. Con paciencia enhebró los hilos a las agujas. Mi madre seguía la operación con cuidado. El chico, impaciente. Al final papá puso el pie sobre el pedal y la máquina zumbó. La tela se llenó con las cicatrices que aquella hilaza dejaba sobre ella. Papá comprobó que la cosida estuviera en su punto. Nos miró con cierta felicidad.

Luego vino el estira y afloja con el chico. Al final la compró en novecientos mil pesos. Todos vimos cuando el dinero cambió de manos. El chico lo contó con rapidez y nos despidió. Salimos a las calles y la noche. Unas niñas, como de nuestra edad, jugaban escondiéndose entre los coches. Yo tenía unas ganas terribles de quedarme ahí, para siempre, pero entonces veía la máquina sobre hiladora en los brazos de papá y comprendía la tristeza del millón de pesos que se nos había vuelto agujas e hilo, por eso, cada que miro a mi madre coser, me transporto a esa noche, a aquellas casas grandes y limpias.

Me pregunto si volveremos a ser como ellos, si papá volverá a ser el gallardo jefe de producción y no este hombre que se la pasa frente a la tele, esperando que venga algún hermano suyo por él para llevarlo a la construcción o a vender frutas o cualquier otra cosa. Y mientras mi madre cose, nosotros, mis hermanos y yo, vemos la aguja que entra tan rápido como la fortuna que se va. La casa se llena de ruidos. Somos los chicos del millón de pesos, me digo. Vamos por la vida sorteando crisis y no hay agujas que nos cosan más el alma que aquellos billetes verdes que acabaron con una fábrica y un jefe de producción mientras afuera la noche cae y oímos que la crisis está por pasar, que ya ha pasado, que tal vez nunca se irá.

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5 comentarios sobre “Cuento del mes

  1. Este cuento me recuerda a muchas historias de mi nuevo pueblo. Digo nuevo porque ahora, qha quedado solitario, por aquellos millones que también se terminana y dejarán sin pan, si techo a un montón de coterraneos.

  2. Este cuento me recuerda a muchas historias de mi nuevo pueblo. Digo nuevo, porque ahora que la liquidación llegó para los trabajadores de Luz y Fuerza, los millones no servirán de nada y la tristeza también se aunará a la desesperanza de los gobiernos en turno. Un millón de liquidación no es tanto como parece, es una idea efímera de progreso.

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